Entre la razón y la locura: entre el teatro y… el teatro

En su célebre y aforístico libro Notas sobre el cinematógrafo, Robert Bresson afirma que hay “dos clases de películas: las que emplean los recursos del teatro (actores, puesta en escena, etcétera) y se valen de la cámara para reproducir; las que emplean los medios del cinematógrafo y se valen de la cámara para crear”. En las primeras, que se ubican en lo que llama un “teatro bastardo”, los actores llevan el peso; pero les falta la “presencia material de actores vivos, acción directa del público sobre los actores”. Tal vez no les falte naturalidad, pero sí les falta naturaleza. La expresión cinematográfica, sostiene Bresson, debe alimentarse de “las relaciones de imágenes y sonidos, y no de una mímica, de gestos y entonaciones de voz (de actores o de no actores)”. De todo esto me acordé apenas aparece Sean Penn, en plan teatral, en Entre la razón y la locura (The Professor and the Madman, 2019), producción irlandesa que se ha estrenado en pocos países (ninguno de habla inglesa) y hoy llega a nuestras pantallas.

Entre la razón y la locura es la ópera prima del iraní Farhad Safinia, quien escribió con Mel Gibson Apocalypto (2006). En su debut como realizador también colabora en la redacción del guión, en el que participó el veterano realizador John Boorman y que se inspira en el libro homónimo de Simon Winchester. La historia se ubica a mediados del siglo XIX y sigue al profesor James Murray (Gibson), quien recibe la encomienda de los académicos de Oxford para elaborar el diccionario de la lengua inglesa. La empresa es titánica, pues se debe rastrear la continuidad de las palabras en textos escritos en los siglos anteriores. Murray recibe la ayuda inesperada del Dr. William Chester Minor (Sean Penn), un asesino que ha sido recluido en un sanatorio mental. La colaboración hace que entre ambos florezca una memorable amistad.

Safinia saca buen provecho de los 25 millones de dólares que tuvo como presupuesto y entrega una cinta lucidora en lo relativo a la puesta en escena, con los recursos habituales del drama de época y un hincapié ostensible en vestuarios y maquillajes. Ocasionalmente y con timidez echa mano de la cámara en mano, como si quisiera imprimir un poco de emoción con la cámara sin distraernos de lo que resulta ser su apuesta más importante: las actuaciones. Y si Gibson luce hasta cierto punto mesurado, Penn está en los límites de la sobreactuación: es cierto que la enfermedad mental da ciertas licencias para la interpretación, pero a menudo el desempeño de Penn me saca de la pantalla y me lleva al teatro. El cineasta hace uso del montaje alterno, pero el recurso no alcanza para establecer un contraste o un diálogo significativo entre los personajes (o un paralelismo en la demencia, que se antoja más congruente con los asuntos abordados). Todo esto alcanza para que la cinta funcione en términos literarios, teatrales, en los parámetros convencionales del cine según Hollywood: hay los ingredientes que habitualmente considera el conservador Óscar para sus nominaciones.

Safinia tiene entre manos una historia extraordinaria. Demencial. Pero no entrega una cinta extraordinaria ni demencial (a la demencia se alude, pero la demencia no se alcanza a expresar). Más bien concibe una película bastante racional en su estilo y sus conclusiones. Para quedar bien con los tiempos que corren, Safinia sigue varones cuyo desempeño depende en buena medida de las mujeres más cercanas a ellos: la esposa de Murray, la viuda que hizo Minor. Pero no va más allá del cliché en el caso del primero, y no explora las complejidades ni las consecuencias que supone el acercamiento de la viuda al asesino de su marido. Como la rancia ganadora del más reciente Óscar, Green book: una historia sin fronteras (Green Book, 2018), se sustenta en la amistad entre personajes distintos y distantes, pero en amistades que resultan superficiales aun cuando se quieren profundas, que en realidad no suponen riesgo para nadie. Safinia va de la sensibilidad a la sensiblería, y ofrece una cinta con notables altibajos, con pasajes notables y digresiones evitables. Así, la cinta se queda corta en sus posibilidades y resulta un tanto larga.

Calificación 65%

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