Scorsese hace hablar a Dios en Silencio

La prensa cinematográfica ha recibido con silencio a Silencio (Silence, 2016), la más reciente entrega del neoyorquino Martin Scorsese (que hartos aplausos provocó con su largometraje anterior, El lobo de Wall Street). Algunos críticos le reprochan la longitud; no falta el que dice que es aburrida (como si las películas se aburrieran: no hay películas aburridas, hay espectadores aburridos); otros, incrédulos, apenas se toman la molestia de ir más allá del asunto de la fe. Lo cierto es que Silencio es una gran película, y que en ella aparece el mejor Scorsese, acaso el cineasta norteamericano más sólido en cuestiones técnico-narrativas de la actualidad.

Scorsese, en cuya filmografía transitan con atormentada naturalidad personajes que, como él, son creyentes escribió el guión con Jay Cocks (autor que también participó en los textos de Pandillas de Nueva York y La edad de la inocencia). Ambos siguen con fidelidad los pormenores de la novela homónima del nipón Shûsaku Endô, cuya acción transcurre en el siglo XVII, en las cercanías de Nagasaki. Acompaña a dos jóvenes jesuitas, Rodrigues (Andrew Garfield) y Garupe (Adam Driver), que se empeñan en ir a buscar a su maestro, Ferreira (Liam Neeson), cuya huella se ha perdido en Japón –donde llevaba a cabo una labor evangelizadora– y del que se dice que ha cometido apostasía. Apenas llegan a territorio nipón, Rodrigues y Garupe descubren que los cristianos son perseguidos, por lo que, dado el clima de hostilidad, viven su credo en secreto. Los religiosos se esconden un tiempo, y cuando salen a cumplir su misión viven en carne propia los terrores que el gobierno prodiga a los cristianos.

Para no variar, Scorsese hace gala de un prodigioso trabajo de cámara, puesta en escena, montaje y sonido. Como sucede con todo gran cineasta, con el neoyorquino la cámara cuenta: conduce el relato y da densidad. Así muestra la brutalidad de las torturas, da majestuosidad a la naturaleza –que es sagrada para los japoneses–, toma distancia con la puesta en cámara clásica de Kurosawa y Ozu (con sus emplazamientos a nivel del piso) y subraya los estados de ánimo que experimentan los personajes (el cinefotógrafo mexicano Rodrigo Prieto comentó que todo en la cinta tiene el propósito de construir subjetividad). En una imperdible entrevista que Martin Scorsese concedió a la revista Film Comment el cineasta confiesa sus dificultades económicas y creativas para materializar el proyecto; anota que le llevó mucho tiempo dar con el estilo adecuado, que no podía quitarse de la cabeza las numerosas películas japonesas que había visto y que tuvo dificultad en particular para resolver los últimos 15 minutos de la película (en los que se aleja del relato literario).

La apuesta empuja con brío una serie de asuntos que cobran valor hoy día. En la superficie está el asunto de la práctica religiosa. Los jesuitas llevan a cabo lo que la jerarquía institucional tenía como normativa en su tiempo: la imposición del catolicismo por todo el mundo. Llevaron así a territorios distantes la verdad de su religión, la cual, como sucede con todas las religiones, consideraban la única. Lo hacían sin importarles que los habitantes de los territorios a los que llegaban ya practicaran su propia religión. En América la cruz se impuso con la espada, pero en Japón encontraron un Estado que no sólo les hizo frente, sino que los expulsó o los hizo apostatar.

Por medio de la experiencia de Rodrigues se abren asuntos más complejos: se exhiben las dificultades para juzgar al otro sin haber vivido lo que él vivió, se cuestiona la pertinencia de seguir en el dogma ante las precariedades que con ello se pueden provocar. En La última tentación de Jesús (The Last Temptation of the Christ, 1988) acompañaba el crecimiento de un personaje atormentado y pusilánime que debía hacerse cargo de su condición (Cristo no nace, se hace); en Kundun (1997) seguía la ruta opuesta: un personaje tan infantil como egocéntrico era conminado a vivir con humildad. Algo similar a esta última cinta presenta en Silencio: la experiencia del arrogante jesuita Rodrigues se convierte en una lección de humildad. Su aventura en Japón también alcanza para cuestionar cómo viven la fe los que se dicen practicantes: ¿la fe es sobre todo una inversión en esta vida para alcanzar el paraíso en la otra (y como se hace ver en la citada entrevista, a menudo los personajes scorsesianos terminan expulsados del paraíso)?, ¿qué entiende y vive realmente el creyente de los dogmas que se le plantean y de alguna manera sigue (como anota Ferreira, desde que los primeros evangelizadores llegaron a Japón, el término utilizado para referirse a Dios era “sol”; los indios mexicanos seguían los ritos católicos con la mente puesta en sus deidades)?; en la cinta, por medio de un personaje que llega a grados de caricaturización se pone en cuestión el asunto de la confesión. Pero acaso lo más valioso, y más allá de lo estrictamente religioso, está la toma de consciencia en lo relativo a la responsabilidad sobre el otro. Se envía así un mensaje oportuno contra los fanatismos, se cuestiona la conveniencia de mantenerse en una determinada creencia cuando otros pueden sufrir por ello: se extiende una invitación a la compasión.

Silencio cierra con la afirmación de la fe. Scorsese muestra cómo al final este asunto es estrictamente personal. La ruta es tortuosa, como reconoce el realizador y evidencia la cinta. En tiempos en que ser creyente es visto con sospecha y hasta con desprecio, hace de la fe un acto de rebeldía pero también de identidad. Y si Dios guarda silencio en Silencio, Scorsese lo hace hablar.

 

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