El renacido: recargada y ¿”revacía”?

En las artes forma es fondo: verdad de Perogrullo. En cine la historia es lo más importante: ¿otra? No creo. A modo de ilustración es pertinente considerar Gravedad (Gravitiy, 2013) de Alfonso Cuarón. He escuchado censuras al guión en más de una ocasión. Sin embargo la ambición del realizador es clara –y él mismo la verbalizó citando un encuentro que tuvo con Guillermo del Toro–: más que una historia –que es lo que a fin de cuentas mucha gente demanda de una película– su afán fue proponer una experiencia. Por medio de ella acompaña a su protagonista, quien vive una aventura que le ofrece la posibilidad de renacer. Es cierto que la historia no es maravillosa y que el tema no es muy profundo ni muy original que digamos (la vida humana sólo es posible en la tierra y tiene en la mujer a su pilar fundamental), pero cobra fuerza por la forma: una vez que el espectador –gracias sobre todo al brillante trabajo de cámara y puesta en escena– llega a un grado de emoción importante, lo dicho (no necesariamente por medio de palabras) resulta importante. Pero no faltan ocasiones en que esta perogrullada (forma es fondo) parece difícil de aplicar, sobre todo cuando se percibe que, aun si la forma es formidable, el fondo no resulta particularmente denso. Es el caso, me temo, de El renacido (The Revenant, 2015), la más reciente entrega de Alejandro González Iñárritu.

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Conforme avanzaba El renacido no podía dejar de pensar en Gravedad. El Negro, como llaman sus cuates a González Iñárritu, también plantea una película que no tiene una gran historia detrás y que propone una experiencia. Pero una experiencia que avanza por derroteros diferentes a las de su amigo y colega. En la cinta de Cuarón se percibe el afán de deslumbrar al espectador para que después éste acompañe de mejor manera al personaje principal, y el virtuosismo técnico pasa en algún momento a segundo plano (porque lo importante es la evolución del personaje, el curso de la experiencia; por eso el cinefotógrafo Emmanuel Lubezki recomendó al cineasta detener el prodigioso planosecuencia con el que inicia la película, porque podía ser un elemento distractor). Sin embargo con González Iñárritu, reitero, sucede algo diferente. En su cinta, en la que también es ostensible la deuda con el Malick de El nuevo mundo (The New World, ) –y no sólo por el hecho de que ambas contaron con el aporte fotográfico de Lubezki–, el autor rara vez deja que lo expuesto fluya con cierta espontaneidad y que el personaje principal llegue a ser algo más que un agente de la venganza. (Con relación a Boyhood, permítaseme la digresión, Richard Linklater comentó que buscó “desaparecer” para que lo expuesto, que tampoco es una historia extraordinaria –o más bien tan extraordinaria como la vida misma–, fluyera de la mejor manera, se diría que para no robar cámara a sus personajes.) Porque en El renacido en todo momento está presente ése que en narratología se conoce como autor implícito, que se define como una proyección desde el texto –debemos el término a los estudios literarios– del autor. Y el obsesivo González Iñárritu incide permanentemente: se diría que está presente en cada plano, en cada gesto sufriente de DiCaprio, en cada genialidad con la cámara. Así las propuestas de Cuarón y González Iñárritu, que dan cuenta cada una por su cuenta de un una experiencia que se ocupa de un renacimiento, son distantes y distintas. No hablemos de Malick, porque su acercamiento con el otro y su generosidad con sus personajes –y la complejidad de estos– forman parte de un universo muy, muy lejano.

El renacido se inspira en una novela de Michael Punke, que a su vez se inspira en hechos reales. Hace un acompañamiento epidérmico a la maltratada epidermis de Hugh Glass (Leonardo DiCaprio), un explorador que participa en una expedición de cazadores que comercian con pieles en las primeras décadas del siglo XIX. Cuando Glass está al acecho de una bestia, su gente es atacada por un grupo de indios. El encontronazo deja muchas víctimas, y pone a los expedicionarios sobrevivientes en fuga. Poco después Glass es atacado por un oso y más adelante es abandonado y dado por muerto. Pero tiene motivos para sobrevivir a la adversidad que ofrece un clima gélido y animales –humanos y de otras especies– que procuran su muerte: completar una venganza.

