La bella y la bestia: una puesta al día, otra

La bella y la bestia (La belle et la bête, 2014) es la visita más reciente –más que nueva– al cuento de Jeanne-Marie Leprince de Beaumont, que no ha dejado de inspirar al cine casi desde los inicios de éste. La versión más celebre la concibió Jean Cocteau en 1946; la más conocida es la de Disney, de 1991. Esta puesta al día, de la que es responsable el francés Christophe Gans, no es particularmente memorable, pero tiene su encanto.

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El argumento se apega bastante al sustento literario (más que a la versión de Disney) y sigue las contrariedades de un mercader que cae en bancarrota. Mas descubre en un escondido castillo una cantidad apreciable de riquezas. Cuando está por retirarse corta una rosa, que le fue solicitada por su hija Belle (Léa Seydoux). Entonces aparece un ser que tiene cuerpo humano y cabeza y cola de bestia (Vincent Cassel) y le hace saber que una flor vale una vida. Después Belle ocupará el lugar de su amado padre y hará el sacrificio. Lo demás es un cuento… de hadas.

Gans propone un trabajo de arte vistoso (vestuarios, maquillajes y escenarios son lucidores) y dosis apreciables de fantasía, presentes lo mismo en algunos personajes que en el castillo y sus alrededores. Todo esto contribuye a establecer un ambiente propicio para el choque entre la belleza y la bestialidad, que se mueve en un registro amigable y para todo público, con momentos en los que incluso aparecen algunos toques humorísticos.

Bella y bestia

El cuento funciona bien para entretener al ojo, pero no tanto al cerebro y menos al corazón (perdón por el desliz a la cursilería, pero es difícil permanecer inmune ante tanto cuento de hadas en pantalla). La historia fluye con dificultad y se dispersa en subtramas que distraen más de lo que aportan; si bien es cierto que el cine nos ha hecho creer que el amor aparece por generación espontánea –y para acabarla vivieron felices para siempre–, aquí parece más un capricho del guión que el resultado del desarrollo de un drama: la gratuidad surge en más de un pasaje, generando más inverosimilitud y preguntas que otra cosa. Pero acaso lo más flojo está en la falta de coherencia temática. Si bien sobreviven los asuntos que ya abordaba el cuento –el sacrificio por el ser amado, el surgimiento del amor en donde parecía impensable–, Gans es inconsecuente en sus planteamientos. Así, la posible sustancia –o enseñanza– solo queda sugerida y la propuesta resulta superficial. Y la moraleja es más asunto de fe que de emoción.

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