El sufrimiento del mejor

En Whiplash (2014), la joya de Damien Chazelle, el joven baterista Andrew (Miles Teller) se empeña en llegar a ser no un gran músico ni un ejecutante sobresaliente, sino el mejor. Este afán se explica en buena medida por algunas particularidades de la sociedad y la época actuales. Sobresalir, en una masa cada vez mayor, es más que una forma de afirmación, es casi algo imperioso. Pero nunca antes la competencia ha sido tan destructiva; nunca antes la autoestima ha dependido tanto de los demás, de los muchos demás. De ahí que los jóvenes se planteen en términos cuantitativos el ser conocidos y reconocidos, particularmente en las redes sociales, y que acumulen miles de “amigos” en Facebook y esperen cifras exorbitantes de reproducciones de sus videos en Youtube. Y si, como sugería Alejandro González Iñárritu a propósito de Birdman, la respuesta está por debajo de las expectativas que su círculo ha establecido, no es raro que inicien procesos depresivos. En Whiplash las expectativas se manifiestan por la vía de Fletcher (J.K. Simmons), un maestro exigente que empuja a Andrew a ir más allá de sus límites. El joven, ansioso por recibir el reconocimiento del guía, no duda en renunciar a los afectos de sus seres queridos, en especial al de su padre y al de su novia. En la ruta Andrew pierde algo más: el gusto por la música, que deja de representar un gozo y se convierte en un tormentoso reto. Terrible.

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El domingo anterior, al terminar el juego de futbol entre las selecciones de Argentina y Chile, la película vino de nuevo a mi memoria. Los gestos de Andrew en ella son muy similares a los de Lionel Messi –que habitualmente es un tipo inexpresivo–, como pudo apreciarse en las imágenes que de forma obsesiva y morbosa presentó la televisión, después que el argentino falló el penal que tiró. Messi sufría: el goce por jugar había sido aniquilado por su falla, por las expectativas defraudadas, las de millones de personas que esperan que haga todo bien y que al final son suyas. A lo largo de los últimos años Messi nos ha regalado jugadas extraordinarias, goles majestuosos; no se necesita mucho conocimiento para colgarle la etiqueta del “mejor futbolista del mundo” (y a los argentinos, prestos a subirse al prestigio de su compatriota, de cualquier compatriota ganador, se les “llena la boca” cada vez que lo mencionan): cualquiera puede hacer el elogio de su genio, hasta un “analista” de dudosa capacidad, como José Ramón Fernández. El Barcelona con Messi e Iniesta ha hecho del futbol más que futbol, más que una competencia deportiva: es una actividad en la que se conjugan el músculo y la inteligencia, que es lúdica y lúcida: es un placer a la vista. Y aun en su inexpresividad, queda claro que Messi se divierte, que juega. Y ahora le pesa haberse posesionado de las expectativas de sus ingratos compatriotas. A estas alturas no tiene que demostrarle nada a nadie, sin embargo la autocensura lo desinfló. Y acaso lo único que los simples mortales podrían cuestionarle es que su sufrimiento y su decisión de renunciar a la selección tengan por origen un resultado. Si acaso. Nada más. Hacerlo un ejemplo de héroe, como pretende una maestra argentina, declararlo casi un patrimonio nacional –como ha hecho el presidente Macri–, enviarle mensajes y exhibir pancartas, es casi un chantaje para el hombre que sufre. ¿Y quién puede considerarse con suficiente autoridad para censurar las decisiones de un hombre que no quiere o no puede sufrir más? Pedir a Messi que vuelva es un gesto de egoísmo por parte del peticionario, es convertirse hasta cierto punto en responsable del dolor ajeno. Lo que toca, creo, es ser respetuoso y agradecido.

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El cine depara riquezas prodigiosas cuando se plantea como un agudo medio para reflexionar sobre la vida. Whiplash no se agota en la anécdota que recoge: el diagnóstico de nuestra época que presentó es certero y parece que lejos de mejorar, el mal esbozado se agudiza. En nuestra época el que se arriesga también se arriesga a la censura si no da los resultados que de él se esperan. Los jóvenes se arriesgan poco, justo es anotarlo, porque la decepción al emprender algo sin éxito es atroz. De ahí que lejos de diversificar sus intereses y ocupaciones tiendan a concentrarse en alguna actividad u oficio en específico. El éxito y la fama efímeros son los tesoros de las redes sociales; sin embargo no es raro que el miedo y la angustia sean la cosecha obtenida por su frecuentación. Pero, como nos recordó Intensa mente (Inside Out, 2015), hoy día el adolescente, mentalizado y casi obligado a ser feliz, no sabe lidiar con las emociones negativas, mismas que, reitero, a menudo tienen como origen las expectativas defraudadas de otros (la niña de la cinta de Pixar no puede cargar con la encomienda de sus padres: “ser la alegría de la casa”). Los casos del ficticio Andrew y del real Lionel son tristísimos porque las actividades que realizan son lúdicas (en inglés y francés se utiliza el mismo verbo para jugar y tocar). De ellas se espera diversión, entretenimiento, emoción, incluso sentido; alimentan el alma humana y proveen gozo al que las realiza y al que las ve o escucha. Por eso, perder el gusto por la música y por el futbol, sufrir en su ejecución, es casi una tragedia para el que vive obsesionado por ser el mejor. Una tragedia alimentada por una masa exigente e insensible, dispuesta a buscarse otro mejor en cuanto el anterior ya no pueda con el paquete.

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