El francotirador o cómo ir de la crítica a la propaganda

En El francotirador (American Sniper, 2014), su más reciente largometraje, el octogenario Clint Eastwood, el último gran clásico del cine, tiene la posibilidad de manifestar una rancia faceta que aparece poco en su filmografía como director, pero que es más tangible en su trayectoria histriónica y aún más en su vida política: la del patriota. Eastwood apoyó a Richard Nixon y apareció en actos públicos con Ronald Reagan; no ocultó su simpatía por John McCain y le dio un espaldarazo al gobernador Arnold Schwarzenegger. Casi una galería del terror. En la cinta muestra tintes conservadores que en el mejor de los casos caen en la ambigüedad; en el peor, en la propaganda. Ambos llevan a la decepción, que es proporcional a las expectativas creadas a lo largo de casi toda la película.

American Sniper

El francotirador se inspira en el libro autobiográfico de Chris Kyle, un texano que obtuvo celebridad matando decenas de enemigos en Irak. En pantalla (donde es interpretado por Bradley Cooper) se recoge su frustrado intento por ser vaquero; su entrenamiento en la milicia y sus posteriores viajes a Medio Oriente. Mientras todo esto ocurre forma una familia, y aunque él se niega a reconocerlo, su esposa le hace ver las consecuencias negativas de la guerra en su salud física y mental.

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Eastwood da cuenta de la tensión y los dilemas que vive Kyle en el campo de batalla. A la usanza norteamericana, individualiza el asunto y sigue por momentos a un francotirador enemigo, lo que constituye una línea narrativa que cabe mejor en una fantasía bélica que en un acercamiento realista. Eastwood retoma hasta cierto punto lo expuesto por Kathryn Bigelow en Zona de miedo (The Hurt Locker, 2008) y da cuenta del proceso de transformación de los que van al campo de batalla. El cineasta norteamericano acompaña a su personaje en sus misiones y explora los cambios en su conducta: Kyle cae en una espiral adictiva, es cada vez más reservado y parece convencido de que lo suyo es el riesgo constante. Dice que sus afanes están destinados a evitar la muerte de sus compañeros, lo que se traduce en exponerse a amenazas mayores (y en ganarse el estatus de héroe). Pero su esposa y algunos de sus conocidos ven con preocupación su atormentado comportamiento y se expresan de la guerra con ciertas reservas: si bien no lo verbalizan puntualmente, no sólo no están convencidos de que la conflagración sea útil, incluso parecen oponerse a ella. Y todo hace pensar que Eastwood se suma a este recelo, que cuestiona la decisión de enviar a la soldadera norteamericana a la muerte. Pero al final la ambigüedad aparente se desvanece y se disipan las sospechas: el realizador se suma al homenaje que se le prodiga a su “héroe”. Abandona así la crítica esbozada a lo largo de la cinta, y más que censurar el sufrimiento y la presión a la que son expuestos los militares, al final se hace el elogio de su heroísmo (entendido éste, por supuesto, en los términos del invasor y de la también rancia tradición norteamericana del culto al individuo).

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Para acabarla y disipar cualquier duda respecto de la postura del cineasta frente a lo que aborda, en una entrevista publicada en el número de febrero en la revista española Dirigido por, Eastwood afirma que la guerra está en el ADN de la humanidad. Y sin atisbo de sarcasmo, sobre las invasiones militares norteamericanas (que ni de lejos califica así) afirma: “Una de las cosas que Estados Unidos ha estado haciendo en todos estos años es tratar de introducir la democracia en muchos países del mundo, y la realidad es que no la quieren”. Habría que mal pensar tal vez que, sobre todo, no quieren la “democracia” que es una imposición y un treta para apropiarse de los recursos naturales… y que trae sus bombas bajo el brazo. Pero Eastwood no parece interesado en ir tan lejos: triste discurso –que suena tanto a los Bush– para un realizador que luce tan agudo y crírico en otros temas. Posturas como la suya explican que Estados Unidos no deje de tener guerras en su agenda y que la oposición a cada nueva invasión sea más bien tibia. El cine, al final, aquí pierde su potencial crítico y reflexivo y hace una labor de propaganda.

 

El siempre polémico Michael Moore y una entrevista a propósito de sus críticas a la figura del francotirador.

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http://www.vice.com/es/read/entrevista-michael-moore-541

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