Falsos profetas: la historia de González y la denuncia de un mal nacional

Falsos profetas: la historia de González (2013) es la ópera prima del mexicano Christian Díaz Pardo. La historia sigue al personaje del título (interpretado por Harold Torres), un joven que viste riguroso traje y ha emigrado a Ciudad de México para ganarse la vida; desde allá envía dinero a su madre, con la que se comunica frecuentemente. Pero cuando se queda sin trabajo y las deudas lo agobian, él guarda silencio. Entonces se entera de una oferta laboral: operador en el call center de una iglesia cristiana. Su esfuerzo pronto comienza a dar frutos; no obstante, el futuro no luce prometedor. Entonces él le da una manita.

Díaz Pardo acompaña constantemente a su personaje principal (quien aparece prácticamente en la totalidad de la cinta). Por lo general la cámara se ubica cerca de él, pero también lo registra a distancia y lo empequeñece en un paisaje urbano indiferente. En todo momento, no obstante, el acercamiento es asfixiante. Sobre todo cuando se describe el espacio donde labora González, en el que prevalece la penumbra.

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De esta forma Díaz Pardo se acerca a dos asuntos que no han sido abordados con suficiente regularidad por nuestra cinematografía: el trabajo y la religión. El primero ya no necesariamente dignifica, y ante la escasa oferta y la abundante necesidad, las personas están dispuestas a dedicar sus esfuerzos a cualquier actividad –aun cuando pueda resultar odiosa o ridícula– que garantice la subsistencia. Por otra parte, la cinta exhibe cómo la religión no ha dejado de ser un asunto corporativo, bastante rentable para los que la administran, que son verdaderos empresarios. Es el caso de estas organizaciones que se explayan con libertad durante largas horas en la pantalla chica, con predicadores de acento portugués que juegan con la fe y sobre todo con la necesidad de los fieles-televidentes. Estos merolicos venden la salvación (el cielo a cambio de de un puñado de pesos); a veces a precios exorbitantes, considerando que la mayor parte de su grey es menesterosa. El trabajo y la religión, que han de procurar la luz (en su sentido simbólico), oprimen al individuo, lo sumergen en la oscuridad, como se ilustra en el esbozo de la intimidad de los protagonistas.

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Falsos profetas: la historia de González alcanza estatura de denuncia, si bien es poco probable que llegue al público que efectivamente necesitaría abrir los ojos. Prueba cómo en este país el crimen sí paga: el engaño y el abuso representan la prosperidad de unos a costa de la perenne miseria de otros. La salvación, definitivamente, está en otra parte…

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