El clan: destino

En las películas del argentino Pablo Trapero el trabajo –o el desempleo– y la situación social son factores que contribuyen a determinar el destino de los personajes: en Mundo grúa (1999), su ópera prima, explora las desavenencias de reinventarse laboralmente a edad madura; en El bonaerense (2002) acompaña a un modesto cerrajero que sin buscarlo se convierte en policía; en Familia rodante (2004) ilustra cómo la familia es de quien la trabaja. Sobre este asunto, la familia, vuelve en su más reciente entrega, El clan (2015). Para no variar el realizador entrega una obra rigurosa e iluminadora; para variar, la cinta llega a la cartelera comercial mexicana. Felizmente.

El clan 4

El clan se inspira en un caso real y se remonta a los años ochenta, cuando Argentina transitó a la democracia después de padecer la dictadura militar más aciaga de su historia. El argumento sigue a Arquímedes Puccio (Guillermo Francella) y su clan. En particular da cuenta de las contrariedades de Alejandro (Peter Lanzani), su hijo mayor. A los ojos de los demás, los Puccio llevaban una vida normal. Incluso Alejandro era jugador de rugby de los Pumas, que tantas alegrías han dado a los argentinos. Llevaban una vida aparentemente normal, pero en la clandestinidad se dedicaban al secuestro, asunto lucrativo antes y después del regreso de la democracia. En esta actividad participaban activamente algunos miembros, pero todos estaban enterados, pues el crimen se llevaba a cabo en el hogar.

El clan 5

Trapero vuelve a un momento determinante y recoge un evento importante de la historia reciente de su país. Se asoma a la cotidianidad de la vida bajo la dictadura y explora el paisaje moral que ésta impuso, así como el deterioro que dejó en la sociedad y en la familia (¿esta familia es la base de esa sociedad?, ¿el mal ambiental permea a la familia o tiene en ella su origen?): el clan “fortaleció” los nexos familiares con la complicidad delictiva. El cineasta exhibe un estado de cosas en el que se ha hecho habitual el simulacro; hace sensible el contraste entre una fachada decente y un traspatio sórdido, en donde se lucra con el secuestro y el asesinato. Hace ver cómo prosperó una industria del crimen, que lo mismo sirvió al gobierno para eliminar opositores políticos que para enriquecer a los delincuentes que formaban parte de la “inteligencia”. Esta situación no cambia del todo con la llegada de Raúl Alfonsín a la presidencia, como cabría suponer: los que “trabajaban” para los militares saben esperar en la sombra sin dejar de mover algunos hilos, y saben que su paciencia será recompensada, que más temprano que tarde han de volver. Pero también observamos a empresarios que se encumbraron con la dictadura y conservan o incrementan sus privilegios. Muestra cómo en ambos casos el móvil a fin de cuentas es meramente económico: aquí no hay política ni valores sociales que valgan.

El clan 2

El paisaje esbozado es demoledor… y, según podemos inferir, tristemente vigente. Trapero denuncia el statu quo, pero sobre todo la abyección que puede caber en la paternidad: ahí, en la intimidad, las apariencias y las realidades cobran mayor peso, se traducen en dolor. Vemos cómo en la espiral del mal nadie está dispuesto a realizar acciones encomiables, a sacrificarse por los otros. Todo esto adquiere relevancia en planos cerrados (con escasa profundidad de campo), planosecuencias y músicas, en una iluminación naturalista que a menudo evita dar volumen a los personajes y hace ver la oscuridad –o el contraste– en el que viven. Decir que la apuesta es por momentos asfixiante no es mero simbolismo, pues Alejandro lo escenifica repetidamente. Al final uno queda maltratado, justo es subrayar. La valiosa labor de Trapero fue recompensada en Venecia con el premio al mejor director.

  • Calificación
80

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