El vicepresidente: relato gozoso sobre un personaje ominoso

En sus largometrajes más recientes, Adam McKay ha explorado el lado oscuro de diferentes asuntos en Estados Unidos: en La gran apue$ta (The Big Short, 2015), su largometraje anterior, exhibió las grietas del sistema financiero y los beneficios de la especulación; en los dos rollos de Al diablo con las noticias (Anchorman, 2004 y 2013), daba cuenta de las veleidades y falsedades de la televisión en general y los noticieros en particular. En El vicepresidente, más allá del poder (Vice, 2018), su más reciente entrega, se asoma a un ámbito que acaso sólo tiene un lado oscuro: la política. En todas sus entregas, es justo anotar, el humor juega un rol importante…

El vicepresidente, más allá del poder es una película de corte biográfico que sigue el crecimiento de Dick Cheney (Christian Bale), un joven desobligado y alcohólico que llegó a acumular tremendo poder. Con grisura, obedeciendo (a su esposa, a sus superiores) y cooperando, ascendió en el poder legislativo y, posteriormente, en el ejecutivo. También hizo carrera como ejecutivo de una poderosa compañía petrolera. Alcanzó la cúspide desde un puesto que, antes de él, era casi decorativo: la vicepresidencia, puesto que ocupó en el mandato de George W. Bush (Sam Rockwell), de 2001 a 2009. Desde ahí orquestó una red de cooperación que le permitió tener poder absoluto.

McKay utiliza a menudo la cámara en mano y, con abundante movilidad, acompaña de cerca al protagonista y contribuye a construir un ritmo ágil. La puesta en escena no sólo reconstruye con eficacia las décadas que cubre la cinta (desde los sesenta del siglo anterior hasta la primera década del 21); la luz matiza y dramatiza, delimita ámbitos, clases sociales, y apoya ánimos y emociones. El maquillaje y el vestuario son sutiles pero efectivos en el afán de dar verosimilitud a las caracterizaciones en las diferentes épocas y edades que viven los personajes, a sus emociones. La música, que va de la ligereza a la gravedad, subraya diferentes tonos. En términos generales, el estilo es dinámico, lúdico. Lo cual, me parece, tiene una arista plausible y otra que me parece cuestionable. Por lo menos…

McKay hace el esbozo biográfico de un personaje que se las ingenió para disponer de un poder absoluto y que se convirtió –él sí– en un arma de destrucción masiva: los muertos que han dejado sus acciones se cuentan por decenas de miles, lo mismo militares norteamericanos que civiles iraquíes. Responsable de la destrucción de Irak y de rebote del surgimiento y empoderamiento de ISIS, es, por donde se le vea, un ejemplo de mezquindad y abyección. Estamos ante un sujeto que hizo lo necesario para disponer de los mismos atributos que un dictador, que se aprovechó de la democracia (en una elección sobre la que, dicho sea de paso, pasó a la historia bajo la sospecha del fraude), y que al final de la cinta, con cinismo, utiliza como argumento y se lo echa en cara al auditorio: “No voy a disculparme por hacer lo que se necesitaba hacer […] Ustedes me eligieron […] hice lo que se me pidió”. La cinta cumple al exhibir su modus operandi de forma didáctica y ágil, pero ese afán de ir rápido tiene como consecuencia que apenas se repare en algunas cosas, como el motivo de la invasión a Irak (su petróleo) o el ascenso de ISIS, la promoción de la tortura como hábito estratégico. (Dicho sea de paso, y sin pretender hacer la defensa del indefendible Nicolás Maduro: hay paralelos visibles entre lo que sucedió en Irak y lo que ocurre en Venezuela.)

Todo esto, decía párrafos arriba, es registrado con ligereza y, por momentos, con humor, con chistes de corte sexual y un tanto absurdos y pasajes irónicos, como el que emula a Shakespeare y el que tiene lugar en un restaruante, en el que se piden ilegalidades a la carta. La cinta, desde una perspectiva íntima y con el apoyo de un narrador (cuya misión es informar y al final también divertir), transita por diferentes tonos: del relajamiento a la épica, de la informalidad a la ironía, la gravedad y la solemnidad (de hecho, el Internet Movie Database la ubica en tres géneros: biográfico, comedia y drama). No obstante, al final se impone cierta ligereza y se construye una crónica gozosa de un personaje ominoso, lo cual aporta dosis de ambigüedad sobre el protagonista y genera cierta contrariedad (aquí, por supuesto, hablo por mí). Al final tengo la impresión de que se banaliza lo abordado, que pierde densidad la denuncia y no se alcanzan a iluminar hondas profundidades.

Calificación 65%

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