El cliente lleva a sus últimas consecuencias las amenazas a la vida privada

Cine iraní nos llega muy poco y de forma fugaz: por lo general aparece en muestras internacionales o en algunos festivales, por lo que son escasas las posibilidades de verlo en Guadalajara, al menos en la pantalla grande (ahora que en los medios alternativos de distribución y exhibición el paisaje no es mucho mejor). Por eso es motivo de celebración que Óscar haya premiado El cliente (Forushande, 206) y que aprovechando el envión llegue a la cartelera comercial local. Y tampoco es que las cadenas de exhibición sean particularmente generosas por acá: las salas en las que podrá verse se cuentan con los dedos de una mano. Una pena, considerando que se trata de una gran película.

El cliente es la más reciente entrega de Asghar Farhadi, responsable de las maravillosas Una separación (Jodaeiye Nader az Simin, 2011), ganadora del Oso de oro en Berlín y del Óscar, y El pasado (Le passé, 2013), reconocida con el premio a mejor actriz en Cannes. El guión, cortesía de Farhadi, sigue las contrariedades que vive una pareja después de que tienen que abandonar el departamento que habitan porque el edificio está a punto de derrumbarse. Él, Emad (Shahab Hosseini), es maestro de escuela y actor; su esposa, Rana (Taraneh Alidoosti), también es actriz; ambos participan en la escenificación de Muerte del viajante de Arthur Miller. Luego de quedarse sin casa, se instalan en el departamento que les ofrece un amigo que también es actor. Sin embargo una noche un incidente, relacionado con la inquilina anterior, rompe con la armonía y hace que la vida de la pareja cambie sustancialmente.

Farhadi propone una vez más un estilo de un naturalismo plausible. Pareciera que su cámara llega a posarse en una realidad sin maquillaje y que su valor es permanecer atento a las historias que encuentra, sin planear una puesta en escena. Al aire documental que presenta la propuesta contribuye de buena manera el uso del lente normal y la cámara en mano, los cuales imprimen inmediatez y transmiten la tensión que viven los personajes. Contrasta además la iluminación cálida que baña el escenario teatral con la neutralidad (la frialdad del clima se traslada al interior de la casa y así ésta dista de ser un hogar) que aparece en la realidad.

El dispositivo es pertinente para abordar otras aristas de los temas tratados en las cintas anteriores, los cuales giran alrededor de la vida conyugal y las dificultades que encara en un ambiente adverso. Aquí la mudanza involuntaria (el edificio que se tambalea, producto de una máquina que merma los cimientos, es una metáfora pero también es ilustrativo de cómo las crisis inmobiliarias se sufren en todos lados y pasan su factura a la convivencia, como vimos en la brasileña Aquarius) enfrenta a los personajes a la hostilidad, discreta pero constante, de los nuevos vecinos. La agresión que cambia la vida de Rana y Emad surge además de un machismo menos disimulado y que rige la cotidianidad. Este paisaje provoca que él pierda la alegría y se inserte en una dinámica de venganza (¿por eso la premió Óscar, porque tiende puentes con uno de los grandes motores de la vida norteamericana?) y se aleje de toda posibilidad de compasión, incluso en contra de la voluntad de su esposa. Como en su filmografía anterior, el iraní escenifica el deterioro de la intimidad. Aquí muestra cómo la vida privada está en riesgo permanente, ya sea desde pequeñas muestras, como la revisión de un teléfono celular de otra persona, la invasión del espacio de alguien más (como sucede en un taxi colectivo) o hacer juicios sobre otras personas; ya no digamos la agresión física dentro de la casa de la víctima.

Farhadi establece un diálogo rico entre la puesta en escena de Muerte de un viajante y la cotidianidad de la pareja. Así construye un gran drama al estilo clásico, con sus nudos y complicaciones y sus dilemas morales. En la ruta genera valiosas dosis de tensión y empuja una reflexión de alcances éticos. En una entrevista que concedió a la publicación francesa Libération el cineasta comenta como sus paisanos son susceptibles al juicio ajeno, precisa que “los iranís siempre están en posiciones extremas en lo relativo a la imagen que tienen de ellos mismos. Son a la vez muy megalómanos, muy orgullosos y al mismo tiempo se sienten estigmatizados por el mundo exterior. Tendríamos que aprender a mirarnos tal como somos”. El cliente presenta un espejo incómodo y extiende la invitación a la congruencia. De forma honesta y dolorosa.

El cliente se embolsó en la edición 2016 del festival de Cannes el premio a mejor guión y actor.

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