El Hobbit crece… al fin

Con El Hobbit: la batalla de los cinco ejércitos (The Hobbit: The Battle of the Five Armies, 2014), Peter Jackson concluye la trilogía inspirada en la novela El Hobbit de J.R.R. Tolkien, en cuya escritura participó Guillermo del Toro (según puede leerse en los créditos). Las dos entregas anteriores tienen su gracia y reservan pasajes lucidores, pero no escapan al déjà vu y se ubican por debajo de la trilogía de El señor de los anillos. Pero en éste, el tercer rollo, que por estos días se estrena en todo el mundo, el Hobbit crece… al fin.

Hobbit

Las hostilidades de El Hobbit: la batalla de los cinco ejércitos inician bajo la lluvia de fuego que Smaug, el fanfarrón dragón hablador, vomita sobre la humana Ciudad del Lago. De ahí buscan escapar los apabullados pobladores, pero también un grupo de enanos. Su propósito es unirse a Thorin (Richard Armitage), su rey, quien los espera en la Montaña Solitaria, en cuyo interior los enanos han vivido por generaciones. Ahí está el tesoro de Smaug y también Bilbo (Martin Freeman), el hobbit aventurero contra su voluntad, quien ve con preocupación la transformación de Thorin por las riquezas recuperadas. Cuando se conoce la suerte del dragón, a la montaña se dirigen orcos, humanos, enanos y elfos. Ahí tendrá lugar la batalla del subtítulo, misma que desencadenará los eventos previos a lo abordado en El Señor de los anillos.

Jackson regresa con ánimos renovados cuando parecía que había perdido la capacidad de sorprendernos. Propone ahora una entrega de proporciones épicas con un registro prodigioso: la puesta en cámara, con emplazamientos inauditos y constantes movimientos, no deja de dar pretextos para el asombro y para un amplio abanico de emociones; también imprime un ritmo que llega al vértigo en momentos importantes. Los espacios una vez más son de proporciones extraordinarias (por momentos se impone la majestuosidad, sobre todo en el interior de la montaña) y los diseños son sugerentes y evocadores (de una estética que cabría ubicar en la Edad Media); algunos de ellos son verdaderamente espectaculares en 3D. Las luces del cinefotógrafo australiano Andrew Lesnie contribuyen una vez más a materializar atmósferas que van de la calidez a la sordidez y son pertinentes para dar fuerza lo mismo al romance que a la épica. De esta forma la batalla es particularmente memorable y maravilla al ojo mientras nos lleva de la risa al llanto (porque no faltan los habituales chistes ni el desliz al melodrama). Acaso lo único censurable es que el movimiento en algunos momentos no luce natural, haciendo evidente la manipulación digital y provocando una distracción y un distanciamiento de lo expuesto.

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Todas estas maravillas ponen la mesa para ventilar una serie de temas oportunos y pertinentes. Para empezar se exhibe la codicia -el mal del dragón- que mueve lo mismo a enanos que a humanos y que, llevada al exceso, enloquece. La miseria mayor la encarna un tipo cobarde y oportunista, un lambiscón que bien cabría ubicar como exponente de la clase política. Ante tanta mezquindad se esboza una moraleja, que es verbalizada en algún momento y sugiere que el mundo sería más feliz si hubiera mayor interés por estar y crecer en el hogar que por la acumulación de riquezas. Por otra parte asistimos a una serie de ejemplos que invitan no sólo a aceptar la diversidad, sino a hacerla parte de la cotidianidad. Así, se da la amistad entre un hobbit y un enano, el amor entre una elfo y un enano. Y la solidaridad es clave para enfrentar al mal, que amenaza a todos por igual.

Jackson cierra con brillo otra trilogía que aborda el crecimiento como una gran aventura, que invita a los adolescentes a reflexionar sobre el poder que poseen, a ser valientes ante la adversidad y hacer cara a las tentaciones que se les presentan y los ponen en riesgo. Con El Hobbit: la batalla de los cinco ejércitos se cierra un ciclo del cine fantástico que ha impresionado a más de una generación y es, ya, un hito en la historia del cine.

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