La 4ª Compañía: entre la crudeza al estilo Cazals y la ligereza tarantinesca

La ficción cinematográfica mexicana ha visitado la cárcel con más vehemencia que frecuencia; otro es el paisaje que presenta el documental, que se ocupa del México de veras, en el que las prisiones dan la nota a cada rato. El tono va del drama al melodrama; todas transitan por la ruta del tremendismo. Baste recordar en la Época de oro a Pedro Infante en Islas Marías (1951) de Emilio Fernández, o el clásico del sexenio echeverrista, la extraordinaria El apando (1976) de Felipe Cazals. En esta última Manuel Ojeda lleva uno de los roles protagónicos. Como en la más reciente visita a la prisión, La 4ª compañía (2016), que se inspira en hechos reales, fue codirigida por Mitzi Vanessa Arreola y Amir Galván Cervera y obtuvo diez Arieles, entre ellos el de mejor película.

La 4ª compañía regresa a los años setenta, al penal de Santa Martha Acatitla, y acompaña a un grupo de presos, en particular al joven Zambrano (Adrián Ladrón). Éste es un ladrón de automóviles y sus habilidades le permiten formar parte de Los perros, que lo mismo son un equipo de futbol americano, representante de la institución carcelaria que es apadrinado por el mismísimo Negro Durazo, que una organización que roba en el exterior, extorsiona, distribuye droga e impone el orden. Ellos conforman la compañía del título (las otras tres corresponden a los turnos de guardia), y sobrevivir ahí es difícil; fuera de ella lo es aún más.

Arreola y Galván proponen un acercamiento contrastante. Parecería que se propusieron hacer una puesta al día en México del género. Y para ello se nutrieron lo mismo de la tradición local que de las propuestas norteamericanas, en particular del cine al estilo Tarantino. Así, podemos apreciar algunas dosis de sordidez, que dan un toque realista y hasta crudo, además de cierta densidad a lo que exhiben, y cortes vertiginosos e incluso pasajes propios del cine de deportes o del videoclip, que aportan ligereza. La puesta en escena es notable y no sólo da verosimilitud a la construcción de la época (a ésta, así como a la crudeza, contribuye de muy buena forma el uso de material documental), sino que matiza a los personajes y las situaciones que viven, a los diferentes tonos que se esbozan.

Arreola y Galván consiguen una provechosa inmersión a una época de corrupción escandalosa (que, desafortunadamente, no es tan distante de lo que vemos hoy día). Se ventila una galería de personajes abyectos, con el Negro Durazo a la cabeza. Se denuncian los abusos que tienen lugar dentro de los penales, las condiciones infrahumanas en las que ahí se sobrevive; se muestra cómo los reclusos mejoran sus habilidades delincuenciales (son más peligrosos al salir que al ingresar). Existe así la garantía de que, si salen, serán peores seres humanos. La cinta, no obstante, no va más lejos de la información, de la exhibición. La estrategia del guión (presentar personajes con viñetas al mentado estilo tarantinesco; ir de la competencia deportiva a las incursiones delictivas mediante secuencias videocliperas), hace avanzar las situaciones pero no se alcanza un desarrollo o una progresión atendibles. Es una invitación a la dispersión; adiciona poca emoción y resta densidad a lo abordado. Al final uno se entera pero no se conmueve, pues difícilmente se tienden puentes de empatía con alguno de los personajes. La 4ª compañía, así, es más ilustrativa que emotiva.

 

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