Julieta sin espíritu

Por esnobismo, procuro leer al menos un libro de cada ganador del premio Nobel de literatura, en particular si no tengo idea de quién se trata. De la canadiense Alice Munro leí Las lunas de Júpiter. Justo es comentar que sus cuentos me dejaron frío: me parecen más informativos que afectivos, más singulares que emotivos. No obstante, es claro que, como se comentó cuando la coronó la Academia sueca, sus apuntes sobre las aristas menos evidentes de lo femenino son rigurosos. A Julieta (2016), la más reciente cinta de Pedro Almodóvar –que se inspira en tres relatos de la canadiense– no le falta rigor; también me deja frío.

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Julieta sigue los pasos de la epónima mujer. En su juventud (Adriana Ugarte), ella concibió una niña, la cual rompió todo nexo con su madre años después. Ya madura, Julieta (Emma Suárez) ha perdido toda esperanza de encontrarla y planea instalarse en Portugal con su pareja. Pero un encuentro fortuito le hace reconsiderar su futuro.

Almodóvar deja constancia en Julieta de la maestría técnica que ha alcanzado, particularmente en la puesta en escena. Aquí hace gala de una elegancia y una sobriedad extraordinarias. Para no variar la paleta de colores es rica y valdría la pena mencionar cómo asocia el rojo a su sufriente personaje principal, color que apenas palidece a lo largo de sus años. Por lo general el español es mesurado con la utilización de la música, sin embargo en esta entrega hace uso recurrente de ella, como si tuviera la sospecha de que la emoción de sus imágenes es insuficiente para dar densidad al drama de Julieta. Habría que comentar, además, que la idea de empujar el relato por medio del relato-confesión que la madre hace a su hija y de romper con la linealidad provocan que la cinta no fluya del todo bien y que, por momentos, luzca poco verosímil: parece que la estrategia está diseñada para informar al espectador más que como un diálogo ¿con el vacío?

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El dispositivo es pertinente para continuar explorando las sinuosidades de la feminidad –y pocos lo han hecho con tanta constancia y profundidad como el cineasta manchego–, en particular uno de los componentes fundamentales del eterno femenino: la culpa. Ésta se instala temprano en la vida de Julieta y es una fiel acompañante a lo largo de su vida. Al grado de ser una especie de herencia, de enfermedad contagiosa, para su hija. Ambas vivirán el castigo (auto)impuesto a lo largo de los años. Lo dicho o no dicho, lo hecho o no hecho permanecen en el ánimo del personaje principal a partir del momento en el que hace un viaje en tren, en el que conoce al futuro padre de su hija. En la ruta observamos cómo los roles en la familia son frágiles y se pierden las fronteras: Julieta siente fallar como madre porque antes falló como pareja; su hija no puede impedir juzgar a su madre por la relación con su padre (recuerdo que en Youth, Sorrentino nos hacía ver cómo los hijos deberían evitar el juicio sobre la relación de sus progenitores). Al final todo esto es más sabido que sentido: el realizador comentó que ésta era su única película en la que no había ni pizca de humor, y al erradicar este último para privilegiar la contención –lo cual imprime cierta extrañeza a la película: por momentos no parece una película de Almodóvar– también extirpó de su cinta el impulso de la vida, el aliento del espíritu. Así, el resultado es más rígido y solemne que palpitante o emotivo.

Almodóvar  es un bienamado en Cannes; Julieta participó en la Sección Oficial, pero de la justa francesa salió con las manos vacías.

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