La estudiante y el Sr. Henri: también el cine francés está lleno de buenas intenciones

La estudiante y el Sr. Henri (L’étudiante et Monsieur Henri, 2015) formó parte del Tour de cine francés, un ciclo diseñado para acercar al cine galo al espectador habituado al cine norteamericano. Por lo general las cintas que transitan en el Tour son amenas y divertidas, digeribles: muy al estilo de lo que Hollywood ofrece regularmente. (El otro cine francés, el “difícil”, “intelectual”, “pretensioso” y etcétera, cuando se exhibe, es catalogado como “cine de arte” y así condenado al olvido, es decir, a la sala de arte.)

La estudiante y el Sr. Henri es el cuarto largometraje para la pantalla grande de Ivan Calbérac, quien se inspira en una obra de teatro de su autoría. El argumento sigue las contrariedades de Constance (Noémie Schmidt), una joven que aspira a ser la estudiante del título. Viaja a París con el propósito de asistir a la universidad y renta un cuarto al malhumorado Sr. Henri (Claude Brasseur, quien actuó en su juventud en la memorable Band à part de Jean-Luc Godard). El hijo de éste, Paul (Guillaume de Tonquédec) busca que la chica esté al pendiente de Mr. Henri, pero el anciano tiene otros planes…

Calbérac propone una comedia ligera que regresa sobre un asunto que nunca pierde vigencia: la convivencia como vía al entendimiento entre los seres humanos más diversos. Con una cámara ágil, a menudo en movimiento, y una puesta en escena luminosa y naturalista, se impone un ánimo ligero que reduce la gravedad de los asuntos que se abordan y contribuye a empujar el humor. La música, presente en una buena parte de la película, busca ampliar el abanico emocional (como anota el protagonista de Madrid, 1987 de David Trueba: la música en el cine es un “semáforo” que regula las emociones del espectador).

Calbérac entrega una cinta con algunas lagunas argumentales y un personaje inconstante (Constance) que a menudo resulta un enigma. Esto tiene una arista reveladora (el joven está en proceso de certezas, de definición) pero también genera cierta gratuidad. Los personajes en su conjunto padecen de esto, y más parecen obedecer a la exploración de un tema. Éste, dicho sea de paso, es bastante valioso: el condicionamiento más que el apoyo de los mayores en las búsquedas de los jóvenes; el crecimiento del adolescente. Los padres de esta película son autoritarios y pretenden que sus hijos continúen con los negocios que ellos iniciaron. A pesar de vivir insatisfechos e infelices por dedicar su vida a labores que no les gustan, se empeñan en que sus hijos sigan sus pasos: lejos de apoyarlos en sus descubrimientos o en lo que quieren y pueden hacer, imponen lo que a su juicio habrá de darles un futuro seguro, asunto espinoso que si en principio puede albergar buenas intenciones –proveer un medio de vida al hijo–, también deja ver otras, que pueden ser cuestionables –creer al hijo poco capaz de iniciar algo diferente.

La película también tiene buenas intenciones. Por medio de la búsqueda que emprende Constance (y Mr. Henri, por ella) hace una doble invitación al espectador: al joven, a ser constante en el descubrimiento de su vocación, y una vez que lo hace, a ser firme en la decisión; a sus padres, a ser sensibles con ello y apoyar más que imponer. Aprovechar ese gran capital juvenil que es el tiempo, el futuro, abre la ruta del éxito: vivir de y con lo que a uno le apasiona. Así la cinta es atractiva para públicos de diferentes edades, y el mensaje es pertinente tanto para los padres como para los adolescentes. En la ruta hay algunos resbalones en la sensiblería y más de un pasaje predecible, muy al estilo norteamericano: la cinta también es adolescente, cómo no.

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