Lady Bird crece entre el indie y la convención

Frances Ha (2012), dirigida por Noah Baumbach, protagonizada por Greta Gerwig y escrita por ambos no es una película biográfica (la historia gira alrededor del andar errático, inestable, de la protagonista en Nueva York). Lady Bird (2017), dirigida y escrita por la Gerwig, tampoco. Sin embargo, cabría especular sobre la posible inspiración en episodios vividos por ella; establecer puentes entre ambas películas –¿la segunda sería una precuela de la primera?–, entre dos momentos de crisis y crecimiento de sus respectivas protagonistas, el antes y el después de la instalación en Nueva York.

Lady Bird es el primer largometraje dirigido en solitario por Greta Gerwig. El argumento acompaña al personaje epónimo (cuyo nombre es Christine y es interpretado por Saoirse Ronan). Ella vive en Sacramento, California, ciudad de la que se queja constantemente, desde el epígrafe, cortesía de la escritora Joan Didion: “Cualquiera que hable del hedonismo californiano nunca ha pasado una Navidad en Sacramento”. Estudia en una preparatoria católica y tiene sus primeras experiencias amorosas y sexuales. También vive más de una decepción. Le urge irse a una universidad de la costa este, pero su madre (Laurie Metcalf), que tiene la “virtud” de ver y hacerle ver lo peor de ella, tiene otros planes.

Gerwig entrega una cinta que se inscribe en la tradición del cine independiente. A menudo éste echa mano de la experimentación, pero la realizadora propone un estilo convencional. Con una cámara estática la mayor parte del tiempo, la apuesta se sustenta en la puesta en escena, particularmente en las actuaciones. La luz es naturalista y rara vez cálida, y se mantiene cierto distanciamiento de los personajes (los Close-ups son más bien escasos), sin embargo la realizadora construye valiosos puentes de empatía. Las músicas subrayan con frecuencia los pasajes emotivos, y si no hay un ritmo frenético los eventos avanzan con fluidez.

Esta estrategia aporta un marco verosímil a una historia que aborda el crecimiento y sus contrariedades, un asunto que no es ajeno al mundo de los súper héroes y sobre el que a menudo vuelve el cine independiente (recordemos Juno de Jason Reitman o Historias de familia de Baumbach). En la ruta se plantea el fastidio y el amor que despierta una madre castrante, el afán de encajar negándose a uno mismo, los sinsabores de la convivencia de diferentes clases sociales, la identidad y la aceptación. Gerwig imprime gracia y frescura a todo esto; y si bien el inicio es un tanto flojo, la cinta crece y cierra de muy buena manera, lo que hace que el balance sea positivo (recuerdo lo que dice el mismísimo gurú del guión, Robert McKee (interpretado por Brian Cox) en El ladrón de orquídeas de Spike Jonze: “El último acto hace la película. Puedes tener una película tediosa, que no involucre a los espectadores, pero sorpréndelos al final y tendrás un hit. Encuentra un final. ¡Pero no mientas! […] Tus personajes deben cambiar y el cambio debe venir de ellos.”) La cinta de Gerwig, que termina haciendo un homenaje a Sacramento, cierra bien y se siente sincera. Y si como actriz Greta no es precisamente Greta Garbo, detrás de la cámara ya se perfila una autora que tiene mucho que decir.

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