En McFarland los mexicanos no son tan malos

McFarland: Sin límites (McFarland, USA, 2015) es el quinto largometraje de la neozelandesa Niki Caro, quien obtuvo celebridad a nivel mundial por Tierra fría (North Country, 2005). Como tantas películas que habitan hoy día la cartelera comercial, se inspira en un caso de la vida real. Se ocupa de un asunto edificante, y con suerte tendrá alguna influencia en la realidad.

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McFarland: Sin límites inicia en 1987 y se ubica en la población californiana del título. Por allá va a dar Jim White (Kevin Costner), un maestro de educación física y entrenador que ha sido despedido por su falta de tacto para tratar a sus alumnos-jugadores. Sus opciones ocupacionales no son abundantes, por lo que no le queda más remedio que instalarse con su familia en McFarland, California –una zona habitada primordialmente por mexicanos– para trabajar en la preparatoria de la localidad. Al inicio las condiciones habitacionales y laborales no son favorables, pero cuando descubre el potencial de sus estudiantes mexicanos para correr largas distancias a buen ritmo ve la posibilidad de crear un equipo de carrera a campo traviesa. Entonces comienza una dinámica de aprendizaje para todos: lo mismo para los alumnos y sus familias que para el entrenador y la suya. Y comienzan las competencias. En sus marcas…

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Caro impulsa con buen ritmo un guión que transpira optimismo por todos los poros. Ilustra cómo el éxito no sólo es posible –aun en circunstancias adversas–, sino que está más cerca de lo que pudiera creerse. Para empezar es necesario ubicar un área en la que las capacidades que se poseen garanticen la competencia y luego la posibilidad de ganar. En seguida conviene adquirir disciplina y procurar el trabajo en equipo. Sí: es casi un manual de superación personal. La realidad pasa por el filtro de la probabilidad (por el filtro de Disney, que es el estudio productor), y si no se agota en la promoción de la superación es por la calidez que aparece por momentos y la emoción que por lo general caracteriza a las actividades deportivas.

Entre carrera y carrera McFarland hace un reconocimiento (¿homenaje?) a los mexicanos, que aquí son madrugadores y chambeadores, que tienen que trabajar el doble para sobrevivir y para sobresalir en otro tipo de actividades. Para el retrato de la mexicanidad Caro congrega abundantes dosis de folklore (con todo y su celebración de 15 años y sus tacos) y exalta valores como la solidaridad (la familia), la voluntad, la tenacidad y la alegría. Y así son capaces de sacar lo mejor de sí mismos. Porque aunque el entrenador influye, queda claro que no es muy competente que digamos: sus conocimientos son limitados y sus estrategias dudosas. En el entusiasmo y el empeño que ponen los jóvenes corredores está, al final, lo más emotivo y lo más significativo de la cinta.

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McFarland es una película para sentirse bien: ha sido concebida para servir de inspiración. Echa mano de cierta edulcoración (Disney no puede ni quiere evitarlo), pero con un buen pretexto y por una buena causa. Lo mejor es que a diferencia de otras entregas de este género, McFarland no parece forzada en su afán edificante: fluye con fortuna y ligereza, y su moraleja está bien sustentada cinematográficamente. Esperamos que cumpla su objetivo y sirva para hacer sentir bien al público norteamericano, para que éste revalore el esfuerzo y el aporte de la paisanada (que parece que nunca va a dejar de pagar “derecho de piso” en Estados Unidos). La cinta hasta podría ser, al final, un buen apoyo para las reformas migratorias que impulsa Barack Obama. ¿Será?

 

Los Díaz, una familia de corredores de elite

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http://espn.go.com/espn/story/_/id/12352044/family-elite-distance-runners-portrayed-mcfarland-usa

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