En Entourage: la película no hay mucho que celebrar

En Entourage: la película (Entourage, 2015) aparecen fugazmente –lo que es conocido como cameo– una serie de personalidades de la música, el deporte y el cine. Por ahí están, según puede constatarse en los créditos (para ser honesto, no reconocí a muchos de los muchos que desfilan): los actores Liam Neeson, Mark Wahlberg –también coproductor de la cinta–, Jessica Alba y Jon Favreau –también realizador: de Iron-Man, por ejemplo– y otros no tan conocidos; los jugadores de futbol americano Tom Brady y Rob Gronkowski, ambos de los Patriotas de Nueva Inglaterra; y los músicos T.I. y Pharrell Williams. No deja de tener su encanto este tipo de apariciones, si bien por la abundancia terminan por perder gracia; a veces, por su distractora gratuidad. Lo peor: los cameos son, me temo, lo mejor de la cinta.

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Entourage (2015) se inspira en la serie televisiva del mismo nombre –que también tiene el hábito del cameo– creada por Doug Ellin. Éste también se hace cargo de la realización de la cinta y no dirigía para la pantalla grande desde Bésame, tonto (Kissing a Fool, 1998). La historia sigue al actor Vince (Adrian Grenier) y su séquito (como se traduce el título original): su hermano y también actor Johnny Drama (Kevin Dillon), su productor, Eric (Kevin Connolly) y su amigo Tortuga (Jerry Ferrara). El primero recién ha debutado como realizador, pero el presupuesto se ha agotado. De ahí que el jefe del estudio, Ari Gold (Jeremy Piven), se dé a la tarea de conseguir recursos para terminar la cinta. Para ello tienen que convencer a Travis McCredle (Haley Joel Osment), el hijo de un ranchero de Texas que es el que financia la producción.

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Ellin lleva a cabo con la cámara una serie de seguimientos para acompañar a sus protagonistas. Así nos presenta las diferentes geografías de un Hollywood farandulero, exhibicionista, que no sólo no quiere ocultar su falsedad, sino que se jacta de ella. Aquí la celebridad se viste de Cadillac, se nutre de alcohol y otras sustancias estimulantes, se presume en fiestas y se echa zambullidas en piscinas cristalinas. De ella gozan lo mismo músicos que deportistas y, por supuesto, los que participan en la cadena de producción del cine. (Mención aparte merece la exhibición de las fuentes y estrategias de financiación de Hollywood, lo que explicaría un poco la frivolidad de sus producciones y su afán mercantilista –aspecto que comparte con industrias que se dedican a otros asuntos–, pero también presentaría nexos que pueden ser cuestionables y hasta censurables, de lo cual no se hace mayor exploración aquí.) De la banalidad ambiente, no obstante, no se salvan Vince y su séquito, si bien la suya (la banalidad, se entiende) pretende pasar como una gracia (y a menudo es un chiste malo). Pero no sólo por eso Ellin queda lejos de la crítica a Hollywood de Robert Altman en El ejecutivo (The Player, 1992) –que exhibía la cotidianidad truculenta de la industria– y, más recientemente, de la de David Cronenberg en Mapa a las estrellas (Maps to the Stars, 2014) –que aborda el asunto desde una perspectiva patológica.

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Ellin se dispersa en una serie de relatos que no terminan de hacer despegar la cinta: entre las anécdotas dignas de un programa de chismes televisivo que protagoniza Vince, un actor anodino que realiza una película de autor que es (auto)celebrada –y que a juzgar por el pietaje visto luce medio chafa–, la inseguridad de un cachondo actor segundón, el éxito con las chicas, inexplicable e inexplicado, de un ex empleado de restaurante de comida rápida metido a productor, la galantería de un empresario del tequila –si bien cabe la sospecha que vende otro tipo de elixires– y el homenaje a un productor judío (que al final nos recuerda el peso que siguen teniendo en Estados Unidos los ejecutivos de dicho origen). Y no es que la fragmentación en más de un relato sea un handicap en sí (para muestra otra vez Altman y su memorable Vidas cruzadas), sino que los personajes no son tan chispeantes como se creen, ni las circunstancias que viven son tan singulares o reveladoras; ellos (personajes) y ellas (circunstancias) son, además, inconsecuentes. Así la cintase quema en infiernillos”, se agota en lo anecdótico (que, insisto, tampoco es notable), en lo superficial, más que en lo esclarecedor o lo crítico. No conozco la serie, pero Entourage: la película parece televisión (en una época en que por este medio circulan verdaderas maravillas).

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