En Eso el miedo da mucho miedo… y mucho que pensar

El cine de terror hoy día es terreno fértil para la banalización; a menudo es reducido a la gratuidad: es un mero proveedor de sustos, es como subirse a la montaña rusa, una experiencia que puede resultar tan intensa como insustancial. El terror, sin embargo, como lo han practicado Edgar Allan Poe, H. P. Lovecraft o Mary Shelley es un medio invaluable para vérselas con el miedo que surge de asuntos espinosos que, llevados al extremo, se convierten en un espejo revelador y permiten lidiar desde la racionalidad narrativa con lo irracional. Así lo ha entendido Stephen King, un autor más leído que apreciado. Eso (It, 2017), inspirada en su novela homónima, es una muestra de eso.

Eso, que fue llevada a la pantalla chica en 1990, acompaña a un grupo de púberes de un pueblito, Derry, en sus vacacionales aventuras veraniegas. En mayor o menor medida todos son víctimas del abuso o desinterés de sus mayores: en la escuela de jovenzuelos con inclinaciones delincuenciales; en casa, sus padres hacen otro tanto. Para acabarla, son acosados por Pennywise (Bill Skarsgård), un payaso tenebroso que es el miedo mismo, que los persigue sin tregua y que es responsable de la desaparición de niños y jóvenes de la localidad cada 27 años.

El responsable de la realización es el argentino Andrés (Andy) Muschietti, quien obtuvo celebridad por su corto Mamá (2008), que luego, con el apoyo de Guillermo del Toro en la producción ejecutiva, se convirtió en el largometraje Mamá (2013). El realizador sudamericano echa mano de los trucos habituales del terror: espacios tétricos, ruidos enrarecidos que anticipan la aparición del malvado, músicas que se disparan, sorpresas y sus sobresaltos consecuentes. En lo relativo a la realización, en general las cuentas son correctas, si bien no son particularmente originales. Los sustos son cuantiosos, pero no es éste el parámetro de su valía (no debería serlo de ninguna cinta de terror: una obra de este género no es buena porque asuste mucho). El valor está en lo que se explora por medio del miedo, en los apuntes atendibles que ya están en el material literario original y se multiplican en el guión, en cuya escritura participó Cary Fukunaga (realizador de Sin nombre y Beasts of No Nation).

Eso se ubica a finales de los años ochenta, época en la que era inminente la Guerra del Golfo (¿hay un guiño en que al inicio se utilice una cera de marca Gulf Wax?), en la que se involucraría poco después Estados Unidos, país que siempre tiene una guerra a mano y de la que hace uso para explotar el miedo ambiente. La historia inicia con la desaparición de un niño tras la aparición de un payaso. Posteriormente se da un salto y pronto sabremos que en Derry las desapariciones no son extrañas y que hay toque de queda. Lo que sí aparece, tarde o temprano y entre algunas dosis de humor, es el miedo. Y lo hace por todos lados, personificado en un payaso que, cínico, reconoce que se alimenta de aquél. El origen está en el bullying que cometen los adolescentes (que a su vez lo sufren por cortesía de sus padres), en la hipocondría que una madre siembra en su hijo, en el abuso sexual de un padre a su hija o en el desinterés de una madre que está muy entretenida tocando el piano. Producto de la violencia de sus mayores, los jóvenes crecen en la orfandad, como sucede en la serie de televisión Stranger Things, también ambientada en los años ochenta. El crecimiento es imperioso pero odioso, como sugiere esa magnífica escena en el baño, en la que una chica es atrapada por cabellos y es atacada por sangre que sale del lavabo. Eso propone un viaje al subconsciente que, como su materialización, los desagües, reserva zonas oscuras y es habitado por monstruos.

En Eso el miedo da mucho miedo, pero también da mucho que pensar. Por momentos la entrega es didáctica y enfática (a veces, no siempre, incluso transparente en su simbolismo, como los rasgos del payaso, que son similares a los de otros personajes), pero tiene la virtud de explorar el origen del miedo y de recordar que Estados Unidos ha hecho de él un rasgo definitorio: es el país del miedo (otrora se manifestaba en el odio racial; el muro del odioso es el episodio más reciente). Muschietti exhibe los beneficios que unos obtienen de él, los desatinos y el desinterés de los mayores, su escasa disposición para acompañar a los pubertos en su tránsito a la vida adulta que, por culpa del payaso, resulta tortuoso. Y cuando están presentes es para fastidiar a sus chamacos. La disfuncionalidad social no es sino un reflejo de la disfuncionalidad de la familia. Y si todos tienen que encarar sus miedos y evitar que se los lleve el payaso, la solidaridad entre las víctimas es la única salida; a ella apela la cinta.

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