El principito es grande

El tránsito al cine de las grandes obras literarias no es sencillo y rara vez es feliz. Andrei Tarkovski, en su mítico libro Esculpir el tiempo, hacía ver que no todas pueden ser llevadas a la pantalla, porque algunas “tienen tal unidad y están dotadas con imágenes literarias a tal grado precisas y originales, con personajes caracterizados con tan extraordinaria profundidad […] que el libro es en sí indivisible”. En esa categoría cabe El principito, la obra maestra de Antoine de Saint-Exupéry. Algunos acercamientos desde la animación apuestan con relativo éxito por seguir literalmente las aventuras del personaje, pero la más conocida “adaptación” de “acción real”, dirigida por Stanley Donen en 1974, no es muy afortunada que digamos. El principito (The Little Prince, 2015), producción francesa dirigida por Mark Osborne, también apuesta por la animación, y lo hace desde un acercamiento provechoso, pertinente para hacer una valiosa puesta al día.

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Osborne tiene en su filmografía dos largometrajes: Dropping Out (2000), que no se estrenó en México, y la animación tridimensional Kung Fu Panda (2008), que tuvo un justificado éxito alrededor del mundo. Ahora el realizador vuelve de la mano de la animación y entrega una cinta singular inspirada en la obra de Saint-Exupéry. El argumento da cuenta de las contrariedades que vive una niña que se esfuerza por encajar en el mundo de los adultos: es una réplica diminuta de su madre, quien diseña un futuro –muy similar al suyo– para su hija. Pero las certezas de la pequeña se desvanecen cuando llega a un nuevo vecindario, a una casa moderna que está junto a una vieja casona habitada por un anciano de facha quijotesca e imaginación ídem, al que bien podríamos llamar Antoine. Pronto ella comienza a frecuentar al viejo y a seguir la historia que éste le provee en entregas (que no es otra que la novela de Saint-Exupéry). Esto no hace gracia a su madre, que ve en las actividades recreativas de su hija una odiosa distracción.

Osborne propone dos estilos de animación que contrastan para gloria de su película y prueban que esta apuesta tiende un puente natural con el dibujo ya presente en la novela, lo cual ayuda a hacer el tránsito al cine menos tortuoso. Uno, el destinado al mundo real, utiliza la animación tridimensional y ofrece trazos claros –si bien con cierta deformidad con relación a la geometría de la realidad– y movimientos limpios que remiten al universo cuadrado que habitan los personajes (aspecto que subraya la geografía, con sus calles bien trazadas y hasta en los arbustos del vecindario) y que hace un guiño al cine de Jacques Tati. Por otra parte aparece el mundo que emana del relato, que es fiel en general a lo narrado por el escritor francés, y remite a su fantasía (y es fantástico): aquí se utilizan diferentes técnicas en 2D y 3D –dibujo a mano, recortes, muñecos–, es más colorido, con trazos más libres y movimiento menos fluidos. Ambos no sólo se alternan, sino que consiguen dar forma a cierto paralelismo. Y ahí está una buena parte del valor de la cinta: la perspectiva con la que se observa la realidad cambia cuando se regresa de la fantasía literaria; la vida es mejor con la literatura. Los relatos dialogan y, ambos, nos hacen ver lo importante de recordar al niño que fuimos. Porque hay que recordar: El principito no es una obra literaria para niños, y la película tampoco. Osborne muestra cómo la literatura es además un excelente medio para que dialoguen diferentes generaciones.

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La cinta exhibe la escuela como una institución propicia para la amnesia, encargada de acelerar el proceso de crecimiento (esta misión, acabar con el niño en beneficio del adulto, ¿puede considerarse como un asesinato?) y generar seres humanos indiferenciados e indiferentes, grises, obsesionados con encajar en el mundo que se les ofrece y preocupados por el rendimiento y por tener éxito más que por vivir. Al final queda claro que andaríamos mejor si los niños domesticaran a los adultos, si al menos no perdiéramos de vista al niño que fuimos y que, con suerte, aún subsiste. Pero además invita a respetar los procesos que vive cada quien y a hacerse cargo de uno mismo, a no vivir en función de aquéllos que incluso nos reservan los mejores momentos. Propone una reflexión sobre la soledad involuntaria: los padres, que olvidaron al niño que fueron, se separan, y abandonan literal o simbólicamente a sus hijos, que aun así están dispuestos a emularlos.

No faltarán las censuras a la película con el argumento de que “la novela es mejor” (postura que no deja de ser un tanto presuntuosa, pues el que la hace hace hincapié en que su lectura es mejor). Entiendo que la comparación se hace en términos de la historia que se porta por un medio y otro, pero no es justo –de justicia y justeza– evaluar la película en comparación con la novela. Nada garantiza que una transcripción literal –si tal cosa fuera posible– de una obra literaria haría mejor a una película. Lo que sí es un hecho es que la interpretación realizada y dirigida por Osborne –y escrita por Irena Brignull y Bob Persichetti– funciona requetebién como película.

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Ironía acaso inconsciente

No deja de ser irónico y hasta contradictorio que en una película en la que se hace ver el valor de la niñez se ubiquen los créditos de las voces del personaje principal –la niña– y de El principito, ambas hechas por menores de edad no muy conocidos (Mackenzie Foy y Riley Osborne), después del de los adultos muy conocidos (Jeff Bridges presta su voz al vecino; Rachel McAdams, a la madre;). Aun en una propuesta congruente, sincera y fresca aparece la rigidez del mundo de los adultos y reproduce los preceptos jerárquicos de la industria cinematográfica norteamericana y su sistema de estrellas.

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