La isla mínima: un buen thriller español

La isla mínima (2014) es una de las dos propuestas españolas de la sección Largometraje Iberoamericano de Ficción del 30 Festival Internacional de Cine en Guadalajara. De todas las películas en competencia acaso es ésta la que generó mayores expectativas, pues arrasó en la entrega de los premios Goya que se llevó a cabo el mes anterior. De ahí salió con los galardones más importantes: entre otros, el de mejor realizador y el de mejor película. Y el resultado no sólo no decepciona: los reconocimientos están plenamente sustentados.

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La isla mínima es el sexto largo de Alberto Rodríguez y sigue las pesquisas de Juan (Javier Gutiérrez) y Pedro (Raúl Arévalo), dos policías que en 1980 viajan de Madrid al sur de España, donde han desaparecido dos jovencitas. Por allá encuentran un ambiente hostil, enrarecido entre otras cosas por una huelga. Conforme avanzan, descubren en la zona las actividades del narcotráfico y la oscuridad que cubre lo mismo a algunos personajes poderosos que a los familiares de las víctimas. Pero acaso la mayor dificultad está en salvar las diferencias que hay entre ambos agentes.

Isla mínima

Rodríguez transita con solvencia por los terrenos del cine policial. Dosifica de buena manera la información, y las revelaciones que así va presentando permiten incrementar la tensión. Éstas no solamente tienen que ver con el caso, sino con los tiempos que corren: aun es evidente la sombra del oscurantismo heredado por Francisco Franco (que se extiende a la actividad económica, regida por un patriarca abusivo), y a la cerrazón de la gente –para la que la inmoralidad es consuetudinaria– se suman los secretos de uno de los policías. Con un ritmo apacible y una puesta en escena que contrasta la oscuridad del asunto que se investiga con la cegadora luz del sol y contribuye a generar atmósferas opresivas, la cinta avanza con brío. Este paisaje y esta historia dan solidez al tema que se aborda, que cabría inscribir en la ética y en donde estaría su mayor riqueza.

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Al final el caso es esclarecido pero la oscuridad no se va del todo. Uno queda con el ánimo maltrecho, se diría que con un malestar de orden moral. Entre las marismas geográficas y los marasmos humanos que se esbozan se abre un pantanoso terreno de ambigüedad que hace difícil sacar conclusiones tranquilizadoras: el bien y el mal no necesariamente se contraponen; a veces pueden convivir y beneficiar al que los practica con frío cálculo. La isla mínima muestra que cuando se ejerce con rigor, el cine de género sigue proveyendo rutas provechosas para la reflexión (y, como buena película de época, el comentario que hace cobra vigencia en la actualidad española), para iluminar –o al menos hacer palpables– los abismos de lo humano demasiado humano.

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