Leer y hacer crítica en un país de criticones

En su novela Muerte en Venecia, Thomas Mann reflexiona sobre la belleza y hace un valioso postulado de corte estético: “Los hombres no saben por qué les satisfacen las obras de arte. No son verdaderamente entendidos, y creen descubrir innumerables excelencias en una obra para justificar su admiración por ella, cuando el fundamento íntimo de su aplauso es un sentimiento imponderable que se llama simpatía.” Las evaluaciones que a menudo hacemos de novelas, películas o cómics obedecen en buena medida a la simpatía que la obra despierta en nosotros. Puede ser por los asuntos tratados, por su diseño, por su narrativa, por el comportamiento de los personajes, por sus limitaciones, por sus fortalezas. No es raro que esta simpatía se extienda a otras obras, como sucede con las películas de súper héroes inspiradas en historietas que son del gusto de los lectores. Esto explica en buena medida el abismo que a menudo separa a la crítica de los fans (en ocasiones fanáticos), como puede observarse en el caso reciente de Escuadrón suicida (Suicide Squad, 2016).

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Esta película ha recibido una crítica negativa casi unánime. En el sitio Metacritic, que recoge las calificaciones de numerosos medios nortramericanos, es evaluada con 40/100 (y más de alguno le asigna un cero rotundo); en Rotten Tomatoes, que pondera simpatías y rechazos, aparece con 27%. No obstante, abundan los espectadores que celebran la cinta, si bien, en general, de forma moderada. Esto puede confirmarse en la Internet Movie Database (IMDb), que es alimentada principalmente por jóvenes cinéfilos, en la que la cinta recibe una calificación de 6.9/10. La distancia entre críticos y espectadores es considerable y, creo, se explica por lo que Mann apunta en la frase del inicio: lo que separa una cifra de otra es lo que separa al entendimiento de la simpatía (prima cercana del gusto).

Acostumbro promocionar en Facebook los textos que publico en cinexcepcion.mx. A veces aparecen en la red social comentarios y “likes” que me desconciertan porque no estoy seguro que los comentaristas o los gustadores hayan leído el texto del blog al que se remite desde ahí; me temo que unos y otros a veces se deben al título de la publicación o a los dos renglones que ahí se pueden leer. En todo caso, a propósito del texto de Escuadrón suicida recibí algunas censuras y algunos insultos. Entiendo las primeras y siempre estaré en contra de los segundos (el insulto es el recurso del que no tiene recursos, del que ya renunció a la inteligencia y a la consideración del otro). Sé que estos son gajes del oficio y por lo general atiendo los reproches cuando están medianamente argumentados. Pero que se descalifique al crítico con lugares comunes y prejuicios me parece inadmisible, si bien es habitual que lo hagan los que no concuerdan con lo que el crítico escribe (si es que lo leyeron, insisto).

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Alguno de los comentadores-insultadores echaba mano del lugar común menos imaginativo, del prejuicio más obvio, y apuntaba que el crítico habló mal de la cinta mencionada movido por la frustración (ya ves cómo son los críticos). Se emplea aquí un recurso deleznable que es muy utilizado en las películas de juzgados, en las que se busca probar que el acusado es culpable porque ha realizado en el pasado actos censurables –y eso lo conviete en una mala persona– más que por ser efectivamente culpable (como sucede en la novela El extranjero de Albert Camus, que sirvió de inspiración a la cinta de Luchino Visconti). Pero hay hombres malvados que hacen bondades: sé de uno que cuidaba muy bien a su perro mientras mandaba a familias enteras a las cámaras de gas y luego a los crematorios. Por otra parte, la frustración, en caso de existir, no es un impedimento para hacer apuntes críticos sólidos, válidos. En lo personal, cuando leo crítica me tiene sin cuidado si el crítico se siente frustrado o no, porque lo importante es el texto. Si éste presenta un análisis riguroso y argumentos suficientes, si fundamenta lo que expone y deja claro desde dónde comenta lo que comenta, el texto cumple su función y poco importa si el autor tuvo buena digestión. Lo cual, por supuesto, es un requisito necesario pero no suficiente para que la crítica sea valiosa. A la larga, por lo genral, lo escrito contribuye a iluminar o ayuda a comprender mejor la obra de la que se ocupa. El interés está en lo expuesto, subrayo, no en el expositor (respeto bastante los textos del Vargas Llosa que hace crítica literaria; respeto menos los del que hace crítica política, y no por la probable frustración del peruano, sino porque a menudo caen hasta en la ingenuidad).

Desafortunadamente en México se hace muy poca crítica y se lee aún menos. A los que frecuentan periódicos y portales de internet –en los que abundan las reseñas y muy rara vez se publican críticas– muchas veces les basta con ver la calificación (estrellitas, números, letras) y no se toman la molestia de averiguar a qué obedece la evaluación. En general, los mexicanos tenemos un concepto muy pobre de la crítica. Por acá creemos que crítica es pura evaluación y pura calificación y, además, que es sinónimo de censura (criticar es hablar mal de algo o de alguien), y rara vez nos damos a la tarea de justificar lo que se afirma, de fundamentarlo. Pero hacer crítica supone entre otras cosas ofrecer un contexto (de la trayectoria del autor, del autor en su época, de la obra dentro de un género, etc.), presentar un análisis de la técnica y cómo funciona, tender puentes con otras obras o hacer una labor de comparación, explorar significados, elucidar sentidos, resaltar procedimientos, enunciar el discurso que está detrás, dejar claridad con todo esto desde dónde se afirma lo que se afirma y, sí, hacer una evaluación. A veces es conveniente explicitar las impresiones que la obra genera, porque ni el crítico ni nadie elude la simpatía: a mí, Escuadrón suicida me resulta antipática entre otras cosas por su estridencia y su vacuidad, pero no es a eso que obedece la consideración de que es menos que malísima.

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Por acá abundan los criticones, los que evalúan desde el estómago y desacreditan a los que no coinciden con ellos, los que califican desde sus simpatías o antipatías (y que consideran que su opinión es valiosa por iniciar con subterfugios como “en mi opinión” o “para mí” y luego continuar con un despropósito, lo cual me hace confirmar que no toda opinión es respetable) sin ser entendidos en la materia de la que hablan, los que insultan porque tienen un teclado enfrente (o una pantalla de gadget con teclado virtual), los que insultan porque pueden, porque pueden hacerlo fácilmente desde el otro lado de la pantalla. Facebook ha contribuido a democratizar la maledicencia y a fomentar la pereza. En un país en el que se lee poco, ha ayudado a que se lea menos (como se comenta en la misma red, existe la percepción de que son menos atendidas las publicaciones sin imagen); en un país en el que se hace poca crítica, la mentada red ha contribuido a la pululación de criticones.

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