Historia de un crimen: Colosio: el crimen organizado por el partido

No hay asesinatos en política […]
En política no se mata a un hombre: se suprime un obstáculo.

Alexandre Dumas
El conde de Montecristo

En la historia de México la nota roja tiene un lugar fundacional. Si por la raza hablará el espíritu (algún día, tal vez: la esperanza muere al último o, como están las cosas, desaparece el día menos pensado), del curso del país a lo largo de los siglos hablan los crímenes, las abyecciones, la mezquindad. Basta con recordar las emblemáticas y hoy tan mentadas transformaciones: de la Independencia a la Revolución, seriales de traiciones… y asesinatos. Ocasionalmente el cine ha explorado estos episodios, con un balance más bien pobre. En pantalla, como en los libros oficiales, el panteón nacional es habitado por héroes acartonados o telenovelescos: no hemos tenido ningún Dumas père cinematográfico (o, de perdida, un Oliver Stone, con todo y su propensión al estruendo facilón), capaz de acompasar ficciones apasionantes con registros certeros. Las series de televisión abren recientemente nuevos frentes que parecen prometedores. Es el caso de Un extraño enemigo, que Amazon lanzó en octubre del año anterior y que gira alrededor de los eventos que acontecieron en Ciudad de México y sacudieron al país en 1968. Ahora Netflix se ocupa del caso Colosio en Historia de un crimen: Colosio (2019).

Estructurada en ocho capítulos de diferente duración (en total suman cinco horas y media), la serie arranca en 1994, cuando el presidente Carlos Salinas de Gortari (Ari Brickman) designa a Luis Donaldo Colosio (Jorge A. Jiménez) como el candidato presidencial del PRI. Concluye meses después, con el cierre del caso por el subprocurador especial, Miguel Montes (Marco Treviño), quien se hizo cargo de la investigación “oficial”. En la ruta está el trágico evento, las investigaciones paralelas de Federico Benítez (Alberto Guerra), comandante de la policía de Tijuana. Asimismo, se da cuenta del proceso de desesperación y duelo que vivió Diana Laura Riojas (Ilse Salas), la viuda de Colosio.

La realización corrió por cuenta de dos jóvenes directoras: en los primeros cuatro episodios estuvo Hiromi Kamata, quien participó en ese rol en la serie Diablo guardián (2018); los últimos cuatro son cortesía de Natalia Beristáin, responsable de los largometrajes No quiero dormir sola (2012) y Los adioses (2017). Ambas entregan una serie que lo mismo se empeña en dar cuenta de la cosa pública que en ingresar a la intimidad, en particular la de la viuda. Por momentos explotan con brío las virtudes del género policial –con una investigación que orquesta el desarrollo del argumento–; en otros, la cámara hace las veces de un fisgón que se mantiene a distancia de los políticos mientras explora los mecanismos del poder. El foco está sobre Diana Laura, una mujer enferma de cáncer, que además de lidiar con una muerte cercana, se ve rebasada por las circunstancias. No obstante, busca mantener la entereza ante sus hijos y la sociedad, y muestra firmeza con los poderosos que rodearon a su marido. En su drama  se condensa de alguna manera la realidad mexicana. Si bien es cierto que en el desarrollo de la serie se manifiestan algunos altibajos, las realizadoras registran con brío el curso de la política y las acciones de las policías (con luces frías, enfermizas: por más lujoso que sea el mobiliario, la sordidez permea la escena); se muestran atentas y agudas en la intimidad, a veces con rasgos sutiles (un ataúd, cubierto con una bandera de México, es enterrado) y otros que no lo son tanto (como aquella escena, la que viene justo después del asesinato de Colosio, en la que Salinas limpia sus manos con una toalla). El uso de material documental, por otra parte, hace un aporte de autenticidad nada despreciable.

El interés que se manifiesta en la serie, para empezar, es más o menos el mismo de todas las producciones audiovisuales que se ocupan de asuntos públicos en México: recordar los eventos del dominio público y explorar aristas que desde siempre levantaron sospechas; dar cuenta de la participación de los personajes involucrados y repartir culpas. Es lo que entrega Historia de un crimen: Colosio. Presenta el “estado de la cuestión”, sustenta asuntos para los que no se ha dado cabal respuesta (lo relativo al segundo tirador, por ejemplo) y deja entrever a los posibles responsables del asesinato. Entre ellos están los hermanos Salinas, por supuesto: Carlos, según parece, por omisión (no brindó la protección necesaria a su candidato); y Raúl, quien queda para la historia como el hermano incomodísimo. Todo hace pensar que las sospechas sobre este último tienen fundamentos más sólidos; también las que se esbozan sobre Ernesto Zedillo (y no deja de prestarse para el morbo el hecho de que el actor que lo interpreta, Hernán del Riego, sea el mismo que dio vida a Gustavo Díaz Ordaz en la serie de Amazon: se tiende así un paralelismo entre ambos, ¿voluntario o involuntario?) y José Córdoba Montoya, el oscuro asesor del presidente. Tampoco sale muy bien librado Manlio Fabio Beltrones ni el padre de Colosio: la fidelidad al partido es mayor que al amigo, al hijo. Justo es comentar que no hay muchas revelaciones que consignar, pero entre eventos conocidos, especulaciones y elucidaciones, la serie avanza bastante bien. En términos generales, arroja mejores cuentas que Un extraño enemigo. Es probable que la versión oficial (la del asesino solitario e inmotivado), por extraña que resulte, es la más cercana a la verdad. Una verdad que nunca se conocerá, pues hay un cochinero que el tiempo sólo ha revuelto. Y, como subraya el título de esa gran novela de Daniel Sada, porque parece mentira la verdad nunca se sabe; o como ilustra Mario Vargas Llosa (tan buen novelista como mediocre político; tan revolucionario escritor como conservador comentador de la cosa pública), en ¿Quién mató a Palomino Molero?, aun cuando se descubra a los culpables, para la gente se trata tan sólo de chivos expiatorios, pue siempre habrá la sospecha de que la resolución se queda corta y no se castiga a los poderosos que, todos están seguros, estuvieron involucrados.

Al final es posible constatar una vez más que en México el crimen organizado tiene hondas raíces. En tiempos del PRI (que no se han ido ni se irán del todo: podemos ver su tradicional estilo de ejercer el poder en más de un estado y en más de una universidad) el Estado tenía la rectoría, y si en otros terrenos era torpe, tenía muy bien organizado al crimen. Hoy, tal vez, tiene mayor protagonismo el que se ejerce “en la informalidad”, el de los cárteles de la droga, del huachicol.

Las recientes entregas de Amazon y Netflix permiten suponer que en la serie televisiva hay un futuro probable y deseable para la revisión histórica de México, esa que el cine ha hecho con desidia y parece una deuda perenne de las artes audiovisuales con los mexicanos. La brillantez de ese porvenir dependerá de la asunción de riesgos mayores, de ir más allá del reportaje ficcionado.

 

Calificación 80%

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