En Spider-Man: un nuevo universo, el Hombre Araña vuelve a ser sorprendente

La más reciente entrega del Hombre Araña, Spider-Man: un nuevo universo (Spider-Man: Into the Spider-Verse, 2018), es una especie de vuelta al origen. Regresa, para empezar, a los temas que propuso en sus inicios Stan Lee y exploró Sam Raimi en la trilogía que dirigió entre 2002 y 2007. Y no es poca cosa…

La historia sigue las contrariedades de Miles Morales, un adolescente talentoso que es hijo de un policía, que es testigo de la muerte de Peter Parker y después se cruza con… Peter Parker. Sufre el piquete de una araña radioactiva y no puede evitar convertirse en un nuevo Spider-Man. Otro. Pronto descubre el origen de unos extraños temblores que sacuden Nueva York. Aún más: se involucra en una trama que ha provocado la convivencia de personajes de diferentes dimensiones.

Bob Persichetti, Peter Ramsey (responsable de El origen de los guardianes) y Rodney Rothman comparten los créditos de la realización y entregan muy buenas cuentas. Conciben un lucidor trabajo con la imagen, en particular con los fondos, donde es posible apreciar diferentes técnicas y registros, que van del live action a fueras de foco o imágenes superpuestas que hacen pensar en un 3D visto sin lentes. Al frente hay un diseño en 2D que también hace guiños a diferentes tradiciones (como el animé) y que, por su colorido y su movimento, resulta espectacular. Todo esto contribuye de muy buena manera a dar visibilidad a la coexistencia de las diferentes dimensiones.

Spider-Man: un nuevo universo se nutre de sagas importantes del cómic, da protagonismo a diversos personajes (para regocijo de los fanáticos de la franquicia; como divulgación para los diletantes) y se suma a la tendencia de la épica cómica. Los pasajes divertidos se multiplican, y las dosis de humor son provechosas para dar un contrapeso al drama del crecimiento, que es el gran asunto de este súper héroe. En la ruta descubrimos una Nueva York hostil, que también contribuye al humor y que resulta un tanto distante de la cálida urbe que por lo general se presenta en el cine (parece que es obligación halagarla, hacerle un homenaje, en cada película que la tiene como escenario o personaje).

Persichetti, Ramsey y Rothman entregan una cinta políticamente correcta, que queda bien con todos pero no elude hacer algunos cuestionamientos. Hay espacio para personajes que pertenecen a las minorías (latinos, negros y orientales adquieren protagonismo); hay el afán de postular la heroica y obligatoria equidad de género. En este marco aparecen conflictos valiosos. La identidad genera más de uno. En particular para Morales, quien para definirse debe desafiar las prerrogativas paternas (incluso enfrentar al padre) y encarar la decepción por el tío admirado. En una época contradictoria, en la que la singularidad es asunto de masas (todos quieren ser únicos, aunque sea en la foto de perfil de las cuentas de redes sociales), se postula que “todos somos Spider-Man”: la excepcionalidad como uniformidad. Si bien esta postura es parte del manual de la superación personal –ergo, rancia– adquiere valor porque implica el interés por el otro: ser arácnido supone poner a los demás en primer plano. Y no como objeto de censura, que es lo más habitual. Asimismo, por esta ruta se invita al examen de conciencia de uno al refrendar el valor de la conocida sentencia del Tío Ben: un gran poder conlleva una gran responsabilidad. Ahí hay una gran lección de ética que, desafortunadamente, se ha obviado y provoca más gracia que reflexión. Es tarea del espectador ser consciente del propio poder (para empezar el tiempo, el futuro; después la postura frente al otro, lo que se puede hacer con él, de él: porque aquí incluso los malos tienen su corazoncito, pero el egoísmo es el gran enemigo) y definir la responsabilidad que demandan el poder y la singularidad.

Así las cosas, en Spider-Man: un nuevo universo, el Hombre Araña vuelve a ser sorprendente.

Calificación 85%

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