Ella no es tan graciosa

El veterano neoyorquino Peter Bogdanovich es bastante conocido por los libros que ha publicado a partir de los encuentros que ha tenido con múltiples celebridades; son particularmente memorables This is Orson Welles, que recoge una extensa entrevista con el mítico cineasta del título, Who the Devil Made it, donde aparecen entrevistas con 16 realizadores clásicos, y Who The Hell’s in it, en el que figuran las conversaciones con “Actores legendarios de Hollywood”, como reza el subtítulo. El septuagenario es también poseedor de una filmografía irregular; ha participado ocasionalmente en los festivales más importantes (en San Sebastián obtuvo la Concha de plata por Luna de papel) y también fue nominado al Óscar (por The Last Picture Show, tal vez su cinta más exitosa). Ambas aristas le dan una panorámica de la actividad y la “escena cinematográfica” que pocos tienen. De ello –y de sus altibajos– queda constancia en Enredos en Broadway (She’s Funny That Way, 2014), su más reciente entrega.

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En ésta, que Bogdanovich escribió con la actriz Louise Stratten, sigue los encuentros y encontronazos de Isabella (Imogen Poots), una prostituta que hace carrera en el mundo del espectáculo después de conocer a un generoso director de teatro, Arnold Albertson (Owen Wilson). El argumento se orquesta alrededor de una entrevista que da la susodicha a una correosa periodista, en la que cuenta las vicisitudes que vivió, mismas que giran alrededor del montaje de una obra teatral y que involucran a su psicóloga, un ex cliente, la esposa del director, el autor de la pieza y un actor cachondo. Las complicaciones inician cuando Isabella hace casting y se convierte en la manzana de la discordia.

Bogdanovich propone una comedia de enredos que exhibe la frivolidad de los involucrados en el espectáculo teatral y cinematográfico; y de pasada también deja ver la estupidez de algunos. La verborrea que habita la cinta (debe haber poquísimos minutos sin diálogos), el fondo neoyorquino, la calidez de la cinefotografía y la histeria de algunas situaciones remiten hasta cierto punto a Woody Allen. Sin embargo Bogdanovich no consigue imprimir mucha gracia que digamos –y aun menos inteligencia– a su propuesta; tampoco va mucho más allá de la superficie de lo que exhibe. En resumen: si se asoma al universo del espectáculo de él no extrae mayores comentarios sobre la vida (como suele hacer el gran Woody). Para acabarla, instala un ánimo autocelebratorio que no sería tan lamentable si el pretendido humor hubiera hecho su labor previamente o alguno de los personajes fuera al menos un poco simpático. Pero como el asunto avanza más bien penosamente, al final queda la sensación de que no hay pretextos para la celebración.

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Y así como ella –Isabella, asumo– no es graciosa (como sugiere el título original), el asunto al final no es sobre el teatro y Broadway, sino sobre el cine: en la producción se involucraron los cineastas Wes Anderson y Noah Baumbach; Quentin Tarantino tiene un pequeño rol y hasta aparece el propio Bogdanovich; además se incluye un fragmento de Cluny Brown (1946) de Ernst Lubitsch, cuyo protagonista, Charles Boyer, es imitado por Albertson. (Me quedo con la impresión de que en esta película cobran mayor relevancia las relaciones de Bogdanovich que su talento como realizador y guionista.) En algún momento de Enredos en Broadway el director de teatro y su esposa suben a un taxi. Su conversación es tan irritante que el conductor del mismo decide bajarse y huir en otro carro de alquiler; a los pocos minutos de ver la cinta me dieron ganas de emular al sabio hombre y descender de esta “comedia” sin gracia. Pero llegué hasta el final: el oficio, que le llaman…

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