¿La felicidad está en National Geographic?

Héctor y el secreto de la felicidad (Hector and the Search for Happiness, 2014) busca ser más que una “película para sentirse bien”: ambiciona convertirse en una película “para sentirse feliz”. A partir del segundo acto de la cinta, el personaje epónimo no tiene otro propósito que buscar la fuente de felicidad, es decir, buscar la felicidad y contagiarnos con sus hallazgos. Porque ya entrados en gastos y puestos a creer que la felicidad tiene un fundamento, lo que sigue es buscarla y, tratándose de una ficción que pretende convencernos de ello, encontrarla. Y entonces nos llevan de excursión.

Héctor y el secreto de la felicidad es el octavo largometraje del británico Peter Chelsom, responsable de ¿Bailamos? (Shall We Dance, 2004) y Hannah Montana, la película (Hannah Montana: The Movie, 2009). Su nueva entrega se inspira en una novela de François Lelord y acompaña a Hector (Simon Pegg), un psiquiatra infeliz (pero no porque abuse de la medicación o las tarifas con sus pacientes, sino porque cae en la cuenta que no es feliz). Su vida es rutinaria y cada vez soporta menos las sesiones frente al diván. Decide entonces emprender un viaje de investigación sobre la felicidad. Y aterriza en China, un país africano y Estados Unidos. En algunos destinos visita amigos; en otros, los hace. En la ruta tiene descubrimientos positivos, pero también desencantos y riesgos mortales. Pero la felicidad vale eso y más.

Hector 2

Chelsom deja ver una estrategia lúdica que emula en más de un momento y en más de un concepto a Tintin; y además de proponer gráficas que rubrican las observaciones de Héctor inserta algunos pasajes de animación que dan cuenta de lo que pasa por su cabeza, de lo que vive o imagina. Apuesta por una puesta en cámara solvente, pertinente para acompañar a su personaje y jugar con los contrastes entre los acercamientos a él y los distanciamientos para apreciar los grandes paisajes. Concibe además una puesta en escena de corte preciosista que entrega más de una postal bellísima: los colores y la luz en más de un paraje son en verdad espectaculares. Las músicas, por su parte, contribuyen a ponernos en un estado de ánimo positivo. Así consigue el cineasta llevarnos con ligereza por el globo terráqueo y contagiar la calidez que habita en Héctor apenas se aleja del frío Londres.

Chelsom empuja con ligereza su propuesta… con una ligereza que se acerca a la superficialidad. Su acercamiento es formulario, y conforma una serie de principios que son formula-dos luego de vivir alguna experiencia, mismos que aparecen como texto en pantalla. A modo de ilustración, aquí van algunos: Mucha gente cree que la felicidad significa ser más rico o más importante; mucha gente sólo ve la felicidad en el futuro; la libertad de amar a más de una mujer a la vez; a veces la felicidad es no conocer la historia completa; evitar la infelicidad… no es el camino a la felicidad; la felicidad es ser amado tal como eres. El espectador tiene en sus manos la posibilidad de elegir sin mayores reflexiones la opción o las opciones que mejor le cuadren. Lo cierto es que en la ruta descubrimos que el dinero y el alcohol ayudan. Lo que vemos es que se trata más de una cuestión de voluntad que del resultado de las acciones que se realizan; y Héctor porta una bonhomía contagiosa que es capaz de hacer ver las maravillas de relajarse un poco, lo mismo a un empresario que a un narcotraficante.

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Al final la felicidad, parece, está sobre todo en el viaje, más en la geografía que en la gente: la belleza de los lugares es más convincente que la convivencia con los lugareños. El estilo preciosista a la usanza de National Geographic puede más que el desarrollo de la historia o que le denuncia de las injusticias y abusos que lo mismo se presentan en China que en África. La conclusión, así, está más cercana a otra fórmula que a la consecución de una sabiduría. Héctor y el secreto de la felicidad entrega sobre todo una serie de postales turísticas más que un discurso conmovedor y convencedor o una narrativa apasionante o un drama (o comedia) profundo. Pero nada de esto importa si el propósito es pasársela bien en la sala, distraerse y hacer turismo: ¿la felicidad es un asunto dominguero?

A mí la película me pone de buen humor aunque no me la creo mucho que digamos. La felicidad, me temo, está en otra parte.

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