Día de la independencia es lo mismo 20 años después

El calendario y los aguaceros lo anuncian, pero uno confirma la llegada del verano por el paisaje que ofrece la cartelera comercial, en la que cuesta trabajo encontrar una película que realmente valga la pena. La aridez se hace presente con gritos y sin susurros. Y con la estridencia que caracteriza a las cintas de esta temporada inunda nuestras pantallas Día de la independencia: contraataque (Independence Day: Resurgence, 2016). La pregunta que surge al final no es sobre qué aporta esta “nueva” entrega (nada), sino por qué se tardaron 20 años en engrosar esta patriotera franquicia.

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Dirigida por el alemán Roland Emmerich, el campeón del efecto visual y la destrucción (véase si no: es responsable de Godzilla, 2012, El día después de mañana, entre otras), la cinta se ubica precisamente dos décadas después de la invasión extraterrestre que recoge Día de la independencia (Independence Day, 1996), también dirigida por el alemán. Descubrimos que en estos entonces los humanos, que viven unidos y así jamás serán vencidos, han aprovechado la tecnología del invasor, particularmente en vehículos voladores y armas. Seguimos en varios frentes a personajes que conocimos en el primer rollo, como el científico David Levinson (Jeff Goldblum) y su padre (Judd Hirsch), el presidente Whitmore (Bill Pullman) y su hija Patricia (Maika Monroe). Todos deben enfrentar una nueva invasión, y para ello es conveniente sumar a la resistencia a un líder africano (Deobia Oparei) y a una científica europea (Charlotte Gainsbourg), así como a dos jóvenes militares.

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Emmerich conoce bien “el librito” de las secuelas y sabe que en una segunda entrega lo principal es multiplicar la acción. Es cierto que se toma su tiempo para hacer una exposición de cómo es el nuevo paisaje terrestre y cómo han “evolucionado” los personajes que conocimos hace 20 años, pero pronto inicia con la guerra, que consume más de la mitad de la duración de la cinta. Ahora no hay necesidad de validar al científico, quien ya es una autoridad incuestionable, mas asistimos a los consuetudinarios actos heroicos, las chistes y la competencia que luego se convierte en solidaridad. Todo esto es rutinario y sabe a déjà- vu. El mostrar a la humanidad unida justo cuando el Brexit hace evidente el ánimo separatista que se presenta allá y acá es más una ingenua ilusión que una invitación a reconsiderar el futuro.

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Pero hay algunas novedades que no es ocioso ventilar. Por ejemplo, que Estados Unidos es gobernado por una presidenta (¿el estudio, Twenty Century Fox, apuesta por los demócratas o es mera coincidencia?, ¿se le reprochará su filia política como se le censuró su inconciencia al alentar la violencia de género en X-Men: Apocalipsis?). Hay además un par de detalles que no van más allá de lo anecdótico pero que revelan la pereza de los guionistas y su forma de concebir el mundo: en algún momento se dice que a los alienígenas “les gusta destruir sitios emblemáticos”, gusto que es, de hecho, un hábito del cine veraniego norteamericano, que es generoso destruyendo hitos de la arquitectura europea. Asimismo, en lo que al final es un chiste soso, un científico descubre que un alienígena desconocido habla inglés. Felizmente, pues así el público estadounidense no tiene que dejar de comer palomitas para leer subtítulos. Lo demás es estridencia: mucho, mucho ruido y muy, pero muy escasas nueces. A diferencia de Los tres mosqueteros, que no es lo mismo que 20 años después, Día de la independencia es lo mismo 20 años después.

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