Más de cien pantallas de cine para el pobre espectáculo del futbol nacional

En la más reciente edición del festival de Cannes, en mayo del año en curso, participaron dos producciones de Netflix en la Sección Oficial. El jurado, encabezado por Pedro Almodóvar, manifestó preocupación al señalar que dichas producciones tendrían salida por la plataforma de streaming antes que en las salas cinematográficas. La irrupción en la producción de dicha empresa, así como de Amazon, ha cambiado los paradigmas de la exhibición cinematográfica, lo cual no es precisamente nuevo: recordemos, por ejemplo, que Mel Gibson estrenó Atrapen al gringo (Get the Gringo, 2012) en televisión.

La noble preocupación de Almodóvar tiene otros tintes tratándose de los exhibidores. Mientras el cineasta español defiende una forma de ver cine, los dueños de las salas cinematográficas ven la posibilidad de embolsarse algunos millones menos. Acaso por eso las salas ya se utilizan para fines diferentes a la proyección de películas. Lo que menos importa a los propietarios es el uso del recinto que poseen: mientras entre gente (porque aún no cobran por dejar entrar perros u otra fauna, pero no tardan) y consuman sus chatarrescas y olorosas comidas y bebidas, y la caja registradora se llene, qué más da.

De ahí que Cinépolis anuncie con bombo y platillo la proyección este fin de semana, en más de cien pantallas de 25 ciudades, de un partido de futbol entre dos equipos de la liga mexicana que utilizan original uniforme a rayas blancas y rojas. Dos equipos que se caracterizan por generar un futbol anodino, que se plantean ante todo no dejar jugar al rival y se pintan solos para las mañas y las chuecuras; en resumen, sus juegos dan mucho para el análisis ocioso y poco para la tribuna: ahí se aburre hasta el más entusiasta. (Como espectador/aficionado no me lo explico: pagar por ver algo que gratis es caro.) Tiene lógica: si a menudo en los complejos de estas salas se proyectan películas estadounidenses lamentables (que a veces ni siquiera se exhiben en los cines norteamericanos) y el 4DX es más una pachanga que una forma provechosa de exhibición, ¿por qué no presentar otros espectáculos pobres? Si el futbol ya tiene hartas pantallas e inundan la oferta televisiva (hay juegos que se ven hasta en cuatro canales), ¿qué necesidad de llevarlo a la sala oscura? ¿Y si la entrada en la taquilla del cine es mala, se utilizarán los mismos criterios que con las películas? ¿Sucederá lo mismo que con el mal llamado “cine de arte” que tarda más en llegar que en irse?

No menos triste es lo que acontece con el Cineforo de la Universidad de Guadalajara, una de las escasas salas culturales de la ciudad y la que, sin duda, tiene la mejor programación. Cierra sus puertas por casi tres semanas ¡y se va de vacaciones! ¡Viva la burocracia, ca’ón! Pero antes, convierten el foro en pasarela para que el débil equipo de futbol profesional de la Universidad de Guadalajara se pasee con sus nuevos trapos. ¿Qué sigue? ¿Rentarlo para los 15 años de la hija de algún funcionario?

Para una ciudad de la población y el crecimiento de Guadalajara, la oferta cinematográfica es muy, muy pobre. Por acá se destinan muchas, demasiadas pantallas al cine de Hollywood. No es raro que alguna producción ocupe una tercera parte de las salas. Pero el mejor cine del mundo llega a cuentagotas. Las políticas culturales hablan por sus gobiernos, y en México el déficit es añejo; y no se ve para cuándo se tomen medidas que realmente busquen cambiar el panorama. Los burócratas culturales están más afanados en perpetuarse (de ahí que veamos a los mismos sujetos en diferentes puestos: el que estaba en el CUEC ahora está en TV UNAM, por ejemplo; el que dirigía el Festival de Guadalajara ahora está en Imcine) y llevar dinero a sus cuentas bancarias que en hacer una verdadera promoción de las mejores producciones artísticas locales y foráneas. Cinépolis, por su parte, por más que en con el festival de Morelia haga una labor encomiable, sólo está comprometido con la rentabilidad. Este panorama hace atractiva a la piratería, en cuyos canales circulan con oportunidad producciones que a veces no llegan ni al Cineforo. Así, lo que es un delito se convierte casi en un gesto de rebeldía.

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