Johnny English 3.0: el agente intrascendente

Con las películas que protagoniza Johnny English, quien nació para parodiar a James Bond, no hay mucho espacio para las expectativas; no hay margen para esperar más de lo que ha entregado en las dos películas previas. No cabe esperar más que más de lo mismo; no cabe esperar una gran película porque la franquicia ni siquiera se plantea tal posibilidad. Es claro que el afán es encadenar una serie de sketches al estilo de la comedia televisiva que encabeza Mr. Bean –ese émulo básico del Mr. Hulot de Jacques Tati–, el personaje por el que se ubica habitualmente al actor Rowan Atkinson. La serie no ofrece mayor progresión y se contenta con encadenar un chiste tras otro. Es justo lo que ofrece Johnny English 3.0 (Johnny English Strikes Again, 2018), la tercera entrega de la serie, que, justo es comentar, provoca más de una risa y más de una carcajada.

Johnny English 3.0 acompaña al agente epónimo, quien se gana la vida como maestro. Pero debe regresar a la acción cuando un hacker misterioso revela la identidad de todos los agentes británicos y se recluta a los que ya están retirados. Chapado a la antigua, English congrega un arsenal de artefactos y se hace acompañar de Bough (Ben Miller), quien siente una inexplicable admiración por English.

El responsable de esta “nueva” parodia del Agente 007 es el irlandés David Kerr, un realizador cuya carrera se ha desarrollado en la televisión. Kerr filma con pereza: la acción es más bien rutinaria; y lo demás, como anotábamos línea arriba, se resuelve por la vía del sketch televisivo, en el que la cámara es pasiva, un testigo atento pero nada creativo. La cinta se sustenta en las actuaciones, que resultan exageradas incluso dentro de un género que acoge con naturalidad la exageración, como es la comedia. El encanto está en una puesta en escena retro, en la que predominan gadgets y autos lucidores.

Kerr entrega una cinta que hace tibios comentarios sobre el riesgo que representa la intromisión del capital privado en el manejo de datos que debieran custodiar los gobiernos. Cualquier similitud con lo que recientemente ha sucedido con Facebook debe ser mera coincidencia (no se percibe mayor agudeza como para creer que el comentario es intencional). En la ruta se hace un nuevo elogio de la torpeza y la estupidez, características principales de English. El humor, empujado por sus tonterías, alcanza para que la cinta –que de por sí es breve: dura 88 minutos– fluya… y pase pronto al olvido: como sucede a menudo con la comedia televisiva.

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  1. Hugo Hernández Valdivia

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