El valor revelador de la pérdida

En La habitación del hijo (La stanza del figlio, 2001), el italiano Nanni Moretti (El caimán, Habemos Papam) siguió a un padre apesumbrado por la pérdida de su hijo. En Mia madre (2015), su más reciente entrega, también se ocupa de la pérdida de un ser querido: la madre. En la primera Moretti llevó el rol principal y, según comentó, en ella “exorcizaba un miedo”. Ahora el realizador “se desdobla” en dos personajes que son hermanos y habla “de una experiencia que comparten muchas personas”: Margherita (Margherita Buy) y Giovanni (Moretti) se hacen a la idea de la inminente muerte de su madre mientras comparten con ella sus últimos días. Como en toda su filmografía el italiano sabe dosificar la emoción y asomarse a profundidades dolorosas. Y pocas veces hay oportunidad de llorar y reír tanto.

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Mia madre sigue a Margherita, una mujer madura que se gana la vida como directora de cine. Mientras realiza una película, ella y su hermano acompañan en el hospital a su madre, cuya salud se deteriora cada día. Ella es insegura y distante, y vive una crisis profesional (sufre especialmente con el actor norteamericano Barry Huggins, interpretado por John Turturro, que protagoniza su película y que nomás no se aprende los diálogos) y personal (no atina a llevar relaciones sanas con sus parejas; se ve rebasada por la postración de su madre). Para Giovanni las cosas son menos extremas: vive con calma el proceso y replantea su futuro profesional.

Fiel a su estilo, con economía y sensibilidad notables, Moretti transita por la ruta del drama e imprime ricas dosis de humor. Esta estrategia es provechosa para explorar asuntos que están estrechamente relacionados y que pasan por la autobiografía. Por una parte lleva a cabo una ácida revisión de su forma de trabajo y de los temas que le interesan y por otra explora la intimidad, el proceso personal y las relaciones con los demás. Así, vemos a su inseguro alter ego femenino, Margherita, dudando permanentemente en el rodaje sobre el resultado de cada toma, diciendo a los actores que quiere ver “al actor al lado del personaje”, indicación que nadie llega a comprender; la vemos en crisis, cuestionándose a sí misma sobre el cine que realiza –con aliento social–, repitiendo fórmulas con relación a su función; pero no se engaña a sí misma y se confiesa que mientras todo el mundo cree “que es capaz de comprender lo que pasa, de interpretar la realidad”, ella “ya no entiende nada”. En el rodaje aparece una buena parte del humor; es particularmente hilarante un pasaje en el que se filma una escena en la calle, en la que Huggins conduce un automóvil y ella está empeñada en que aquello parezca realista.

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A lo largo de Mia madre Margherita libra una y otra vez batallas contra lo falso. Busca que su cine se parezca a la realidad, pero nunca está segura si lo ha conseguido. Así ventila Moretti sus propias dudas sobre su cine y su forma de registrar la realidad. Busca ser fiel a la verdad, pero es un realizador que duda, que se pide a sí mismo –por medio de Giovanni– que haga “algo nuevo, diferente”, que cambie “al menos uno de tus patrones, uno de los doscientos”. En este paisaje cobran singular valor las apariciones de Huggins, quien tiene claridad sobre su rol en la vida más que en la película. Cuando está frente a unas botellas de champaña de utilería, comenta: “Es falso. Como toda mi vida. Eso es ser actor.” Conforme avanza el rodaje y su labor es cada vez más tortuosa, hace apuntes que transmiten su desencanto; en un momento de crisis grita: “Quiero regresar a la realidad”. El cine que busca acercarse a la realidad también provoca un alejamiento de ella.

El tránsito a la intimidad de Margherita se da por medio de saltos temporales e incursiones oníricas que generan un acercamiento a la realidad en el que no hay certeza sobre lo que efectivamente ocurre y lo que pasa en la mente del personaje –desde donde vemos lo que vemos– y trae a la mente Post Tenebras Lux (2012) del mexicano Carlos Reygadas (quien obtuvo por ella el premio a mejor director en la edición de Cannes de 2012, en la que Moretti participó como presidente del jurado). La densidad y el drama aparecen con la enfermedad y la inminente muerte de su madre, una ex maestra carismática. Porque Margherita también es madre, y las visitas al hospital y la convivencia con su propia hija comienzan a hacer que sus miedos cobren fuerza. Y si como realizadora se refugia con cierta comodidad en los otros, en temas de corte social, ahora no le queda más remedio que hacerse cargo del desapego con el que ha transitado en su propia vida en lo relativo a los otros cercanos: sus familiares y sus parejas. Su orden se ve amenazado, y su primera reacción es la incomprensión; luego viene la rabia. Entonces su vida se convierte en un amasijo de emociones que van del trabajo a la casa y viceversa.

Shots from "Mia Madre"

Como en La habitación del hijo Moretti reflexiona sobre el valor revelador de la pérdida, sobre los descubrimientos a menudo involuntarios que se hacen ante la muerte de un ser querido. Comenzando por el desconocimiento parcial del que se fue. En la cinta Margherita descubre que hay facetas de su madre que no conoce, situación que emerge directamente de la vida de Moretti, cuya madre era maestra. A partir de los testimonios de los ex alumnos de ella, Nanni reconoce con pesar: “Después de la muerte de mi madre tuve la sensación de que algo importante de su persona se me había escapado, algo que sus ex alumnos habían conseguido tomar y comunicarme. Algo esencial”.

Para no variar Moretti entrega una cinta personal (el realizador comenta que le han dicho que Mia madre es su película más personal) y cierra con un final demoledor, memorable, en el que la “bolita” pasa al campo de Margherita… y del espectador.

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