La noche de las nerds va detrás del cliché

En la producción y realización de La noche de las nerds (Booksmart, 2019) aparecen nombres que habitualmente vemos en el cast, es decir, frente a la cámara. En el primer departamento está Will Ferrel (y Adam McKay, también director); es la ópera prima de Olivia Wilde, la bella actriz que en buena medida ha hecho carrera en la televisión (dio vida, entre otros personajes, a La Trece en Dr. House). Si bien es cierto que detrás de la cámara reproduce algunas prácticas de la narración televisiva convencional (la escenificación y el registro de algunas escenas apuestan más por la actuación que por la cámara), su debut en la realización es afortunado.

La historia acompaña a dos chicas, Amy (Kaitlyn Denver) y Molly (Beanie Feldstein). Ambas se han empeñado en tener buenos resultados escolares, pero justo antes de terminar la preparatoria Molly cae en la cuenta de que ambas se han perdido toda la diversión. Deciden entonces ir a la fiesta que organiza el chico popular del grupo la noche anterior a la graduación. La implementación del proyecto se convierte en una aventura. Reveladora, justo es precisar.

Desde los primeros minutos Wilde deja ver el tono de su entrega: implementa el cliché con un ánimo exacerbado, demostrativo. Descubrimos así a personajes que se reducen a una etiqueta, como las protagonistas, que de hecho contribuyen al título en español, “las nerds”; también están –el póster, provee– “la seria”, “el divertido, “el popular”, “el divo”, “la loca”, lotería. Al afán demostrativo se suma una estridencia y una verborrea infinitas (los personajes principales y los secundarios se presentan ante todo con un bla bla bla a ratos irritante). Y sin embargo funciona: a juzgar por las risas en la sala. Pero conforme avanza la cinta aparecen algunas dosis de frescura, la cámara toma algunos riesgos y la puesta en escena aporta más de un ingrediente inquietante. Incluso hay un hilarante pasaje de animación. En todo momento, justo es subrayar, la Wilde usa mucha música, como buena debutante, para conseguir ritmo y emoción. Poco a poco Wilde se sacude el manual de la comedia adolescente para intentar algo honesto. Y sigue funcionando…

Wilde consigue ir más allá de la superficie de los personajes y revela algunos miedos que los habitan. Nos recuerda cómo los jóvenes adoptan conductas y hábitos para encajar, para pertenecer, cómo hacen suyas ambiciones que son de otros. Rompe en más de un caso el prejuicio con el que se etiqueta a la gente e invita al conocimiento del otro y al autoconocimiento. Al darse la oportunidad de ir detrás del cliché y el prejuicio, uno puede descubrir en el otro matices inesperados, uno puede llevarse agradables sorpresas, como de hecho sucede con la película. En la ruta ofrece algunos pasajes elocuentes y reveladores que son resueltos de forma provechosa (con la cámara, por supuesto), como la escena en la piscina, en la que la liberación de la sexualidad es pura humedad, o la pelea entre las amigas, que explota el segundo plano para hacer todo un comentario sobre los tiempos que corren (los otros, lejos de involucrarse sacan su teléfono celular y graban lo que sucede: a la patria en estos tiempos un camarógrafo en cada hijo le dio). Al final hay algunos tintes de nostalgia que hacen un contrapeso a la estridencia inicial, y son valiosos. La noche de las nerds no alcanza la frescura y honestidad de Juno, crecer, correr, tropezar (Juno, 2007), por mencionar una película que también tiene aires indies, pero es una afortunada entrega sobre la identidad y el crecimiento.

 

Calificación 65%

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