Güeros: errar y flojear en la región más transparente del aire

Güeros (2014) es el primer largometraje de ficción del mexicano Alonso Ruiz Palacios (o Ruizpalacios). Éste, también coautor del guión, sigue una especie de viaje iniciático por Ciudad de México que un puberto experimenta entre el deslumbre y el desencanto. Pero también es un viaje a la fraternidad, y ahí está, tal vez, lo más memorable de la apuesta.

Güeros sigue las desventuras de Tomás (Sebastián Aguirre), quien vive en la vagancia y es enviado por su madre al Distrito Federal con su hermano Federico (Tenoch Huerta), mejor conocido como Sombra. Por allá se suma al ocio de éste, quien se mantiene al margen de la huelga que se lleva a cabo en la UNAM. Acompañados de Santos (Leonardo Otizgris) y Ana (Ilse Salas) se dan a la tarea de buscar a Epigmenio Cruz, un músico admirado por ellos y por su padre, y que deslumbra a quienes lo escuchan (incluso, según cuentan, a Bob Dylan).

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Estructurada en cuatro capítulos –Sur, Oeste, Ciudad universitaria y Este–, Güeros exhibe diferentes aristas de la urbe ubicada en la otrora región más transparente del aire. Da cuenta de cierta indolencia ambiental así como de la sordidez generalizada; presenta las virtudes de la convivencia en la aglomeración pero también la violencia que a menudo es latente y en ocasiones es manifiesta. Da cuenta, pues, de algunos aspectos rescatables de la ciudad, pero también de su infinita fealdad (apenas disimulada por la ausencia de color y el estilo, como explicaré a continuación). Al final, queda claro, lo más valioso está en los afectos, en los improbables encuentros, en los lamentables desencuentros, en los temores y los terrores, pero también en las aventuras que reserva la ciudad capital.

Con un estilo que remite a la Nueva Ola francesa, Ruizpalacios lleva a cabo un registro en blanco y negro en formato 1.37:1 (como el que utilizaba el cine mudo y que se traduce en una pantalla “cuadrada”), lo que da a la historia y a la geografía un toque de atemporalidad y de nostalgia. Pero esto no hace que en la película predomine un ánimo serio o grave, pues además de que hay abundantes dosis de humor, se imprime un ánimo lúdico en detalles puntuales, como la música del buscado Epigmenio, que no se escucha, o la alusión que se hace en algún momento a la realización de la película (en el que hasta se hace un comentario burlesco del cine de arte a la mexicana).

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No obstante, por momentos impera el exceso, algo que cabría calificar como sobre-estilización, y los elementos visuales atípicos (como la enrarecida perspectiva de Sombra) distraen más de lo que hacen avanzar la historia (o las relaciones) o de lo que emocionan. Por otra parte, hay pasajes cuya resolución es contraproducente (como la búsqueda del músico mítico) y personajes cuya verosimilitud pende de un hilo (como la pareja de aquél).

Con frescura Güeros hace sensible un punto de vista adolescente. Muestra sin solemnidad el valor del nexo fraterno (que sobrevive y es durable en momentos en que lo que más importa resulta fugaz), de la compañía y de la solidaridad entre los pares: cuando se tiende este puente, alcanza para dar a la existencia algo parecido al sentido. También exhibe el abandono de la juventud por parte de sus mayores, así como su propio extravío, su errar (cuando los personajes consiguen abandonar su estatismo, la película se convierte en una suerte de road movie) –en su doble acepción–, las dificultades para tener un proyecto común y asumir la responsabilidad de su circunstancia.

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Por su labor, Ruizpalacios obtuvo algunos premios importantes, como el de Mejor ópera prima en Berlín y el del Jurado joven en San Sebastián.

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