Hombre hormiga: atómico, heroico y humorístico

Marvel sigue alimentando en el cine la onda de combinar humor y acción al confeccionar comedias de súper héroes (como Guardianes de la galaxia, por ejemplo). Y por más que El Negro Iñárritu haga sus sesudas declaraciones en contra, el cine de súper héroes no ha dejado de proveer pretextos para la celebración y para la reflexión, si bien a veces con moderación. Ant-Man: El Hombre Hormiga (Ant-Man, 2015) se une a este género híbrido. Y sigue la celebración.

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Ant-Man: El Hombre Hormiga es la más reciente entrega de Peyton Reed, (director de ¡Sí señor!). En la escritura del guión –que se inspira en los cómics que firmaron Stan Lee, Larry Lieber y Jack Kirby– participaron Edgar Wright (responsable de Scott Pilgrim vs. Los ex de la chica de sus sueños y Hot Fuzz: Super policías) y Paul Rudd, quien además da vida al personaje principal. La historia recoge las contrariedades de Scott Lang (Rudd), quien abandona la prisión después de purgar una condena por un fraude justiciero cibernético. Busca enmendar sus errores y recuperar la posibilidad de ver y convivir con su hija. Pero un mal día regresa a las andadas: sin buscarlo, termina formando parte de los planes del Dr. Pym (Michael Douglas), un hombre que lo enfunda en un traje que lo empequeñece a la talla de una hormiga, y en una trama que involucra a una compañía que trabaja en la creación de un traje similar.

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Reed saca mejor provecho del humor y del juego visual de perspectivas y proporciones que de la acción. Ésta es registrada de forma confusa, sin enjundia ni solvencia. Pero con las angulaciones y alturas de cámara ofrece puntos de vista insólitos y revela un fascinante mundo que escapa a la mirada humana. También ahí hay una fuente para el humor –para el diminuto hombre cuestiones cotidianas, como un chorro de agua o una altura pequeña, resultan riesgosas–, que fluye bien en las circunstancias que se plantean (la lucha en las vías de un tren de juguete, por ejemplo, es particularmente memorable) y en los chistes verbales. Mención aparte merecen dos secuencias que parten de la narración de una serie de conversaciones, en las cuales todos los involucrados tienen la voz del narrador y que son de una confusión provechosa para la risa. Asimismo, habría que resaltar el uso de la música para hacer un guiño referencial –y también humorístico, cómo no–, mismo que se hace al utilizar la canción “Desintegration” de The Cure en un momento en que la trama pasa justamente por una amenaza de desintegración. En este paisaje el asunto del thriller pierde densidad y relevancia: en ningún momento parece que nuestro héroe esté en apuros graves.

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Tanta ligereza sirve a Reed para hacer una reflexión sobre los pecados de la paternidad y los reclamos de los hijos. Scott entiende que ser héroe tiene sentido de cara a los seres queridos (no es salvar al mundo, sino a su hija); esto lo descubre gracias a Pym, que por su parte tiene una relación distante con su hija, quien le reprocha el abandono que padeció desde que ella era niña. No faltan las habituales críticas de Stan Lee a la milicia (también hay un símil con Iron Man y el uso de trajes similares para enfrentar a buenos y villanos), que busca convertir cada avance científico en un arma, y pretende materializar con los minihombres una paradoja: hacer la guerra para conseguir la paz. El riesgo es el caos que todo esto puede generar. No falta tampoco la exhibición de la empresa privada, cuya ética es inexistente y cede fácilmente ante los millones de dólares que puede ganar con sus productos, sin importar los dudosos fines de sus clientes.

Al final Reed no evita caer en los lugares comunes sobre la familia y sus roles: de nuevo la paternidad es de quien la trabaja, de quien prueba que está a la altura de lo que le pide… su ex mujer (sí, como en Una noche en el museo y tantas y tantas otras películas). Al final este hombre hormiga, que es atómico, heroico y humorístico, no es particularmente grandioso; tampoco habita una propuesta insustancial. Se agradece, en todo caso, la amenidad y el humor.

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