Escuadrón suicida: es menos que malísima

He visto películas malas, muy malas, malísimas… y Escuadrón suicida (Suicide Squad, 2016). Hace muchos, muchos años frecuenté dudosas comedias picarescas, como las películas estelarizadas por Edwige Fenech y algunas “muestras selectas” del cine mexicano de ficheras, pero Escuadrón suicida estaría en el top 3 de lo peor que he visto en mi vida.

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Dirigida y escrita por David Ayer (Corazones de hierro, Reyes de la calle), Escuadrón suicida sigue las contrariedades que experimenta un grupo de delincuentes de historieta, entre los cuales están Deadshot (Will Smith) y Harley Quinn (Margot Robbie). Después de la muerte de Superman el gobierno norteamericano planea una defensa contra los malos sobrehumanos, y una ruda mujer negra propone el escuadrón del título, del que también forman parte una japonesa experta en el manejo de la espada, un australiano ladrón, un cocodrilo que camina y habla y el Diablo, un cholo de origen latino. (Aparece, además, el que tal vez es el Guasón más soso de la historia.) También se convoca a una bruja, pero ésta se pasa al lado oscuro (sí, pues) y se convierte en la villana de los villanos. O más bien: la traición de la hechicera hace que los otros combatan del lado de los buenos (¡sí, pues!).

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Ayer entrega una cinta con harto efecto especial y hartas peleas y explosiones. Asimismo propone las rigurosas dosis de humor (ésta es otra entrega que alimenta la épica cómica), que tampoco son abundantes ni mucho menos geniales. El cineasta nos receta un amplio soundtrack, conformado por canciones de rock muy conocidas, que está destinado a acompañar la presentación de los personajes (la cual es desigual: también hay malos de primera y de segunda). Justo es subrayar que Ayer abusa de este recurso, y como a los 15 minutos ya se había despachado por lo menos cuatro rolas. Pero donde queda patente la falta de imaginación y creatividad es en la puesta en escena y en la puesta en cámara. Porque en una estrategia económica más que cinematográfica, la sordidez es controlada y lo que se muestra no escandaliza ni a un niño de 12 años. La cámara, por su parte, es rutinaria y, peor, por momentos es confusa: Ayer había mostrado ser un artesano medianamente eficaz, pero aquí su labor es bastante muy, muy pobre (con decir que, en comparación, Zach Snyder parece genial en su Batman vs. Superman: el origen de la justicia).

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Tanta estridencia busca, me imagino, aturdir al espectador para que no repare en la vacuidad de la cinta. Porque si bien cabe ubicar comentarios con cierto valor (esto, apunto, es una deformación profesional: siempre quiero encontrar algún apunte medianamente atendible, incluso en películas que lo hacen casi involuntariamente, como ésta) sobre las tácticas utilizadas por los poderosos para combatir lo que temen o sobre el bien que subsiste incluso en los malos (y el amor, ¡ay, Guasón, ya te rajaste!). Escuadrón suicida es lamentable como espectáculo; es una propuesta de una vacuidad insultante; es una pérdida de tiempo.

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