Guasón: la enfermedad mental es moral

Cuando vi el primer tráiler de Guasón (Joker, 2019) me quedé con un poco de curiosidad y bastante indiferencia. Después de saber que ganó el León de oro en Venecia, la cinta me generó interés: este festival ha mostrado apertura y sensibilidad a valiosas propuestas norteamericanas que cabrían en el mal llamado cine comercial y a géneros que otros festivales desprecian. La visión de la película corresponde al interés, y las expectativas no son defraudadas. La primera impresión que me deja la cinta es la del compendio. De alguna manera ahí conviven diferentes versiones –del personaje y de los recursos utilizados– de novelas gráficas y películas. Hay guiños lo mismo a “Batman: The Killing Joke” de Alan Moore que a “Batman: The Long Halloween” de Jeph Loeb y “Batman: The Dark Knight Returns” de Frank Miller; al personaje del Batman según Tim Burton o Christopher Nolan. El personaje, al final, resulta contrastante; por medio de él se hace una denuncia, pero también una demostración. Veamos…

Guasón es la más reciente entrega de Todd Phillips, cuya filmografía está llena de altibajos: de las mediocridades de Starsky & Hutch (2004) a las medianías de Amigos de armas (War Dogs, 2016) a las maravillas de ¿Qué pasó ayer? (The Hangover, 2009). Ahora da cuenta de las miserias de Arthur Fleck (Joquin Phoenix), un hombre de mediana edad que se ocupa de su anciana madre y se gana la vida como payaso. Después de una serie de desgracias responde a la hostilidad ambiente con el personaje epónimo. Y su debut es en horario estelar.

Phillips propone un discreto trabajo de cámara. Ésta evita todo lucimiento y se convierte en un testigo atento, en un acompañante de Fleck. Por otra parte, los resultados en la puesta en escena son notables: la luz de Lawrence Sher –cinefotógrafo de cabecera del realizador–, las escenografías, vestuarios y maquillajes dan cuenta de las diferencias sociales, de los abismos económicos, pero también construyen un ambiente de sordidez (evita, eso sí, disgustar al que mira, y si, por ejemplo, los noticieros hablan de ratas gigantes que asolan la ciudad, éstas nunca se ven). Es ocioso hablar de la actuación de Phoenix, sobre la cual por todos lados hay una avalancha de elogios (no obstante, si el primero comentario sobre una película es la actuación, creo que nos quedamos en la superficie… y algo no funciona en la película). Tan sólo subrayaría que su desempeño está anunciado en su filmografía previa y en este caso es natural la exacerbación: la mayor parte de los personajes a los que dan vida manifiestan particularidades mentales y comportamientos atípicos; el desgaste físico es habitualmente notorio; creo que el actor se ha convertido en el personaje. En la banda sonora se expande el campo de batalla emocional, con enrarecidos ambientes y las músicas de la islandesa Hildur Guðnadóttir y algunas canciones que sirven para hacer hincapié en asuntos relacionados con la locura y la risa; entre otras, “White Room” de Cream.

Phillips entrega, para empezar, un melodrama a carta cabal: carga a su protagonista de una serie de desgracias que traen a la mente los hitos del género. Hace de Fleck un completo desecho (huérfano, abandonado, engañado, despreciado, maltratado, violentado; un ser humano a quien no le queda ninguna ilusión, pero sí un propósito) para hacer una crítica social: a la indiferencia ambiente, a los ricos, al Estado, que en este caso deja de proveer asistencia psiquiátrica. Esboza un estudio de caso sobre una patología, pero mantiene al espectador en zona segura: el cineasta concibe una cinta que por momentos echa mano de cierta ambigüedad, pero evita llevarnos a la mente del criminal potencial y luego en funciones, pues si bien deja algunas cosas en el aire, se esmera en construir una objetiva claridad: no vaya a ser que el espectador salga de la sala confuso por no entender lo que realmente pasa y lo que está en la mente del personaje. Si bien explica los síntomas de la enfermedad de Fleck, sus reacciones a menudo parecen forzadas. El dispositivo –y la presencia de Robert De Niro, quien da vida a un personaje secundario pero importante– tiende puentes con el Taxi Driver (1976) de Martin Scorsese. Pero Phillips no apuesta por la sutileza (ni en lo moral ni en lo formal). Así, echa mano de un maniqueísmo poco plausible y hace de Thomas Wayne un malo de telenovela que sospechosa y oportunamente se parece demasiado a Donald Trump: rico y soberbio, con ambiciones políticas y una inocultable megalomanía.

Phillips da voz –y risa– a los que viven al margen. Deja ver cómo la masa está enojada y se suma sin pensar a cualquier postura que se enfrente al sistema, incluso cuando quien la encabeza no tiene ninguna intención en ese sentido: ¿en estos tiempos los líderes de opinión no tienen una verdadera opinión? Muestra cómo es fácil que el coraje se traduzca en destrucción, que la felicidad, hoy día obligatoria y no alcanzada, se traduzca en frustración. Todo esto es más bien una demostración, y un tanto simplista, porque tampoco se exploran a fondo los mecanismos sociales que llevan a ello. Al final me parece que este Guasón –que resulta ser un moralista que comenta que nadie se preocupa por el otro, que manifiesta su dolor frente al monumental egoísmo actual, que hace ver, cual Sartre de Gotham, que el infierno son los otros– se queda corto como agente del caos: porque tiene una razón, una historia, una explicación, una causa… pero no una voluntad. A diferencia del Guasón de Nolan, que sí tiene la voluntad caótica, se mantiene en la ambigüedad y es pura gratuidad. Y si bien la cinta de Phillips cierra bastante bien y genera cierta inquietud, nada es más inquietante que el vacío al que Nolan nos encara.

 

Calificación 75%
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