La mujer que no sabía demasiado o el cuento de hadas que al final sí fue

Grace de Monaco (Grace of Monaco, 2014) inauguró, fuera de concurso, el festival de Cannes del año anterior. Llegó precedida de una polémica que sostuvieron el productor norteamericano de la cinta, Harvey Weinstein, y el realizador, el francés Olivier Dahan (La vida en rosa). La familia de Grace, por su parte, apuntó ciertos desvíos con relación a lo que realmente sucedió, por lo que argumentaba que no debía ser considerada como una cinta biográfica. Dahan reviró subrayando que, en efecto, no era un trabajo de historiador, “sino de artista”. Estos antecedentes, me temo, generan más controversia y emoción que la cinta, que fue recibida con frialdad. No es para menos…

Como se lee al inicio, Grace de Mónaco es “un recuento ficcional basado en hechos reales”. Da cuenta de lo que vivió Grace Kelly después de su decisión de abandonar la actuación, en 1956, para casarse con el príncipe Raniero. Años después, en 1961, Alfred Hitchcock la visita en el principado para ofrecerle el rol principal de Marnie. Ella considera aceptar, pero Mónaco vive una crisis diplomática con Francia, y el asunto de la película le hace flaco favor a su marido. Entonces ella tiene que tomar decisiones que habrán de cambiar el resto de su vida… y el curso de las relaciones con el país vecino.

Grace 3

Dahan inicia con un planosecuencia en cámara lenta que es una verdadera maravilla: seguimos un trayecto en carretera que, según descubrimos después, es la proyección en la parte posterior de una pantalla; lo que ahí se ve sirve del otro lado como fondo de la acción en un estudio; algo similar a lo que hoy se consigue con la pantalla verde. El trayecto llega a su fin, y la cámara se mueve y hace un recorrido por el set, donde los técnicos, actores y todos los presentes dedican una calurosa despedida a Grace Kelly (Nicole Kidman). Ésta se dirige a un camerino, donde escuchamos por medio de un noticiario sobre su futuro. La metáfora visual –el final del camino– es efectiva, elegante. En adelante Dahan reproduce la pátina y los colores del cine de los años cincuenta; hace, por otra parte, más de un homenaje a Hitchcock por medio de la luz, los encuadres y los movimientos de cámara: remiten en especial a La ventana indiscreta (Rear Window, 1954), una de las tres películas del cineasta inglés protagonizadas por la Kelly. Si bien la reproducción de época no escapa a cierto acartonamiento, el marco que todo esto pone es notable. Lamentablemente no puede decirse lo mismo del drama que aquí tiene lugar.

Dahan explora el dilema que encaró Grace Kelly, quien no parecía encontrar su lugar en el principado cuando fue visitada por Hitchcock, el cual la despide haciéndole ver dos cosas: que luce cansada y que es una artista. Esta última faceta sale a cuento nuevamente cuando la ex actriz dialoga con María Callas. El conflicto, sin embargo, nunca llega a cobrar densidad. Porque por más que seguimos a lo largo de casi toda la cinta a Grace, nunca terminamos por enterarnos de cuáles son sus “deseos profundos”, de qué es lo que realmente quiere. Tampoco vemos que los conflictos que encara su marido y Mónaco revistan verdadera importancia para ella, o que la relación con Raniero sea especialmente apasionada. Algo sabemos de lo que le pasa por los diálogos que sostiene con un cura (que está ahí precisamente para que nosotros nos enteremos de lo que ella piensa –un rol que a menudo cubre una mujer o un homosexual–, pero que no llega a ser un confesor). La llaneza de su existencia hace que cobre sentido una frase que aparece también al inicio, en la que la Kelly dice que la idea de su vida como cuento de hadas es “en sí un cuento de hadas”.

Grace 2

La cinta, así, no termina de despegar, y para cuando ella toma una decisión, sus motivos se revisten de lugares comunes que no generan mayor dolor ni convencimiento y, además, parecen obedecer a la actuación, a la ejecución de su último rol. Al final, no obstante, Dahan deja ver que en la Kelly había más que una actriz talentosa e ingenua: era una mujer inteligente y sensible, dispuesta al sacrificio. También ilustra cómo el cuento de hadas es del que lo trabaja. (Mención aparte merecen algunas superficialidades, como los actores y su desempeño: Nicole Kidman se esfuerza, pero no tiene la gracia –ni la belleza– de Grace; Tim Roth hace lo que puede, pero ni se parece físicamente a Raniero ni transmite mucha emoción que digamos a los conflictos del jerarca.)

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