Empalagosos milagros del cielo y del más acá

La tapatía Patricia Riggen tiene la dudosa virtud de hacer que, bajo su lente, parezca falso incluso lo que se inspira en la vida real. Es tal el afán de llevar la emoción al infinito y más allá que la cineasta pierde de vista la espontaneidad, la frescura, la naturalidad. Pero en sus manos la ficción no supera a la realidad. De ello dejó evidencia en Los 33 (The 33, 2015); ahora lo refrenda en Milagros del cielo (Miracles from Heaven, 2016), que parte de un libro autobiográfico de Christy Beam.

Los Beam son los protagonistas de la cinta. O, habría que precisar, Christy (Jennifer Garner). Estamos ante la familia ideal y amorosa; y, habría que añadir, religiosa. Su envidiable convivencia se ve alterada, sin embargo, cuando a la segunda de sus tres hijas, la pequeña Anna (Kylie Rogers), le diagnostican una enfermedad intestinal incurable. En Texas, donde viven, no hay un especialista que pueda atender de buena manera su problema (¿quién lo diría, con tanto mexicano que va a Houston por motivos de salud?). El médico más reputado en esos menesteres, Nurko (Eugenio Derbez), trabaja en Boston y tiene una larga lista de espera. Esto no detiene a Christy, que se apersona con Anna, aun sin cita, en su consultorio. Lo demás… está en el tráiler, que lo cuenta todo, todo.

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La Riggen nos receta una calidez que puede ser dañina para la piel, pues asistimos a un perenne atardecer, a la inundación de la pantalla con rebosantes luces naranjas. Asimismo abundan los planos en contrapicada (que en exteriores recogen la inmensidad del cielo; en interiores aparece, en algún pasaje, una escalera ¿al cielo? que ocupa demasiado espacio en pantalla como para pensar que sólo se trata de un mal encuadre) y otros tantos que, desde las alturas emulan la mirada de Dios (como hiciera Lars von Trier en Rompiendo las olas). El dispositivo sugiere la presencia constante de la divinidad, pero a diferencia de cintas como El árbol de la vida de Malick no se hace sensible ninguna espiritualidad. En general cámara y puesta en escena tienden a la exacerbación, a hacer presente una “buenaondez” trabajada (coronada con abrazos a granel): el dispositivo del melodrama forzado y forzoso a todo lo que da, pues. Pero si lo expuesto cabe de manera más o menos natural en los límites de este género, los intentos (¿o deslices?) de acercarse a la comedia son, por decir lo menos, fallidos. Para ello convoca a dos personajes –una afroamericana y un Derbez que se parece demasiado a Derbez– con tintes bufonescos que por más que se esfuerzan nomás no despegan. Si a esto le sumamos una arritmia ostensible, el balance es pobre, muy pobre.

Este fondo sirve para seguir el que acaso es el miedo parental por antonomasia: que los hijos enfermen y mueran; pero principalmente para empujar una película que hace propaganda religiosa y que tiene su pilar fundamental en la fe. Pero este asunto no se problematiza ni se exploran a profundidad sus implicaciones (como sí hace Malick en la cinta mencionada). Aquí la fe es instrumental, es una inversión: creo porque recibo; dejo de recibir, dejo de creer; o, como apunta un ministro protestante: creer porque no hacerlo se siente peor. Todo este “conflicto” se concentra en la madre, que es la protagonista de la cinta y roba cámara a la niña de los milagros. Incluso en una de las escasas crisis que nos presentan (porque aquí la exacerbación no pasa por las crisis de salud) y Anna hace saber que quiere morir, Christy le pide que no le haga eso. El padre, cuya actitud es encomiable (aun en los peores momentos conserva su fe y apuesta por la esperanza) sólo alcanza a ser un personaje… secundario. Y cuando llega el milagro del título (que es una especie de reset y presenta una ironía: la salud proviene de un descenso involuntario), Christy propone ser discretos previendo reacciones de incredulidad, pero no pierde la oportunidad de aparecer junto a su chamaca frente a las cámaras de televisión.

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Milagros del cielo concluye con una alusión a Einstein (científico de cita infaltable cuando se busca ganar fácil prestigio), el cual, nos dicen, dijo en alguna ocasión que es una opción encarar la existencia como una serie de milagros. El término es medianamente tramposo, pero el mensaje es atendible: porque los mentados milagros aluden a la humana bondad, misma que se traduce en hechos más que en rezos y puede hacer una diferencia. Semejante speech no podía ser coronado sino con una abundante carretada de aplausos. Este pasaje, sin embargo, se pierde al final en un mar de músicas machacosas, abrazos porque sí y una melcocha verdaderamente empalagosa.

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