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González Iñárritu apuesta por un acercamiento naturalista, crudo, y no por la obviedad de que la cinta se ubica en la naturaleza y el rodaje se llevó a cabo con luz natural y en escenarios naturales: la puesta en escena en su conjunto contribuye a dar verosimilitud, sin aparente maquillaje, a personajes rudos y a veces rudimentarios, a situaciones que caben perfectamente en el catálogo de vilezas y grandezas de lo humano. Como en Birdman (2014), el trabajo de cámara es deslumbrante (y, como a menudo nos recuerdan los grandes directores: el cine se cuenta con la cámara). Baste mencionar las escenas de acción, que son registradas sin cortes y que generan grandes dosis de adrenalina (aplausos aparte habría que destinar a los efectos visuales y sonoros, al maquillaje). Así, y como anotaba líneas arriba, el cineasta propone un acercamiento, estrecho y constante, con el protagonista. Así somos testigos privilegiados del sufrimiento de éste: en su rostro vemos la determinación y el dolor. Su debacle y su fuerza de voluntad alcanzan para generar algunas dosis de empatía, mismas que contrastan con la indiferencia silenciosa de la naturaleza, que muestra aristas de crueldad pero también de belleza. Con Glass, González Iñárritu deja ver un músculo voluntarioso, una tangible demostración de testosterona. (La demanda física al actor trae a la memoria a Alejandro Jodorowski, quien propinaba fenomenales maltratadas a sus actores, los cuales estaban dispuestos a padecerlo como un tributo a su idolatrado gurú.) Y uno difícilmente es indiferente al dolor, que por momentos deja de ser actuado y es documental; y la emoción que se experimenta es cercana a la que se vive frente a un deporte extremo.

La estrategia, intensa, es provechosa para empujar el que acaso es el gran tema norteamericano: la venganza. La fuerza de ésta es tan grande en El renacido que mantiene vivo a un Glass débil y maltratado, moribundo. Devolver el dolor experimentado es su esencial y elemental motivación; es tan grande que le da soporte ante fríos extremos y constantes amenazas de muerte, cortesía de los elementos naturales y del ser humano. El escenario expuesto es brutal: aquí no hay espacio para sutilezas o matices. Y aunque al final habría algún atisbo de iluminación, queda escaso espacio para la espiritualidad y la reflexión. La lucha por la sobrevivencia así lo demanda, seguramente. La crudeza en pantalla es tangible, sin embargo el realizador cierra su cinta con un sutil fundido a negros: ¿por qué? En la ruta hay una denuncia del abuso que sufrieron los nativos de Norteamérica (que transitan por la cinta como entes extraños: aquí no hay mayor interés por el otro) a manos de inmigrantes de origen inglés y francés, de la codicia, mezquindad e insensibilidad de estos últimos. Tibia denuncia, justo es subrayar.

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González Iñárritu entrega una cinta que alberga momentos de gran fortaleza pero también pasajes que van del reposo al probable tedio. El análisis me lleva a considerar que es una película extraordinaria, pero no creo que sea una gran película. Pretendo hacer un balance justo (en su doble acepción, como justicia y justeza) entre la objetividad buscada y la subjetividad encontrada. Y percibo a un autor pretencioso que busca demostrar más que mostrar; y veo una película que me emociona pero que no me dice mucho, que veo débil desde el punto de vista del discurso. Al final del día, y de una filmografía, para mí lo más importante es lo que se dice, lo cual, como he anotado antes no puede desligarse y cobra relevancia por el cómo se ha dicho (insisto: no verbalmente, sino en el amplio alcance de la forma cinematográfica, con la cámara, con la puesta en escena, el montaje y el sonido) y, confidencias aparte, González Iñárritu después de 21 gramos (21 grams, 2003) no me dice mucho. ¿Será que en realidad creemos que dice más de lo que él pretende y en verdad dice? Pero habrá más premios, sin duda: esto también lo veo venir.

Creo que con González Iñárritu está pasando lo que alguna vez sucedió con el coreano Kim Ki-duk, al que, se decía, los jurados de algunos festivales le tenían más miedo que aprecio, y por eso terminaban premiándolo. Entrando en el campo de los odiosos pero irresistibles pronósticos sobre el Óscar, esa esculturilla sobrevalorada, no me extrañaría que González Iñárritu recibiera su segundo premio como mejor director. Dudo que se lleve la estatuilla de mejor película (debiera ser revelador el hecho de que el guión no esté nominado). Lubezki también tendría que repetir, aunque sospecho que no va a ser así. DiCaprio puede ilusionarse e imaginar que por fin dejará de ser objeto de malos chistes: su sufrimiento, el actuado pero sobre todo el real, será recompensado con la dorada escultura que todos quieren. ¿Qué tanto pesarán en las decisiones finales la resistencia física del cast y del crew y la voluntad para encarar la adversidad que demandó el rodaje, lo cual es tal vez un mérito más deportivo que cinematográfico?

2 Comentarios
    • Hugo Hernández Valdivia

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