Dolor y gloria o el cine como reconciliación

Dolor y gloria (2019), el más reciente largometraje de Pedro Almodóvar, se estrenó en España en marzo. No obstante, fue incluido en la sección oficial del festival de Cannes, en donde lo habitual es que las cintas tengan su premier mundial: el realizador manchego es uno de los consentidos del festival. En la Riviera francesa la cinta fue recibida con fervor, de lo que dan cuenta los cuantiosos minutos de ovación tributaria; la gloria fue para Antonio Banderas –un histrión de medianos vuelos que en manos del realizador manchego ofrece lo mejor de su repertorio–, quien obtuvo el premio al mejor actor. La cinta permite inferir la autobiografía (a la pregunta si la cinta está basada en su vida, el cineasta contesta: “Sí, y no, absolutamente”), en todo caso el valor no estaría ahí, sino en la posibilidad de reconciliación con lo que define a Almodóvar como ser humano y realizador.

Dolor y gloria da cuenta de los padecimientos y adicciones de Salvador Mallo (Banderas), un veterano realizador de cine que ha dejado de rodar. Una serie de encuentros en el presente le permite ir resolviendo los desencuentros del pasado: con un amante (con el amante), con un actor, con su madre, consigo mismo.

Para no variar, Alomdóvar deja ver un exquisito trabajo en la puesta en escena: con una escenografía y una paleta de colores que van de la discreción al estruendo mesurado, concibe para Mallo un hogar-galería (“la casa parece un museo”, dice alguien al ingresar) que deviene símbolo y posibilidad de vislumbrar su interior. La cámara se mueve en pocos momentos y contribuye a establecer un ritmo apacible: si por Mallo habla su casa, también habla el ritmo, cómo no. La banda sonora es habitada por las infaltables músicas de Alberto Iglesias, que subrayan –a veces con sutileza, a veces no tanto– los pasajes emocionales del personaje principal.

Almodóvar propone una estructura con constantes saltos al pasado que funciona con naturalidad en algunos pasajes; en otros no tanto, pues se hacen evidentes los afanes del guión (las situaciones presentes no hacen detonar causalmente al flashback) y a la larga la cinta parece más una colección de momentos decisivos que el natural flujo mental y emocional del personaje principal. (Un par de ejemplos: en algún momento Mallo está en un café, dialogando con una actriz; de pronto y a cuento del guión, más que de la naturalidad de la escena, aparece un hombre de negro que se sienta frente a un piano y comienza a tocar; después vemos un plano detalle del teclado y por medio de un corte aparece el piano de la escuela del niño Mallo. Esta secuencia inicia de manera un tanto forzada, pero luego con el salto al pasado gana en sutileza. En otra escena, el niño asiste al canto espontáneo de su madre y sus vecinas, que lavan ropa en el río; el cineasta hace más de un inserto de la cara feliz del chamaco, estrategia que resulta tan reiterativa como poco imaginativa; más adelante él sale de su casa en un momento álgido, y Almodóvar lo resuelve en off, es decir de ello sólo sabemos por el sonido. La primera escena es bastante convencional en lo formal; la segunda es sugestiva.) En la ruta no faltan los guiños, las referencias, la intertextualidad, que tanto le gustan a Almodóvar y le permiten “ampliar el campo de batalla”. Así, en algún momento Mallo ve en televisión La niña santa (2004) de Lucrecia Martel, cinta que produjo Almodóvar; en otro, lee la novela El orden del día de Eric Vuillard, que ha provocado una polémica en torno a la Historia con mayúscula y la historia ficcional; no falta el homenaje a Natalie Wood y Marilyn Monroe para un pasaje que vuelve al cine y la niñez del personaje principal y que va de la sensualidad a la escatología. El curso de la historia remite además a Fellini, lo mismo a (1963), que sirve de inspiración a Dolor y gloria, que a Amarcord (1973).

Almodóvar muestra cómo para poder vivir en el presente y aspirar a un futuro es preciso arreglar cuentas con el pasado. Para no variar la fisiología y la biología cobran relevancia y tienden puentes con la filmografía previa del manchego. Y si el cuerpo, por medio del dolor, es ese recordatorio fastidioso del hic et nunc, es imperioso darle la atención que reclama para poder retornar al campo de la creación artística, de la espiritualidad y de la sexualidad (el arreglo pasa por el regreso al “primer deseo”, como lo exhibe de forma enfática, en mayúsculas, el alivianado Mallo). (¿Será que se hace eco de la máxima aquella de “mente sana en cuerpo sano”?) Lo mismo sucede con Madrid, esa ciudad que duele pero que es inevitable. Y si ya no están las personas con las que se tiene algún pendiente, para eso está el cine, esa vía privilegiada para la reconciliación, o, por lo menos, para la aceptación (que no es poca cosa).

 

Calificación 75%

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