El libro de imágenes: cine para pensar, cine-cine

En Historia(s) del cine (Histoire(s) du cinéma, 1989-1999), libro y película, Jean-Luc Godard afirma: “Con Edouard Manet / comienza / la pintura moderna / es decir / el cinematógrafo / es decir / formas que se encaminan / hacia la palabra / con más precisión / una forma que piensa / que el cine haya sido hecho ante todo / para pensar / se lo olvidará en seguida / pero ésa es otra historia”. El cine nació para pensar. O, por lo menos, con la vocación, con la posibilidad. Pronto se alejó de esta ruta y se dio a la tarea de emular a la novela del siglo XIX, al teatro de todas las épocas, práctica que podemos constatar en las películas que habitan la cartelera del día de hoy.

Más adelante el realizador trata de precisar las coordenadas donde cabría ubicar al cine: “El cine no forma parte / de la industria / de las comunicaciones / ni de la del espectáculo / sino de la industria de los cosméticos / de la industria de las máscaras / lo que a su vez sólo es / una magra sucursal / de la industria de la mentira […] el cine / al heredar la fotografía / siempre quiso / ser más verdadero que la vida / yo decía / ni un arte, ni una técnica / un misterio”. Entre la mentira de la cartelera y la vocación original de verdad hay un extravío constatable. Pero el cine, como la filosofía, ontológicamente tendría que ser pensamiento, es decir logos, es decir razón, discurso, palabra (en más de un momento leemos parole et image, es decir, palabra e imagen, o logos e imagen). Godard no ha dejado de recordarlo en sus películas, incluso las que registran una historia y caben en la ficción. Cuantimás en las que aspiran a ser cine-cine, como la mentada Historia (s) de cine o El libro de imágenes (Le livre d’image, 2018), su más reciente entrega.

El libro de las imágenes retoma imágenes de películas de ficción y noticieros, pero no es una ficción ni un documental; une fragmentos de películas y pinturas, les añade un texto, pero no es un collage. Tiende puentes y establece paralelos entre películas diversas, como Final Cut: Ladies and Gentlemen (Final Cut: Hölgyeim és uraim, 2012). Pero a diferencia de ésta –que construye una historia a partir de fragmentos de numerosas películas– no busca contar una historia; o tal vez sí, pero de otro orden: la del hombre, la de la civilización. Godard concibe un ensayo filosófico audiovisual. A modo de declaración de principios al inicio establece que “la verdadera condición del hombre es pensar con sus manos”, y vemos una mano que une dos fragmentos de película en una moviola, de una mano que escribe: se piensa con la escritura y con el montaje, pues. Enseguida, lo mismo en una película norteamericana que en una francesa, subraya el afán de mentira que habita al cine ¿que no piensa? El libro de imagen que es la película se construye con imágenes de películas, repito, pero Godard las rehace (no en vano aparece el término remake), al reeditarlas hace un proceso de escritura y les da un rumbo discursivo: elimina todo propósito narrativo con la manipulación del color, de la luz; conserva el movimiento, y a menudo parece un desfile de pinturas en movimiento (sí, de moving pictures). Alterna fragmentos en negro y silencios, el sonido va y viene de forma abrupta. Su voz irrumpe frecuentemente, a menudo lanza lúcidas frases por el canal izquierdo y otras por el derecho, provenientes de su cosecha en un caso, de las películas, en el otro. Utiliza el contrapunto tanto en la banda sonora como en la imagen; propone textos sobrepuestos o yuxtapuestos: montaje, pues.

Este rico arsenal, sonoro, visual y audiovisual (al final los créditos son lo mismo para músicas que pinturas, para obras literarias y películas), textual, es pertinente para “ampliar el campo de batalla” del pensamiento, para reflexionar sobre la condición humana, su propensión a la mentira y a la violencia (desde la niñez, en pareja, ¿ontológica?), su costumbre de establecer jerarquías, de ejercer el poder, las vicisitudes de la ley, sus contradicciones; el tren como metáfora del curso del hombre por la tierra, del tiempo, de la Historia. Contrasta de forma lúcida Occidente con Oriente, y “bajo los ojos de Occidente” se ocupa, por casi la mitad de la película de la “Feliz Arabia”, esa utopía accidentada, ¿malograda?, con sus posibilidades de sabiduría cotidiana y reveladores murmullos, su manifiesta sensualidad y sus pasajes de ostracismo, su singular concepción del mundo y su tendencia al fanatismo. En la ruta cuestiona al cine como arte, revisa el lenguaje, precisa sus coordenadas.

Al final es imperioso reconocer el valor de una frase lanzada en la película: “El saber ve” (con el respectivo juego de palabras y rimas: le savoir voit). Al final queda claro que Godard consigue su objetivo y reivindica la función original del cine: El libro de imágenes nos hace ver, nos invita a pensar. Ya le toca a cada quien arriesgarse por la aventura, esforzarse por pensar…

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