La estupidez en el cine norteamericano

En Money Monster: el maestro del dinero (Money Monster, 2016), la más reciente entrega de Jodie Foster como realizadora, hay un episodio penoso; un joven ingresa en un programa televisivo de economía a reclamar al conductor, al que toma como rehén, sobre las mentirosas recomendaciones que hizo al aire. El joven de marras invirtió el dinero de su herencia en fondos que luego se desplomaron, por lo que perdió todo. Más adelante la esposa de él, que está embarazada, es convocada para tratar de apaciguarlo. Pero ella ventila su rabia y en menos de tres minutos –y a escala nacional– lo tilda en repetidas ocasiones de estúpido y cosas peores. Todos los presentes y los televidentes manifiestan respuestas que van de la pena ajena a la franca burla. Del episodio no se hace mayor comentario ni se extraen mayores consecuencias, y el curso de la cinta no sufre mayores trastornos. No obstante, ella tiene razón. Se necesita ser muy codicioso y muy estúpido para arriesgar todos los ahorros en instrumentos de inversión que prometen mejores rendimientos que los productos similares con los que compiten. (En México no es raro ver manifestaciones de ahorradores defraudados por cajas de ahorro. Algo debió olerles mal, sin embargo, al depositar su dinero en una institución que ofrecía rendimientos significativamente más altos que los de la banca convencional.)

Dumb and Dumber

En el cine, sobre todo en el cine norteamericano, hay pocos acercamientos frontales a este fenómeno de grandes proporciones (mucha gente, mucha estupidez), pocas exploraciones que la exhiban, digamos, en un tono naturalista, con afanes, digamos, documentales. De ahí que por lo general tienda a aparecer en dos géneros que han hecho de la exageración su hábito: la comedia y el terror. En el primero de forma más abierta. Es fácil constatar esto si se consulta la Internet Movie Database y se teclea “stupidity”. Aparecen alrededor de 800 títulos, la inmensa mayoría de los cuales cabe en el tono del género que nació para hacer reír… y para hacer, por medio de la risa, apuntes incómodos, críticas oportunas y pertinentes; para hacer pensar, pues. Pero en éste, como en todos los géneros, cabe un amplio abanico de ambiciones y alcances. Y no es lo mismo El gran Lebowski (The Big Lebowski, 1998) de los hermanos Coen –cuyos protagonistas habitualmente se mueven en diversos matices de la estupidez–, que Una pareja de idiotas (Dumb & Dumber, 1994) de los hermanos Farrelly. Ambas películas sacan provecho de protagonistas que no son precisamente brillantes, pero el tono, el grado, el tenor de las bromas, las revelaciones que surgen de las situaciones propuestas se ubican en coordenadas distintas y distantes. También la crítica y la ruta para hacerla. Porque mientras los Coen amplían el campo de consideraciones sobre el hombre moderno por medio del “nini” emblemático del título, un norteamericano medio, los Farrelly, para los que la estupidez es chistosa pero no ofensiva, no dudan en hacer del pastelazo una estrategia para exhibir la estulticia y la ridiculez que cabe en una sociedad norteamericana para la que la cinta difícilmente se convierte en un espejo. El cine de estos últimos prueba que al pasar cierto umbral la transgresión es menos ofensiva que ridícula.

zombis

El terror, por su parte, a menudo se mueve entre dos polos, entre el que presenta situaciones para las que es un ingrediente pero no es el asunto principal, y el subgénero donde la estupidez transita por antonomasia, lentamente y babeante (los zombis). El paisaje que se esboza en ambos casos presenta riquezas y revelaciones que es conveniente revisar. Las convenciones del terror le permiten exhibir conductas estúpidas sin que el espectador se sienta aludido, sin llegar a ofender al consumidor. En la primera categoría diría que la estupidez es un ingrediente esencial. ¿En cuántas películas, por ejemplo, los personajes saben dónde está el monstruo –el demonio, el súcubo o el ente maligno que siembra el miedo– y de todas formas van al lugar que, con dos dedos de frente, habrían evitado? ¿Cuántas familias se instalan en casas habitadas por fantasmas y, luego de tener un desafortunado desencuentro con ellos, permanecen ahí? Si los personajes de las películas de terror destinadas a los jóvenes (que son castigados, por lo general, por ser incrédulos o por ser cachondos) se detuvieran a pensar las situaciones en las que se involucran, con todo y sus afanes aventureros, seguramente se abstendrían de hacer lo que hacen. Pero entonces no habría película. Sin embargo van a Chernóbil y se exponen a los mutantes radioactivos, se meten a las cuevas, juegan a la ouija, van al lago del monstruo, etc. Los zombis son más elocuentes al respecto. Nacieron como una forma de representación de la masa irreflexiva que pretende que nada escape a la uniformidad ambiente. De ahí que se muevan con torpeza y busquen comerse los cerebros de los que aún los tienen en uso. Por eso me llaman mucho la atención las marchas en las que los involucrados, en diferentes ciudades, se disfrazan de zombis. Entiendo el ánimo fársico, pero ¿también es una confesión? Por supuesto que genera un inmenso miedo el ver a la masa enardecida, que se ha puesto de acuerdo por un mecanismo insospechado para atacar a los no-zombis (que no por descarte habría que considerar como inteligentes). Crear el vínculo con la realidad no es del todo automático, aunque los elementos están puestos para que los vea el que los quiera ver.

amadeus

El acercamiento a la estupidez no se agota ahí, naturalmente. Tengo presente un hito en estos asuntos: desde otros géneros, Milos Forman ha expuesto los malentendidos que en esta materia se dan en la sociedad, que le cuelga la etiqueta de estúpido a lo que la rebasa o no entiende. Así, en Amadeus (1984) nos entrega un Mozart que parece un verdadero idiota, sobre todo cuando ríe, pero que es genial y se diría que “las compone en el aire”. La falta de gravedad con la que se conduce, la irreverencia que forma parte de su personalidad, resultan irritantes para el representante de la rigidez social de su tiempo, el mediocre Salieri. No muy distante es el retrato que nos presenta en El lunático (Man on the Moon, 1999) de Andy Kaufman, un comediante poco convencional cuyas características son potenciadas por Jim Carrey, un actor que ha hecho carrera con personajes que viven en el exceso. Algunos de estos rasgos ya estaban en R.P. McMurphy (Jack Nicholson), que a medio camino entre la locura, la pereza y la lucidez, habita en Atrapado sin salida (One Flew Over the Cuckoo’s Nest, 1975).

man

El cine norteamericano es el más sensible a este tema. Uno podría pensar mal y ubicar el origen de su interés en un afán de retratar lo que pasa en su sociedad (así sea involuntariamente, por la gente en Estados Unidos habla su cine). El “ataque” difícilmente es frontal, pues el espectador puede sentirse aludido y, en consecuencia, sentirse ofendido. Por eso genera incomodidad o malestar cuando se hace ver con tanta claridad, como en Money Monster. Por eso se despacha rápido y se presentan otras facetas del estúpido: el guionista y los productores no son estúpidos.

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