En Sicario el estilo cuenta

En La mujer que cantaba (Incendies, 2010) y en Prisioneros (Prisoners, 2013), el canadiense Denis Villeneuve ha dejado ver su interés por asomarse a la sordidez en diferentes rincones del planeta, con estrategias que dosifican las revelaciones y que terminan por exponer dolorosas profundidades. En Sicario (2015), que compitió en la sección oficial de Cannes y es su más reciente largometraje, estas constantes se mantienen; ahora explora un paisaje atroz que desafortunadamente nos resulta ya bastante conocido y es la cotidianidad en algunas zonas de México.

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Sicario registra las contrariedades de Kate Macer (Emily Blunt), una agente del FBI que se involucra en una misión que la rebasa. Al inicio asistimos con ella al descubrimiento de un montón de cadáveres y la muerte de algunos de sus compañeros. Después es invitada a participar en un grupo ecléctico que busca detener a los responsables de tanta muerte. Viaja entonces con Matt Graver (Josh Brolin) y Alejandro, alias Medellín (Benicio del Toro), a San Antonio, Texas. Entonces se entera que el objetivo está en México, en Ciudad Juárez, y cae en la cuenta de qué se trata toda la operación, del lugar que ocupa en ella y del tenor que toma el curso del combate a los cárteles mexicanos.

Con una cámara que lo mismo toma distancia para ver “la fotografía completa” que se acerca a la intimidad de los personajes, y con una puesta en escena que contrasta la sordidez con la calidez –y un brillante desempeño del cinefotógrafo Roger Deakins–, Villeneuve concibe una denuncia a la forma como las autoridades norteamericanas buscan manejar el narcotráfico. Toma un punto de vista que aún conserva cierta candidez –el de Macer– y desde él da cuenta de la pérdida de la inocencia sobre el curso de la justicia. No sólo expone el paisaje terrible que se vive de este lado de la frontera –con cadáveres colgados en los puentes– sino que muestra cómo la estrategia del gobierno norteamericano no sólo es cuestionable o inmoral, sino francamente delincuencial. Hay un reconocimiento, si bien tibio, de la fuerza que tiene el consumo de drogas en Estados Unidos (que asciende, según se comenta, a 20% de la población), por lo que las autoridades no buscan eliminar el narcotráfico, sino tener el control de él. Se muestra cómo se recurre incluso a delincuentes para combatir a los delincuentes, y cómo las tácticas de los narcos se inspiran en las prácticas de las autoridades norteamericanas, en las que la crueldad es la constante.

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El panorama así expuesto es revelador, informa y emociona, pero no resulta demoledor. Queda claro que todo es cuestión de estilo. Villeneuve recurre a actores conocidos y no es tan sencillo dejar de ver la puesta en escena en la que están inmersos, su artificialidad. Y aunque parece una contradicción en sus términos, la crudeza es así moderada (es inevitable inferir que su público principal es el norteamericano, y busca incomodarlo nomás tantito). Mucho más fuerte resulta el acercamiento de Amat Escalante en Heli (2013): la utilización de actores no profesionales –o no tan conocidos– y la sordidez presente en cada elemento de la puesta en escena contribuyen a dar realismo, naturalismo a lo abordado. Es un registro cercano al documental y, lo mejor, parece verdadero, fiel a la realidad que aborda. En conclusión: el estilo cuenta, dicho esto en un doble sentido: por el valor que tiene para concretar un escenario y por el aporte a la narrativa.

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