Éxodo: la ira dirigida de Dios

La extensa filmografía del británico Ridley Scott es rica en altibajos. En sus inicios, entre 1977 y 1982, ligó tres películas extraordinarias (Los duelistas, Alien y Blade Runner), pero en adelante ofrece una de cal por varias de arena: por Un final inesperado (Thelma & Louise, 1991) recibió justificado reconocimiento, pero su siguiente largo, 1492, la conquista del paraíso (1492: Conquest of Paradise, 1992), fue objeto de más censuras que aplausos; recientemente entregó buenas cuentas en Prometeo (Prometheus, 2012), pero no puede decirse lo mismo de El consejero (The Counselor, 2013). En todas se hace presente su eficacia narrativa, su extraordinario manejo de la técnica. No obstante, los resultados no son siempre felices. Habría que responsabilizar, para empezar, a los guiones, en los cuales se involucra escasamente (como puede constatarse en el documental de Charles de Lauzirika que aborda el proceso de realización de Blade Runner: Días peligrosos: Cómo se hizo Blade Runner); y eso que el guión de El consejero fue escrito por Cormack McCarthy. La infelicidad se extiende a su más reciente entrega: Éxodo: Dioses y reyes (Exodus: Gods and Kings, 2014).

En ésta Scott sigue las desventuras de Moisés (Christian Bale), quien crece en Menfis, Egipto, como hermano de Ramsés (Joel Edgerton) y goza de la simpatía del padre de éste, el faraón Seti I (John Turturro). Pero luego de la muerte del jerarca se descubren los plebeyos orígenes de Moisés: es hijo de esclavos judíos. Entonces es desterrado, y su gesta, de proporciones bíblicas, inicia.

Fiel a su estilo, Scott deja ver una puesta en cámara funcional, elegante y espectacular. Filma la acción con solvencia y claridad (lo cual es un mínimo de cortesía que cabría esperar en toda película, pero es muy escasa hoy día) y propone ángulos insólitos, así como movimientos de cámara notables para incrementar la intensidad del registro y resaltar la majestuosidad de palacios y campos de batalla. (Mucho influye en todo esto el buen desempeño del cinefotógrafo polaco Dariusz Wolski, si bien en algunos momentos es inocultable la artificialidad de los fondos creados en computadora.) Da forma así al aliento épico, justo y necesario (requerido por definición), para la escenificación de las glorias de los héroes. Algunas de estas imágenes lucen de forma extraordinaria en 3D: la profundidad juega un rol importante para dar cuenta de las proporciones y maravillarnos con las construcciones egipcias (que materializan el afán esbozado en el subtítulo: es una forma de elevarse junto a los dioses).

Exodo

Como en Gladiador (Gladiator, 2000) la fraternidad juega un rol importante (y Éxodo está dedicada a Tony, el difunto hermano de Ridley); Scott parte de la rivalidad entre dos jóvenes que crecieron como hermanos, provocada entre otras cosas por el desigual reconocimiento paterno. Así como en aquélla Marco Aurelio (Richard Harris) daba mayor peso a las virtudes de Máximo (Russell Crowe) que a las de Cómodo (Joaquin Phoenix), acá Moisés es el favorito de Seti, lo que hace poca gracia a Ramsés. Sin embargo, éste no manifiesta abierta animadversión a su hermano, mas a la larga es víctima de su debilidad y de su pobre liderazgo. En todo caso, Scott contrasta las formas de uno y otro para encabezar a los suyos. Ninguno es realmente notable en este renglón, pero Moisés tiene en el dios judío un aliado insuperable, mismo que termina por inclinar la balanza. Al final resulta más coherente Ramsés, pues si bien Moisés ante todo es, como Máximo, un hombre de familia, también es cierto que es presentado como un sujeto alucinado, más o menos como son perfilados Jesús en La última tentación de Cristo (The Last Temptation of Christ, 1998) de Martin Scorsese, y Noé, en la cinta homónima que este año estrenó Darren Aronofsky.

Éxodo ofrece un paisaje contrastante en lo relativo a la religión y las implicaciones que lo expuesto tiene en la actualidad. Por una parte hace una crítica frontal al iracundo y caprichoso Dios del Antiguo Testamento (que es capaz de matar a inocentes niños y esperó nada más 200 años para liberar a su pueblo elegido) y abre una interrogante sobre el comportamiento de los judíos en libertad. Ambos apuntes son pertinentes y desgraciadamente vigentes de cara a las incursiones militares y masacres perpetradas en Palestina, en aciagas fechas recientes, por tropas israelíes. No obstante, Scott sigue en términos generales el texto oficial, y es poco probable que su propuesta incomode a los creyentes o a las autoridades religiosas, judías o cristianas. Se perciben tintes propagandísticos, algunos atisbos de complacencia y mucha solemnidad. Acaso lo más lamentable desde el punto de vista dramático es que ni Ramsés ni Moisés, ni los destinos de sus respectivos pueblos, terminan por contagiar sus pasiones e ideales: sus ambiciones y comportamientos apenas sacuden la indiferencia. Se mueven además en una peligrosa ambigüedad que influye en el tono, pues uno no sabe si reír con las apariciones de un Dios testarudo e infantil (porque es encarnado por un chamaco como de 10 años) o llorar con la ciega obediencia de Moisés y las aciagas miserias de los egipcios. Ni hablar de la escasa profundidad que consigue en uno de los temas que se antojaban con mayor potencial: la asunción de Moisés de su identidad y su destino. Como en otras entregas, se antojaba un mayor compromiso de Scott, pero el autor no corre más riesgos de los necesarios. ¿Será que el realizador, quien también es productor (y ambiciona multiplicar los 140 millones de dólares que costó la cinta) no quiere quedar mal con nadie?

Esperamos que, en la rueda de la fortuna que es la filmografía de Scott, la siguiente película sea de las buenas.

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