Entre la seducción y la indiferencia

Focus: Maestros de la estafa (Focus, 2015) es el tercer largometraje dirigido al alimón por Glenn Ficarra y John Requa, responsables de Una pareja dispareja (I Love You Phillip Morris, 2009) y Loco y estúpido amor (Crazy, Stupid, Love, 2011). A diferencia de estas últimas, en su más reciente entrega apuestan menos por la irreverente comedia romántica y más por la adocenada prestidigitación. El juego de manos, ahora, es menos afortunado.

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Ficarra y Requa, también autores del guión, siguen las fechorías de Nicky (Will Smith), quien se ha ganado el apodo de “Suave” y se gana la vida realizando diferentes tipos de estafas. Cuando Jess (Margot Robbie) se cruza en su camino, no sólo encuentra en ella una aprendiz aplicada, sino una posible pareja. Pero él parece no estar interesado en el romance y se aleja de ella. Tres años después sus caminos se cruzan de nuevo, pero ahora la distribución del poder es diferente.

El tándem de realizadores vuelve al ilusionismo y la distracción como estrategias para despojar al prójimo de sus pertenencias, asunto que tanto gusta a Hollywood y que visita con relativa frecuencia (recientemente vimos, por ejemplo, Los ilusionistas: Nada es lo que parece de Louis Leterrier). En este tipo de entregas la cámara y las otras técnicas están llamadas a poner un fondo exquisito, a darle un toque de elegancia al crimen, y Focus: Maestros de la estafa no decepciona en ese renglón. La puesta en escena –en especial la cinefotografía, cortesía del mexicano Xavier Grobet– le da un aura preciosista a las actividades de Nicky y su banda (si bien con sus bemoles: por momentos el uso del contraluz resta protagonismo a los actores). Si a esto le sumamos algunos “juegos” visuales que se presentan por el uso de espejos o por cortes inesperados, no es raro que el espectador resulte gratamente sorprendido y engañado por duplicado: por el desarrollo de las estafas y por la puesta en imágenes.

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La cinta avanza con fluidez, pero está segmentada en dos partes claramente delimitadas y disparejas: la primera es un mediometraje más o menos redondo que hace del engaño un hábito al que no es posible renunciar. La segunda, que se antoja poco trabajada, incluso forzada, trata de enmendar la plana y hasta de ponerse reflexiva bordando alrededor de la verdad y la mentira, la confianza y la insinceridad (pero ni así consigue eludir la superficialidad). Y si uno está dispuesto a conceder verosimilitud a la primera –a pesar de que algunos pasajes son inverosímiles–, en la conclusión se impone más bien la indiferencia: uno no termina de simpatizar con ninguno de los protagonistas, ni de creerse su relación, y como su aventura tampoco es particularmente encantadora, uno toma distancia con lo expuesto. Mención aparte merece, eso sí, la explicación que Nicky hace de su táctica para seducir a la chica: esboza cómo funcionan las expectativas de ellas en las relaciones sentimentales, y muestra cómo el amor es un asunto de ilusión.

Al final el humor alcanza para más de una carcajada, y si la cinta no es una estafa, tampoco se acerca a la maestría.

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