El discípulo: la adolescencia es una demencia ¿pasajera?

Las películas rusas y las de la otrora esfera soviética que nos han llegado recientemente ofrecen un paisaje muy diferente al que apareció en las numerosas emisiones televisivas destinadas al Mundial de futbol. Lejos de la monumentalidad arquitectónica, el orden y la eficacia que vimos en la pantalla chica, en Sin amor (Nelyubov, 2017), la eslovaca La profesora (Ucitelka, 2016) y, ahora, en El discípulo ((M)uchenik, 2016), vemos una sociedad que va de la indiferencia a la hostilidad. Los adultos viven en el extravío, y aquí y allá se hacen presentes algo más que resabios del régimen soviético. El diagnóstico pasa por las instituciones educativas, un campo fértil para alimentar vicios añejos, un terreno en el que se reflejan y crecen las contrariedades familiares.

El discípulo es el penúltimo largometraje de Kirill Serebrennikov, quien se inspira en una obra teatral del alemán Marius von Mayenburg. La cinta acompaña a Veniamin (Pyotr Skvotsov), un joven preparatoriano que lee obsesivamente la Biblia y receta citas a diestra y siniestra. De su voz salen frases amenazadoras que pintan a un Dios colérico. Su comportamiento genera conflictos cada vez más graves. Con sus compañeros, con sus maestros. En particular con su maestra de biología: con ella encarna un enfrentamiento entre el dogma religioso y la ciencia.

Desde el inicio Serebrennikov echa mano de un estilo ágil y significativo. Propone largos planos –muchas escenas son resueltas sin cortes– y a menudo echa mano de la cámara en mano, con lo que consigue dar densidad y agilidad. La puesta en escena –también desde el inicio– ofrece ambientes con tintes enfermizos. Las músicas, por su parte, van de la dulzura a la dureza, con un desliz al metal industrial (como Lars von Trier, que echó mano en Nymphomaniac de Rammstein), de la mano de Leibach y la canción “God is God”.

La estrategia es provechosa para esbozar un paisaje rico en matices. En la superficie está, por supuesto, el fanatismo religioso, que lejos de tender puentes con el otro más bien los destruye. En seguida asistimos a los sinsabores del crecimiento. En algún momento la maestra de biología anota que la adolescencia es “una demencia pasajera”. El proceso de definición que supone esta etapa es ríspido, presenta excesos y es bastante conflictivo. La búsqueda de la personalidad propia invita a la singularidad. Y Veniamin hace de la religión un estandarte de distinción. Esta decisión le impide lidiar con su sexualidad, y se las ingenia para que la institución sea la que lleve a cabo la represión y retire de su vista sus tentaciones.

El asunto mayor de la película, me parece, está en la exhibición de la incapacidad de entendimiento, de verdadera comprensión, entre los padres y los hijos, entre la institución y los individuos. Los adultos, herederos de un régimen autoritario, dudan y son incapaces de ejercer la autoridad: la madre de Veniamin se victimiza antes que contrariar a su hijo; en la escuela se buscan soluciones, pero en realidad los que ahí trabajan (y son herederos de la educación soviética) no están convencidos de los métodos que emplean y no saben cómo manejar la rebeldía. Entonces ceden, aun ante las aberraciones que lleva a cabo el chamaco malportado. Ante tanta demencia, pareciera concluir El discípulo, no queda sino aferrarse a la razón, incluso si eso supone generar más demencia. Acaso ahí exista una ventanita de esperanza…

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