Entre Las elegidas y ¿Qué culpa tiene el niño? : del cine necesario al cine suntuario

El domingo anterior, en una ceremonia de pompa dudosa, con su alfombra roja región 4 y sus flashazos al estilo Cannes/Óscar (¿cuándo aprenderemos que las malas copias se ven doblemente chafas?), se entregaron los Arieles a lo mejor de la producción cinematográfica mexicana. La gran ganadora de la noche fue Las elegidas (2015), el segundo largometraje de David Pablos, que se embolsó los premios más importantes, entre ellos el de mejor director y película. Por lo general la Academia Mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas (hablando de una institución que desde su nombre ya es una mala copia) hace premiaciones acertadas; rara vez cabe cuestionar sus decisiones. En parte porque no hay tanta competencia y en parte porque impera la cordura y hay cercanía entre los criterios que emplean creadores y críticos de cine en México: la comunidad cinematográfica mexicana, si es que hay tal cosa, sin ser unánime normalmente coincide en reconocer propuestas que asumen riesgos y son pertinentes y oportunas, cintas críticas y valientes que a menudo hacen comentarios sobre conflictos sociales o exploran con honestidad las miserias de la condición humana. De ahí que entre las nominaciones y los premios de la Academia y lo que circula y tiene éxito en cartelera haya una distancia enorme, ¿insalvable?

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Entre lo que la Academia consideró como lo mejor del 2015 sólo una película tuvo una exhibición comercial decente: Gloria (2015) de Christian Keller. Algunas pasaron fugazmente y otras ni siquiera han sido estrenadas (suponiendo que lleguen a serlo). Qué diferencia con las películas nominadas por la Academia de veras, la norteamericana: Óscar sólo se fija en películas que tuvieron corridas comerciales. El riesgo, por acá, es que se terminen nominando cintas por el estilo de Nosotros los Nobles (no, espérenme, ésta sí tuvo sus nominaciones), Cásese quien pueda (2014), o ya entrados en gastos, ¿Qué culpa tiene el niño?, que son las que se quedan un buen número de semanas circulando en la cartelera. Así las cosas, lo mejor del cine mexicano, reconocido por la Academia –y a menudo en festivales internacionales– es invisible para la mayor parte del público que consume películas en el país. Y vaya que Las elegidas –que apenas pudo verse en algunas pantallas durante pocos días (¿cabría pensar en una nueva vuelta, como sucede con las oscareadas?)– merece atención…

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Las elegidas apuesta por una puesta en escena austera y una puesta en cámara contemplativa, que por momentos tiene sus movimientos estilizados y contraproducentes, como sucede en algunos pasajes con la música, que aporta cierta untuosidad. Pablos da cuenta, desde la ficción, de una actividad criminal que ha sido documentada por la nota roja en la frontera con Estados Unidos, donde hay bandas dedicadas a la trata de personas. Sigue en Tijuana a una chica de 14 años que es privada de la libertad por la familia de su novio y, chantajeada y manipulada, es obligada a prostituirse. Además de exponer el caso, Pablos deja ver cómo funciona una sociedad machista en la que todos se someten al poderoso y violento, en la que se concede autoridad al abusivo. La delincuencia organizada es un asunto familiar, doméstico se diría: la familia es la base de esta sociedad y también lo es de la suciedad. Como vimos en Heli (2013) de Amat Escalante, y recientemente en la argentina El clan (2015) de Pablo Trapero, el negocio familiar comienza y tiene su sede en la casa, y los hijos, por gusto o después de ofrecer cierta resistencia, terminan colaborando con el padre. Asimismo, se exhibe una red de colaboración o indiferencia, por miedo o por conveniencia, como sucede con la gente del barrio donde viven la chicas que son secuestradas y obligadas a prostituirse. Como bien señala Michel Franco a propósito de A los ojos (2016), el cine no va a cambiar al mundo, pero multiplica su valor cuando lleva a la pantalla temas de corte social que es impostergable abordar. Es el caso de Las elegidas, que expone sin la grandilocuencia que tanto gusta a Arturo Ripstein la sordidez nuestra de cada día.

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¿Qué culpa tiene el niño? (2016) es la más reciente entrega de Gustavo Loza, quien entregó buenas cuentas en Al otro lado (2004), La otra familia (2011) y hasta en Paradas contínuas (2009). Ahora sigue a una joven burguesa que después de una noche de borrachera descubre que está embarazada. Contra todo pronóstico –habiendo formas seguras de interrumpir el embarazo y evitar la censura social; nada hace pensar que sea creyente o tenga algún impedimento para hacerlo– busca al padre del niño por venir. Descubre que es un joven proletario aún más joven que ella. Y entonces arranca la farsa, empieza una relación y lo demás es insultantemente predecible. Loza emula la comedia El inocente (1956) de Rogelio A. González, protagonizada por Pedro Infante y Silvia Pinal, y une los destinos de una mujer rica y un hombre pobre que también comparten una noche de borrachera. En la cinta abundan los personajes accesorios, como las dos amigas de la embarazada, que están ahí para que la otra pueda explayarse y para hacerle ver las posibles consecuencias de sus acciones; se trata de personajes bufonescos –y hay otros, como la madre del padre; es más, como prácticamente todos los demás– que desaparecen cuando la protagonista tiene alguien más con quien hablar y que hacen las veces del diablito y el angelito que en cine mexicano clásico trataban de influir en las decisiones de un personaje. Las comedias mexicanas que han tenido éxito en taquilla recientemente cuentan con la credibilidad o abulia del público. Y si Labios rojos (2011) de Rafael Lara perdía verosimilitud al presentar a un impotente en tiempos de Viagra y Nosotros los Nobles cuenta con que los personajes no lean periódicos, el pretexto que empuja ¿Qué culpa tiene el niño? “se cae” con una pastilla o una rápida y rutinaria intervención. Para acabarla, va de la comedia romántica al melodramático homenaje al padre (semanas antes de su día). Se dirá que merece un tratamiento ligero porque se trata de una comedia ligera, pero uno espera inteligencia aun de estas propuestas. Al final Loza concibe una comedia en los estándares televisivos (una sucesión de chistes más que el desarrollo de un asunto) y pierde la oportunidad de criticar las miserias de las clases sociales en México, lo convenenciera más que conveniente que puede ser una relación familiar. No obstante, ya ocupa el tercer lugar entre las películas mexicanas más taquilleras de la historia. Y seguirá subiendo…

Cine feria

El divorcio entre la taquilla y la ambición cinematográfica, entre la taquilla y el riesgo artístico, entre la taquilla y la crítica es evidente en México, donde seguimos viendo al cine como un mero entretenimiento, como un vehículo para la evasión, como un espectáculo de plaza comercial. Con más de 120 años de edad, el cine en México tiene un estatus similar al que tuvo cuando nació: sigue siendo un espectáculo de feria.

 

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