Extenuante experiencia

Cuando terminé el descenso de Everest (2015) pude hacer el recuento de un coctel de emociones. Porque la cinta se vive como una experiencia que es demandante tanto en lo físico como en lo emocional: uno termina exhausto, con frío; cansado por el esfuerzo de los otros, por la adrenalina producida de prestado. Por ahí cabría ubicar sus virtudes, porque al final tampoco ofrece mucho material para la reflexión.

Everest es el largometraje más reciente del islandés Baltasar Kormákur, quien obtuvo merecido reconocimiento por su ópera prima, 101 Reikiavik (101 Reykjavík (2000), que explora las contrariedades de un “Nini” treintón, y ha hecho algunas incursiones en la industria norteamericana, entre ellas Armados y peligrosos (2 Guns, 2013), una “fantasía violenta” que involucra policías y narcotraficantes en la frontera mexicana. Ahora se inspira en un caso real y sigue a un equipo de montañistas encabezado por el neozelandés Rob Hall (Jason Clarke), quien tiene una empresa que organiza excursiones al monte nepalés. En la ruta encuentran a otros grupos, lo que provoca “tráfico” en la montaña. No obstante, Hall y su gente emprenden el ascenso. Pero una tormenta los sorprende en las alturas.

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Kormákur propone un acompañamiento que por momentos es espectacular. La cámara toma distancia para ofrecer una imagen de la magnitud del Everest, de su intimidante belleza. Así constatamos la pequeñez de lo humano, su insignificancia en la vastedad. Pero también se acerca para dar cuenta de los esfuerzos de los montañistas y resaltar el valor a su empresa; es particularmente notable un plano en el que hace un recorrido del grupo, cuya longitud y duración se extienden para sorpresa del ojo y para hacer sensible el esfuerzo. En este contexto cobran relevancia las condiciones existenciales de algunos de sus personajes, particularmente las del guía y las de un norteamericano (interpretado por Josh Brolin). El primero parte a pesar de los temores de su mujer embarazada; el segundo parece huir de un matrimonio que sobrevive con distanciamientos y reticencias al paso de los años. Arriba encontraremos a una fauna humana que en conjunto permite esbozar una respuesta a la que parece ser una de las preguntas naturales: ¿por qué involucrarse en una aventura de esta envergadura? Porque, justo es comentarlo, y en esto la cinta es instructiva, el ascenso no sólo pone en juego las capacidades físicas y mentales de los montañistas, sino que tiene un costo de miles de dólares. No hay respuestas definitivas ni contundentes; algunos lo hacen porque sí, otros porque pueden, alguno sabe de qué huye, otro encuentra la posibilidad de superar su pequeñez en esta gran odisea: el sinsentido de la existencia se traslada hasta allá, si bien la energía se canaliza en conseguir la meta, en llegar a la cima.

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Conforme avanza la cinta, lo que se traduce en el incremento de la altitud, Kormákur se ocupa menos de la expedición que de los fantasmas de los protagonistas principales. Entonces cobran relevancia las esposas del guía y del norteamericano, las reacciones de las personas de apoyo en una de las bases. Entramos así en un terreno convencional, con estrategias narrativas y dramáticas conocidas: al hacernos ver que un personaje masculino va a ser padre y el otro sigue amando a su mujer a pesar de la distancia (física y emocional), que la futura madre sufre ante la ausencia de aquél que provee la seguridad, y que la esposa del otro entiende el miedo y las dudas de su marido, se tienden puentes: los anhelos de unos y las frustraciones de otros, amantes todos, crean empatía. El giro se da también en la dirección del cine de desgracias; entonces la aventura vive una debacle para proseguir en el melodrama.

Al final podemos constatar cómo el descenso es tan importante y acaso más azaroso que el ascenso, porque los que llegan lo hacen debilitados, lo que entorpece y hace más lento y riesgoso el desplazamiento. También asistimos a un recordatorio de la desproporción de la fuerza de la naturaleza con relación a la humana, que es modesta en cantidad pero inconmensurable en ambición.

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