El infiltrado del KKKlan: un buen churro de Spike Lee

En alguna ocasión Spike Lee , acaso el cineasta norteamericano negro más conocido y más prolífico, comentó que fue bendecido “con la oportunidad de expresar los puntos de vista de la gente negra que de otra forma no tiene acceso al poder y los medios”. Su filmografía (que nos ha llegado a cuentagotas), así, recoge primordialmente el devenir de los negros en Estados Unidos: desde She’s Gotta Have It (1986), que compitió por la Cámara de Oro en Cannes (premio al que aspiran las óperas primas presentes en todas las secciones del festival) y daba cuenta de la libertad sexual de una joven, hasta la más reciente, El infiltrado del KKKlan (BlacKkKlansman, 2018). Ésta también estuvo presente en Cannes, donde compitió por la Palma de Oro; de ahí salió con el Gran Premio del Jurado.

El infiltrado del KKKlan se inspira en el libro homónimo de Ron Stallworth y regresa a los años setenta. La historia sigue las vicisitudes de Stallworth (John David Washington), un joven que decide ingresar a la policía de Colorado Springs. Es el primer negro que se incorpora a la agrupación y es ubicado en el archivo. Pronto, sin embargo, él mismo consigue un caso: infiltrarse en las filas del Ku Klux Klan. Para ello necesitará la ayuda de sus compañeros, en particular de Flip Zimmerman (Adam Driver).

Lee transita con fortuna por la ruta del thriller, género que no le es desconocido (recordemos Inside Man, que sí circuló por las pantallas mexicanas). Para no variar hace gala de una puesta en cámara lucidora y combina la movilidad y la cámara en mano con elocuentes planos estáticos. Consigue así un ritmo provechoso para empujar el drama y la acción. Su colorida puesta en escena no sólo es eficaz para recrear los años setenta, sino para hacer presentes las diferencias de estilo y de cultura entre blancos y negros. Las músicas contribuyen a establecer un moodcool”, que va del relajamiento a la tensión. No faltan los clásicos efectos que tanto gustan al cineasta norteamericano, como las pantallas divididas, los retratos de individuos para dar cuenta de la colectividad o subir a los actores al dolly y registrarlos en su recorrido.

Este dispositivo estilístico es conveniente para dar ligereza a asuntos que revisten gravedad… y actualidad. Lee incorpora un nuevo capítulo a su gesta cinematográfica de la negritud. Nos recuerda los abusos de los blancos, el racismo; las actividades de los negros en defensa de su identidad y sus derechos: el proceso de empoderamiento. La ruta que sigue es paradójica: la doble infiltración en el KKK, perpetrada por un negro y un judío –blancos privilegiados del odio de la organización de “blancos puros”– tiene la virtud de generar pasajes humorísticos con escenas tensas (siguiendo los preceptos de Alfred Hitchcock, el espectador termina por involucrarse emocionalmente con el que corre peligro). La cinta, así, funciona como película policial y como denuncia. Y la denuncia presenta aristas vigentes, que son subrayadas con pasajes documentales recientes: los incidentes provocados por el odio racial en Virginia, en 2017, en los que murió una mujer. Asimismo, se hace un paralelismo entre el KKK y el actual presidente de Estados Unidos, que se alimentan de los mismos prejuicios y utilizan los mismos términos, como aquello del “America First”. Lee deja ver que detrás de estas posturas hay mucho odio, pero también mucha ignorancia, mucha ridiculez y mucha estupidez, las cuales aportan humor en la película. Y lo harían en la realidad si no fuera porque el poder de Trump y del KKK los hace bastante peligrosos.

El cineasta suele designar cada película como un cigarro de mariguana (un churro), un “Spike Lee joint”. Sus fumadas –sus películas, pues– son ricas en altibajos, justo es señalar. Pero El infiltrado del KKKlan es un buen churro.

Calificación 80%

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