Fuerza mayor o las virtudes de la contemplación

Fuerza mayor (Turist, 2014) es el cuarto y más reciente largometraje de ficción del sueco Ruben Östlund, quien comenzó su carrera registrando eventos deportivos (de esquí, en particular) y dejó ver una mirada atenta al sufrimiento infantil en su entrega anterior, Play (2011). Como en ésta, el realizador toma lo mejor de la tradición cinematográfica escandinava y ofrece una cinta agridulce, más o menos como la vida.

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Östlund, también autor del guión, sigue a una familia que pasa cinco días de vacaciones en Los Alpes franceses. Al principio las cosas marchan con cordialidad, y la unión de padre, madre, hijo e hija no ofrece mayores relieves: se ubica en el lugar común de la familia “normal”. Pero conforme avanzan los días, y luego de una avalancha en la que el padre tiene un comportamiento cuestionable, comienzan a aflorar los miedos y los desencantos, los reproches silenciosos y los reclamos en público, los desacuerdos… y el distanciamiento.

Östlund apuesta por una estrategia contemplativa, al estilo de su compatriota Roy Andersson: las imágenes, a menudo panorámicas o alejadas de los personajes, se prolongan con la cámara estática –que asume el rol de observador– y, gracias a la duración, “dan tiempo” a que aflore la trivialidad; así los gestos cotidianos se vuelven reconocibles y adquieren valor. Este acercamiento-alejamiento apacible ilumina con agudeza las vicisitudes de la pareja que se ha reproducido. La convivencia constante resulta abrumadora, y para los padres –y la pareja– no hay vacaciones aun en vacaciones (y en el tiempo y el espacio que se pensó para los hijos, se busca y se encuentra la forma de no estar con ellos). La cinta se ubica en un resort en la montaña y ofrece un fondo que parecería ideal para la familia ideal. Pero hay atisbos de lo que palpita bajo la superficie que permite inferir que algunas cosas (algunas pulsiones) están permanentemente al acecho, y nunca descansan, por lo que es necesario intervenir. Así lo subraya la constante manipulación de la nieve, cuyo fin es que los turistas puedan esquiar sin mayores peligros: la naturaleza debe ser moldeada y apaciguada para acoger a los humanos y controlar los riesgos, ¿como en la familia y el matrimonio?

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Fuerza mayor exhibe cómo funcionan las expectativas en la pareja y la familia, mismas que, como bien señala Östlund, también son alimentadas por el cine. En éste se hace una promoción frecuente de la figura del héroe, y cuando la vida real pone a prueba a las personas (que, en caso de peligro privilegian sobre todo y todos lo que llaman “el modo sobrevivencia”) y no se comportan de acuerdo al modelo visto en pantalla, aparece la decepción. Y cuando ésta se instala, sí que hace difícil la sobrevivencia de la pareja. Por otra parte, el sueco muestra la fuerza de los miedos. Como el padre en la avalancha o, en otro momento, la madre-esposa que dialoga con una conocida que tiene un matrimonio sin ataduras, lo que le parece irresponsable desde la perspectiva de la que encuentra la seguridad en las ataduras. En otro momento parece posible un accidente, y la reacción de los que viven esa experiencia se da de forma exacerbada, y más por lo que pudiera pasar que por lo que realmente sucede.

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Al final, y al estilo del cine nórdico, la distancia es sólo aparente; somos invitados a vivir en la intimidad de los personajes mientras vamos de la risa al llanto, del desencanto a la compasión (o experimentamos la compasión en el desencanto). Así, el estudio de la pareja y la familia es tan revelador como conmovedor. El buen resultado fue recompensando con el Premio del Jurado de la sección Una cierta mirada el año anterior en Cannes.

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