La mejor defensa es… la defensa

Southpaw es el nombre que los zurdos reciben en la jerga en inglés del box. Es además el título de la más reciente entrega del realizador afroamericano Antoine Fuqua, responsable de Día de entrenamiento (Training Day, 2001) y Olimpo bajo fuego (Olympus Has Fallen, 2013), entre otras; en español circula como Revancha (2015), apelativo tan poco imaginativo como morboso.

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Revancha sigue las desavenencias del púgil Billy Hope (Jake Gyllenhaal), a quien conocemos en la cúspide de su carrera: es campeón invicto. Tiene una mujer maravillosa, Maureen (Rachel McAdams), que toma todas las decisiones por él, y una hija amorosa, Leila (Oona Laurence). Pero un mal día su mujer muere en un accidente del que hasta cierto punto él es responsable. Después comienza una debacle que lo lleva a la bancarrota; su hija, además, es separada de él por el Estado. El magullado boxeador recurre entonces a un viejo entrenador, Tick Wills (Forest Whitaker), cuya disciplina parece excesiva.

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Fuqua sigue a un personaje lerdo que tiene problemas con el manejo de la ira y que encarna algunos males que el cine norteamericano nos ha hecho ver como situaciones normales. Para empezar, él es el proyecto de su mujer, quien se entiende con promotores y le diseña el futuro. En seguida porque –como en tantas otras cintas de diversos géneros, por lo demás– vemos que para ser padre hay que merecerlo (y mejor si pasamos por un juzgado, como es el caso, para que todo quede con la rúbrica de la justicia). En la exposición de estos lugares comunes está lo mejor de la cinta de Fuqua. No obstante, estos asuntos son apenas atendidos o cuestionados. El interés parece puesto en otro tema, que no es mejor desarrollado y para el que aplica el título en español, si bien no en lo relativo al box, sino a la vida. Porque ésta le da a Hope la posibilidad de tener una revancha, de enmendarse con su hija (más que con él mismo, ya que él no manifiesta mayor interés por nada); para ello es preciso cambiar, como sugiere de alguna manera el título original. Y emociones no faltan (el box es rico en ellas, y más en la pantalla grande, a diferencia de lo que vemos en las “grandes peleas” de la pantalla chica).

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Fuqua, efectista, entrega una cinta con marcados altibajos, que inexorablemente se encamina al dilema que habitualmente plantea el cine boxísitico y que concluye con la redención o el hundimiento del peleador, el éxito o el olvido. Y cuando parece transitar con buen ritmo por la ruta del drama, da un giro y rompe con inoportunos deslices al videoclip. Por otra parte, esboza líneas argumentales con algunos personajes (en particular con Wills), pero todas terminan en el esbozo y todos los personajes resultan secundarios. El afroamericano –como en tantas otras cintas de este género– hace del box una metáfora de la vida, y con Wills hace ver que este deporte es como el ajedrez, que para ganar hay que pensar, que no se trata de masacrar al otro, sino de vencerlo con inteligencia y recibir la menor cantidad de golpes; y que la mejor defensa es… la defensa. Exhibe además las “lealtades” en este negocio: en la victoria el séquito es numeroso y halagador, presto a intercambiar adulaciones por regalos; en la desgracia brillan por su ausencia… o trabajan con el enemigo. En la ruta Fuqua entrega hartos rounds en los que los púgiles intercambian sonoros trancazos y sangran a chorros: me parece que en un minuto de esta cinta hay más golpes que en todas las peleas de Floyd Mayweather Jr. juntas. Su registro, justo es subrayarlo, es rutinario (lejos de los prodigios del gran Scorsese en Toro salvaje), como la cinta toda.

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