Enemigo fiel

No deja de ser significativa la recurrencia del cine norteamericano sobre sus ex enemigos en la Guerra Fría: los rusos se hacen presentes a cada rato como mafiosos, corruptos, crueles, insensibles y una larga lista de roles nefandos. (No deja de ser curioso, tampoco, que aparezcan con una frecuencia mucho mayor que temas o personajes de importancia local y actual, como el racismo, por ejemplo.) Ahora, en Crímenes ocultos (Child 44, 2015), que es una coproducción con Reino Unido, República Checa y Rumania (países que, por lo demás, sufrieron en mayor o menor medida la maldad soviética), posan su crítica mirada en el pasado, cuando Stalin imponía el terror. El resultado no es de amplio alcance, sin embargo ilumina una de las abundantes aristas oscuras de la humana condición.

Crímenes ocultos es el más reciente largometraje del sueco Daniel Espinosa, quien es hijo de padre chileno y madre sueca y ha transitado con irregulares resultados por el thriller en películas como Dinero fácil (Snabba cash, 2010) y Protegiendo al enemigo (Safe House, 2012). La cinta se inspira en un libro de Tom Rob Smith y un guión de Richard Price (también autor del guión de El color del dinero de Martin Scorsese) y sigue las contrariedades de Leo (Tom Hardy), un huérfano que fue víctima de la política de Stalin contra Ucrania en los años treinta. Cuando crece se convierte en un violento agente policial y se ocupa principalmente de cazar a los “traidores” al régimen. Su vida cambia drásticamente cuando aparece un asesino serial de niños (si bien en la Unión Soviética, por decreto, no había asesinos) y su esposa es acusada de traición.

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Espinosa exhibe las miserias de la cotidianidad en la era soviética, en la que, según nos dice, había dos claros y contrastantes extremos, establecidos desde la autoridad: los héroes y los traidores (y en medio estaban los ciudadanos comunes, que podían inclinar el juicio hacia un lado u otro). Pero también había un umbral difuso que podía cruzarse involuntariamente en el momento más impredecible e indeseable. La vigilancia era cosa corriente, así como poner al otro bajo sospecha; la delación era una forma de inculpar, el ascenso de unos era posible a costa del descenso de otros y el miedo era una forma de relacionarse: una sociedad huérfana con propensión a la creación de monstruos, con un marcado desfase entre la realidad y la versión oficial sobre ella. Todo esto es planteado sin ambages, si bien de una forma más bien demostrativa y maniquea. No obstante, es pertinente y valioso mostrar cómo la mezquindad humana aparece apenas tiene una oportunidad y puede obtenerse algún beneficio con ella.

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Si bien Espinosa consigue dar peso a un ambiente hostil e iluminar la mencionada cara oscura de la humanidad, su historia no tiene mayor fuerza. Y no sólo porque se pretende hacer un mosaico social donde sólo hay un caso, sino porque sus personajes son unidimensionales –sólo por momentos aspiran a tener cierta densidad–, terminan siendo herméticos y rara vez empáticos. A ello contribuye una puesta en cámara distante: si la cámara cuenta y emociona (y el thriller que sigue asesinos seriales es generoso en pretextos para ello), aquí no va mucho más allá de la descripción. Poco ayuda un acercamiento que está entre el realismo y el cine de época más rancio, el acento “ruso” con el que hablan en inglés los personajes (que está a medio camino entre un pretendido realismo lingüístico y la falsedad hollywoodense, con lo que nos recuerda a cada rato que vemos una película con actores angloparlantes que quieren hacernos creer que no lo son). Por otra parte, es poco provechoso revelar mucho antes del final la identidad del asesino; la forma en que lo hace, además, es muy pero muy poco dramática. Para acabarla, el ritmo es de una lentitud desafortunada (es una invitación para que aparezca el aburrido que casi todos llevamos dentro) y la acción es registrada con más confusión que emoción.

            En conclusión: Crímenes ocultos es una propuesta anacrónica y fallida; peor: se oye falsa y se siente falsa.

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