El contrasentido de la épica cómica

En la visión y crítica de películas es evitable remitirse a los géneros cinematográficos. Sin embargo es conveniente, en ambos casos, tener presente que el género economiza tiempo y sirve como orientación: antes de la proyección, porque uno se hace a la idea de por dónde irá lo que va a ver; y cuando uno asiste a la sala genera expectativas sobre lo que está por venir, para bien y para mal, de forma constante. En cuestiones de género, así, uno transita por lo general en terreno conocido: si uno asiste a una comedia sabe que no va a pasar nada verdaderamente grave (Charlot es maltratado pero incluso si va al hospital no habrá de padecer nada serio); si estamos frente a un thriller, con sus corretizas y balazos de rigor, podemos anticipar que habrá remedio para los grandes males que se planteen al protagonista (los demás pueden vivir destinos funestos); si nos sobran lágrimas, y nuestra vida no es suficientemente miserable, vamos a ver un melodrama, en el cual, podemos anticipar, las circunstancias serán llevadas al extremo. Pero ¿qué pensar de la épica de súper héroes, que vivió un esplendor y ahora transita por la ruta de la mediocridad, que tendía un puente con la tragedia y ahora provoca risas (lo que hace que Aristóteles, que anotó en su Poética que la comedia procura el relato de los peores, se retuerza en su tumba)?

Batman comic

A partir del año 2000, y con la aparición de X-Men (X-Men, 2000) de Bryan Singer, El hombre araña (Spider-Man, 2002) de Sam Raimi, Hulk (2003) de Ang Lee y la triple visita a Batman de Christopher Nolan, el cine de súper héroes se encaminaba hacia una consolidación prometedora. Como sabían y saben autores de novelas gráficas como Stan Lee o Frank Miller el universo de los hombres con poderes excepcionales ofrece brillantes posibilidades para hablar del hombre sin atributos. (El Hellboy de Guillermo del Toro, que tiende más puentes con DC y Marvel de los que a simple vista parece, no canta mal las rancheras.) Porque si no faltan quienes ven en los súpers pura fantasía, una evasión con facultades sobrenaturales de la realidad, el cómic ha sido pródigo para tender puentes precisamente con la realidad. El target principal, el público por antonomasia de este tipo de impresos y este tipo de las películas, son los adolescentes (que hoy día van des los 8 a los 70 años). Lee ha comentado el propósito de cada una de las historietas de su autoría. Con los hombres X, por ejemplo, invita al diferente a vivir su diferencia sin temor y a la masa a aceptar, a ser sensible con la diferencia; Peter Parker descubre que su gran poder –que, sí Tío Ben, conlleva una gran responsabilidad– es el tiempo, su juventud, su presente y su futuro; con el Doctor Banner exhibe la gran insatisfacción del hombre, su ambición por ser más de lo que ha sido, pero también utiliza al monstruo verde como el gran rebelde. Con todos ellos hace un elogio de la inteligencia y un homenaje a la ciencia. El cómic de súper héroes es, pues, un vehículo para abordar asuntos graves de una manera amena y digerible, lúdica y lucidora. El cine no exploró estas posibilidades sino ocasionalmente, y en la primera década de este siglo parecía, insisto, pretender explotarlas con rigor.

UNITED STATES - DECEMBER 18:  Stan Lee, founder of Marvel Entertainment Inc., poses next to a Spider-Man model in his office in Beverly Hills, California, U.S., in this file photo taken on Dec. 18, 2008. Walt Disney Co. agreed to buy Marvel Entertainment Inc. for about $4 billion in cash and stock in August 2009, adding comic-book characters Iron Man and Spider-Man to Disney's lineup of princesses and live-action stars.  (Photo by Jonathan Alcorn/Bloomberg via Getty Images)

Asimismo la industria del cine descubría el gran, gran negocio que representaba este género, al que cada vez le invirtió y le invierte más (el primer X-Men tuvo un presupuesto de 75 millones de dólares; el Apocalipsis reciente tuvo más del triple: 234). La apuesta se fincó en la ampliación del target (y ya no hay ningún empacho en asumir la adolescencia perenne, en asistir a los 50 años, de pijama y pantuflas de Batman, a la más reciente película del atormentado héroe de Ciudad Gótica). El afán de captar más espectadores ha redundado, desafortunadamente, en la limitación de la violencia, en la reducción de la ambición. Y en el coqueteo y toqueteo indecente de la épica y la comedia. Hoy día uno de los ejes rectores de Marvel es hacer chistosas sus franquicias. Así, mientras el Batman de Nolan hace algunos chascarrillos (muy lejos del vetusto murciélago de Tim Burton con su Guasón sangrón) y Batman vs. Superman (2016) apuesta por la gravedad (¿lo que explica en parte su fracaso en taquilla?), los Avengers y Deadpool conforman ahora una troupe de comediantes. La apuesta tiene su encanto, pero no hay forma de tomarse en serio las propuestas que hoy surgen de Marvel, que confunde ligereza con superficialidad, amenidad con efectos especiales. Así, Capitán América: Civil War (2016) rehuye la gravedad y la violencia de la novela gráfica en la que se inspiró y Deadpool es una pachanga que no termino de comprender. En la primera Spider-Man es un bufón; en la segunda el sujeto epónimo es un payaso. ¿Quién puede tomarse en serio –pensar que va a pasar algo grave– lo que sucede en las cintas de marras? ¿Alguno de los súpers corre en verdad un riesgo? ¿Escenifican peleas o coreografías deportivas?

stan-lee y frank-miller

La hibridez en los géneros es un proceso natural y ha arrojado resultados memorables. La comedia negra, por ejemplo, que hace convivir la risa y la tragedia, invita a tomar con menos solemnidad los avatares de la existencia. La comedia romántica, que hace del amor un asunto divertido, tiene el potencial de ridiculizar el romanticismo más cursi, si bien hoy más bien ha normalizado y celebra la ridiculez que cabe en el amor. La épica cómica (¿o comedia épica?), ésa que hoy encabezan los súper héroes, ha detenido el ascenso del cine de súper héroes y ha contribuido a que haya menor aceptación y tolerancia con las propuestas épicas que no se van por la ruta de la comedia. Y no es que en lo personal tenga algo contra la comedia (que en manos de Charles Chaplin, Buster Keaton, Jacques Tati, Woody Allen, Billy Wilder y muchos otros ha escrito páginas gloriosas, agudas y críticas). Aunque no parezca a mí también me gusta reír. El lamento pasa principalmente por el desperdicio del potencial educativo y crítico del cine, de un cine que llega a grandes sectores de la humanidad y puede iluminar a los jóvenes sobre sus potenciales pero también sobre sus miserias. La risa es y ha sido bastante provechosa porque, insisto, posee un potencial reflexivo. ¿Sobre que reflexionamos después de ver a un payaso recibiendo balazos en el trasero o a un joven parlanchín siendo golpeado nomás tantito?

La industria tiene sus ventajas. Gracias a su forma de trabajar y su necesidad de generar productos permanentemente es que Tim Burton puede compartir la negrura de su universo, que Nolan pudo filmar su Batman, que Malick existe. También tiene sus aristas negativas, y es sensible a las modas, a la imposición de normativas. Tal vez el cine de súper héroes nunca fue tan rentable como ahora, pero el estado de cosas que hoy presenta es gris. Su futuro luce verde en taquilla y negro en sustancia. Y no sé si veremos al cineasta que concilie de buena manera las risas y la heroicidad, el humor y la sustancia. Lo dudo.

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